La pobre ovejita
¡Hola, padres! irrumpió en casa Paloma un domingo por la mañana. ¡Me caso! Antonio me pidió matrimonio y he dicho que sí, sin pensarlo dos veces.
Madre mía, Palomita, nuestra niña ya es toda una mujer exclamó Emilia levantando las manos, mientras miraba de reojo a su marido, Ramón, que permanecía serio y en silencio, probablemente procesando la noticia de su hija.
Pues claro, ¿qué te creías? Ya terminé el módulo, estoy trabajando en la ciudad… Antonio también tiene trabajo, así que decidimos dar el paso.
A Antonio, el chico de ciudad, ya lo conocían. Vivía con su madre en Segovia. Un chaval tranquilo, educado, hacía tiempo que estaban saliendo, así que no les disgustaba para nada como futuro yerno.
El tema de la boda lo asumieron Emilia y Ramón; vivían en un pequeño pueblo de Castilla, tenían su huertecito y gallinas. Antonio había ahorrado algo, pero Ramón fue claro:
Antonio, guarda esos euros, que tendréis que pillar piso y eso no es barato. La boda ya la organizamos nosotros. Y si acaso, que tu madre aporte lo que pueda.
A lo que la madre de Antonio, Carmen, soltó:
Pues mucho no puedo, que he criado al chaval sola y siempre hemos tirado de una única paga Igual algo para los regalos, y poco más.
Emilia no quiso juzgar a Carmen, pero tampoco acabó de fiarse de ella. La boda se celebró en un modesto restaurante de Segovia; nada de tirar la casa por la ventana, pero quedó apañada.
Unos meses más tarde, la parejita quiso comprarse su propio piso con hipoteca. El dinero para la entrada fue, cómo no, de parte de los padres de Paloma; la suegra Carmen seguía sin poder apoquinar, que si muchos créditos, que si la vida muy cara.
Paloma y Antonio por fin tenían su piso, y poco después llegó la nieta: Isabela. Emilia y Ramón, cada mes, llevaban algo de la pensión para la niña: quesos, mermelada casera, huevos, leche fresca. Viajaban desde el pueblo cargados de verdura y embutido.
Emilia, de vez en cuando, llamaba a Carmen:
Oye, Carmen, ¿por qué no ponemos entre las dos para regalarle algo bueno a la niña? Que un bebé cuesta lo suyo.
Ay, Emilia, de verdad que no me da y hasta le salía una lagrimilla de tanto decirlo que ya sabes cómo es todo sola
En el cumpleaños de Paloma, los padres llegaron con un saco de patatas, verduras y carne. Carmen, como regalo, entregó cuarenta euros (y Emilia no pudo evitar torcer el gesto). Ellos dejaron doscientos más, además de la compra. Emilia no escatimaba ni en amor ni en comida… pero algo le rechinaba.
Ramón, ¿por qué nosotros no nos guardamos nada para nuestros hijos, pero la suegra ésta ni un duro? Siempre está llorando, y eso ya me irrita. Que ahora todo el mundo lo tiene difícil, pero no por eso hay que estar todo el día lamentándose, ¡habría que espabilar un poco! ¿Así querías tú a una mujer? ¿Que no hiciera más que quejarse y te dejara a ti todo el trabajo? Yo he currado lo mismo si no más que tú
Ramón escuchaba sin rechistar, que en eso era experto. Emilia no podía evitar fijarse en que Carmen siempre iba bien arreglada: el pelo cortado, las uñas hechas, ropa nueva, y pensaba de dónde sacaría el dinero, si tanto se quejaba.
Pero la respuesta de Ramón dejó a Emilia de piedra:
Qué bien hace la suegra en cuidarse… Así se ve más joven de lo que es, la verdad.
Eso sí que la puso furiosa.
¡Claro, normal que tenga tiempo de sobra! Vive en un piso, no tiene ni huerto ni animales así yo también me ponía cremas. Pero aquí estamos: yo, entre la huerta, la vaca y la casa, sin parar de currar, y tú, ni ganas de ayudar. Ya me cuidaré yo y haces tú el trabajo, a ver cuánto te duran las fuerzas
Ramón no era de discutir. Sabía cuándo callar. Así siguieron; Emilia sudando la camiseta y Ramón con lo suyo de camionero.
Cuando Isabela cumplió tres años y empezó el cole, empezó a ponerse mala muy a menudo. Decidieron que, un tiempo, la abuela Carmen podría quedarse con la niña.
Si hace falta me quedo con ella, que total, ya estoy jubilada aceptó Carmen.
Emilia se alegró:
Por fin echa una mano la suegra, ¡ya era hora!
Con el tiempo, Emilia notó un detalle: Ramón iba mucho al pueblo de al lado, Segovia, supuestamente a llevar productos a su hija o por recados.
Prepara un poco de nata, huevos, patatas, que se los llevo a Paloma. Tengo que ir a Segovia a por unas piezas para el camión, aprovecho y veo a la nena
Emilia encantada, convencida de que ayudaban: que allí todo es más caro, mujer, mientras que nosotros tenemos lo bueno del campo.
Pero Ramón empezó a tardar más de la cuenta en volver de la ciudad. Al principio Emilia no le dio importancia, pero cuando aquello empezó a ser costumbre, le entraron las sospechas.
Ay, madre, fijo que mi Ramón le está echando el ojo a la Carmen Vamos, blanca y en botella. Esto lo tengo que investigar
La siguiente vez que Ramón preparaba el coche con regalos para su hija, Emilia se plantó:
Ramón, voy contigo, echo de menos a la peque. Y así miro algo para la casa en la ciudad y le soltó una mirada de esas de madre que te taladran. Ramón, pillado, tragó saliva y asintió.
Por el camino, Emilia notó que Ramón iba de mala leche.
Estás muy mustio, ¿qué te pasa hoy?
Nada, mujer, dolor de cabeza respondió él, sin mucha convicción.
Llamaron al timbre de la casa de Paloma. Carmen abrió la puerta en bata, con carmín, toda contenta, pero al ver a Emilia detrás se le descompuso la sonrisa.
¡Anda! No esperaba visita doble. Pasad, pasad y se puso a abrocharse el batín en tiempo récord.
Jugaron con la nieta, le dieron una muñeca, y cuando la niña se durmió, Carmen propuso un café y Emilia sacó el roscón y las manzanas del maletero.
Notó Emilia cómo la otra le lanzaba miraditas a Ramón, y él, ni corto ni perezoso, le devolvía la sonrisa.
¡Serán desvergonzados! Encima en mis narices, pensé que iban más disimulados, pero esto ya debe de ir muy avanzado mascullaba Emilia por dentro, aunque simulaba estar tan tranquila.
Voy un momento al portal a fumar dijo Ramón y salió del salón.
En cuanto salió, Emilia fue directa:
Mira, Carmen, déjate ya de hacerte la buenecita, que ya te tengo calada. Sé por qué mi marido no para de venir, y no es para ver solo a la nieta. Deja de ponerle ojitos y si quieres a un hombre, búscate uno libre, pero al mío no me lo toques. ¿No te da vergüenza andar detrás del marido de tu consuegra? Si sigues así, me vengo yo todos los días a cuidar a Isabela. Deja de coquetear, que la vida de tu hijo tampoco te la voy a estropear. No tienes vergüenza, mujer.
Carmen se quedó más roja que un tomate, no se esperaba que la paleta del campo fuese tan lista. Siempre pensó que Emilia, con tanto gallinero, ni se enteraba. Pero ya la tenía calada.
Al irse, Emilia la remató desde el umbral:
Que no te creas que soy tonta, ni muy de campo ni mucho menos.
Y de camino a casa, todo el viaje le estuvo dando la charla a Ramón:
Más a Segovia, solo conmigo. Ya está bien de la pobre ovejita, que bastante le he dejado claro que aquí la lista soy yo. Y contigo, poquitas bromas, que te conozco desde hace treinta años y ya me he hartado. A ver si te apañas solo con la vaca y el huerto, si tanto te apetece ayudar por allí
Esa noche, Paloma llamó con cara de vinagre.
Mamá, ¿cómo se te ocurre hablarle así a doña Carmen? Que se está portando genial cuidando a Isabela, y yo te estoy agradecida. Solo faltaba que te pusieras celosa de papá, si solo va a ver a su nieta.
Emilia explotó, el colmo ya:
Mira, hija, eres joven y hay cosas que todavía no entiendes. ¿Qué tal te sentaría que tu marido pasara horas con tu amiga, a tus espaldas? Carmen sabrá mucho, pero una casa sola con un hombre casado, y encima poniéndose mona, tampoco es lo que procede. Y recuerda, la que te ayuda de verdad es tu madre, que tu padre va a remolque. Y si Carmen decide plantarse con Isabela, pues cojo la maleta y me planto yo allí. Y tú ocúpate de vivir tu vida, hija.
Mamá, lo siento. Es que ella me lo contó de otra manera… La verdad, me la ha liado buena.
Claro, pensó que me iba a callar, pero le canté las cuarenta. Así supo cómo somos aquí en el pueblo.
Desde entonces, Ramón ya no movió ni un azúcar sin avisar a Emilia, y siempre la animaba a ir con él a la ciudad. Emilia, encantada de ver más a su nieta. Y Ramón, incluso, ayudaba en casa más que antes: que si cortar leña, que si fregar, que si ir juntos al huerto.
Está visto: a los hombres hay que ponerles a trabajar, así no les da tiempo a pensar en tonterías. Y encima ahora tengo más tiempo para mí. Me pongo cremas y me corto el pelo. ¿A ver si voy a ser menos que nadie?
Gracias por leer mi historia. ¡Mucho ánimo, y que la oveja descarriada no os dé guerra!






