Abuela, tengo que pedirte un favor, de verdad necesito dinero.
Mucho.
Su nieto acaba de aparecer por la tarde. Se le nota inquieto y nervioso.
Normalmente, pasa un par de veces por semana a ver a Carmen Fernández. Si hace falta, va a la tienda, le saca la basura, incluso una vez le arregló el sofá, que todavía aguanta. Siempre tan tranquilo y firme, pero hoy parece que el mundo se le viene encima.
Carmen siempre vive con esa intranquilidad ¡hay tantas cosas extrañas alrededor!
Javier, ¿puedo preguntarte para qué necesitas el dinero? Y eso de mucho, ¿cuánto es exactamente? Carmen se tensa por dentro.
Javier es su nieto mayor. Buen chico, cariñoso. Hace un año que terminó el bachillerato. Trabaja y estudia en la Universidad a distancia. Sus padres nunca han tenido queja de él; es responsable. Pero, ¿para qué necesitará tanto dinero?
Todavía no puedo decírtelo, pero te juro que te lo devuelvo, Javier titubea, pero será poco a poco, en varios pagos.
Sabes que sólo tengo la pensión, Carmen no sabe muy bien qué hacer, dime, ¿cuánto te hace falta?
Diez mil euros.
¿Y por qué no le pides a tus padres? Carmen pregunta casi por costumbre, sabiendo que Javier le responderá lo de siempre. Su padre, su yerno, es muy estricto y siempre ha pensado que un hijo debe aprender a solventar sus propios problemas y no meterse en lo que no le corresponde.
Ellos no me lo darían, confirma Javier, como si leyera sus pensamientos.
¿Y si ha tenido un lío? ¿Y si dándole el dinero lo empeora aún más? ¿Y si no ayuda y Javier realmente se mete en un problema grave?
Carmen mira a su nieto buscando respuestas.
Abuela, no pienses mal, de verdad, Javier capta su mirada y trata de tranquilizarla, te prometo que en tres meses te lo devuelvo todo. ¿Es que no confías en mí?
Quizá tengo que dárselo, aunque no me lo devuelva nunca. Alguien tiene que apoyarle. No puede perder la confianza en las personas. Ese dinero lo tengo guardado por si acaso quizas ahora es ese momento. Javier ha venido a mí. Las cosas de la muerte ya llegarán cuando tengan que llegar, hay que pensar en los vivos. Y confiar en los tuyos, siempre.
Dicen que cuando prestas dinero, tienes que despedirte de él. Hoy en día los jóvenes son difíciles de entender, nunca sabes exactamente en qué están metidos. Pero por otro lado, Javier nunca le ha fallado.
Está bien, te lo dejaré. Por tres meses, como dices tú. Pero, ¿quizá sería mejor que tus padres lo supieran?
Abuela, tú sabes que te quiero mucho y siempre cumplo lo que prometo. Pero si no puedes, intento pedir un préstamo, tengo trabajo.
Por la mañana, Carmen se acerca al banco, saca el dinero y se lo da a su nieto.
Javier sonríe, le da un beso y le agradece:
Gracias, abuela. Eres la persona más importante para mí. Te lo devolveré, y sale casi corriendo.
Carmen vuelve a casa, se sirve un té y se queda pensativa. Cuántas veces en su vida ha necesitado ayuda urgentemente, y siempre ha habido alguien que la ha salvado en el último momento. Ahora los tiempos han cambiado, cada uno va a lo suyo. ¡Menudos tiempos complejos!
A la semana, Javier pasa a verla todo contento:
Abuela, aquí tienes una parte, me han dado el anticipo del salario. ¿Puedo venir mañana pero no solo?
Ven cuando quieras, hijo, te haré tu bizcocho favorito de amapolas, Carmen sonríe. Y piensa que a ver si así se aclara todo un poco. Quiere asegurarse de que Javier está bien.
Javier viene por la tarde. No viene solo. A su lado está una chica muy delgada.
Abuela, te presento a Claudia. Claudia, esta es mi abuela Carmen Fernández.
Claudia sonríe tímidamente:
Encantada, Carmen, y muchísimas gracias.
Pasad, por favor. Es un placer Carmen suspira aliviada. De inmediato la chica le cae bien.
Se sientan a merendar con té y bizcocho.
Abuela, antes no podía contártelo. Claudia estaba muy agobiada, su madre tuvo unos problemas de salud inesperados, y no había nadie que pudiera ayudarles. Claudia es muy supersticiosa y no me dejó contarlo; pero ya todo va bien, han operado a su madre y el pronóstico es bueno, Javier mira a Claudia con ternura, ¿a que sí? , y le toma la mano.
De verdad, muchísimas gracias, usted es muy generosa. No sé cómo agradecérselo, Claudia dice entre lágrimas disimuladas.
Ya está, cariño, no llores, todo ha pasado ya, Javier se levanta abuela, nos vamos, que es muy tarde, voy a acompañar a Claudia a casa.
Id, queridos, buenas noches, que todo vaya bien, Carmen les hace la señal de la cruz mientras salen por la puerta.
Su nieto está hecho un hombre, un buen chico. Hizo bien en confiar en él. Al final, no eran sólo los euros. Se han hecho más cercanos.
Dos meses después, Javier le devuelve todo el dinero y le cuenta a Carmen:
¿Te imaginas? El médico dijo que llegamos justo a tiempo. Si no hubiera sido por tu ayuda, todo podría haber terminado mal. Gracias, abuela. No sabía cómo ayudar a Claudia, pero ahora sé que siempre hay alguien que puede echarte una mano cuando lo necesitas. Haría cualquier cosa por ti, eres la mejor del mundo.
Carmen despeina cariñosamente a Javier, como cuando era pequeño:
Anda, vete. Y venid a verme con Claudia, siempre seréis bienvenidos.
Por supuesto, Javier abraza a su abuela.
Carmen cierra la puerta y recuerda cómo su propia abuela le decía:
A los nuestros siempre hay que ayudarles. Así se ha hecho siempre aquí, en España: si tú eres de cara abierta con la familia, ellos nunca te darán la espalda. Eso no se puede olvidar nunca.Esa noche, mientras apaga la luz y se sienta un momento al borde de la cama, Carmen siente que una calidez serena le recorre el corazón. Afuera, la ciudad murmura en calma, y ella, por primera vez en mucho tiempo, no teme al futuro.
Deja sobre la mesilla un sobre con la nota de Javier y la fotografía de su abuela, como un pequeño altar de gratitud y recuerdos. Piensa en el hilo invisible que une a las familias a través de los años, transparente pero irrompible, tejido con gestos sencillos, con manos abiertas y palabras sinceras.
Carmen sonríe, imaginando a Javier y Claudia caminando bajo el mismo cielo que tantas veces abrigó sus propias esperanzas. Y comprende, al fin, que los actos de generosidad siempre encuentran su camino de regreso. Que, pase lo que pase, uno nunca camina solo. Porque hay promesas que solo pueden hacerse mirando de frente al cariño: las que mantienen intacto el sentido de pertenecer, de sostenerse, de confiar.
Con el susurro de su abuela resonando como una bendición en su memoria, Carmen apaga la lámpara. Mañana, alguien llamará a la puerta. Y ella, como siempre, abrirá de par en par.







