La pensionista confesó que la última vez que vio a su hijo fue hace más de seis años: “Desde que se fue con su mujer, apenas me llama y, la última vez que llevé una tarta por su cumpleaños, mi nuera me dijo que no era bienvenida. Vendí mi piso, le di dinero y nunca volvió a buscarme. Me he acostumbrado a la soledad, disfruto de mi té viendo despertar la ciudad, aunque a veces el corazón duele al recordar cómo me dejó atrás.”

¿Desde cuándo no habla tu hijo contigo?le pregunté a mi vecina del quinto mientras barría el descansillo. Y en ese instante, se me hizo un nudo en el alma.

Llevo más de seis años sin verleme confesó, dándole vueltas a la escoba como quien da cuerda a un reloj desafinado. Al principio, cuando se mudó con su mujer, me llamaba alguna vez, sobre todo para preguntarme si quedaba algo del cocido, pero luego se volvió humo. Mira, una vez le llevé una tarta de cumpleaños a su casa y…bajó la mirada y los ojos se le pusieron como el Manzanares en primavera.

¿Y qué pasó?insistí, aunque ya me temía por dónde iban los tiros.

Pues que abrió la puerta mi nuera y me soltó, con una sonrisa de ésas que cortan el bacalao, que allí no era bienvenida. Mi hijo ni pío, solo me miró como si le estuviese debiendo la hipoteca y luego hizo como quien ve llover en Cuenca. Fue la última vez que le tuve delante.

¿No te ha llamado nunca después de aquello?pregunté, a medio camino entre la incredulidad y la indignación.

Solo una vez, cuando vendí el piso de tres habitaciones y me compré este más chiquitito. Como me parecía de justicia, le di unos euros. Vino, firmó los papeles, se metió el dinero en el bolsillo y, si te he visto, no me acuerdo.

¿Y tú cómo llevas eso de estar sola? ¿O ya lo has asumido?me animé a preguntar, viendo que su fuerza era de otro mundo.

¡Estoy bien, mujer!me respondió, con ese deje seco pero honesto que solo dan los años. Cuando era joven, me quedé sola con mi hijo porque mi marido se largó con una peluquera de Valladolid. A ese chiquillo lo he criado yo sola, con más nervio que recursos. Luego vino un día todo ilusionado y me dijo que quería alquilar un pisitome alegré, pensando que al fin mi hijo se hacía hombre. Pero qué va, era cosa de su novia, que no quería madres cerca, por si le fastidiábamos la fiesta. Luego se quedó embarazada y todo cambió

¿Y tú me cuentas todo esto tan tranquila? No te da rabia que tu hijo te haya dejado sola en estos añosle dije, sin rodeos.

Una se acostumbra, hijasuspiró, dejando la escoba a un lado. Me gusta vivir aquí, el edificio es nuevo, el barrio tranquilo, y tengo euros para todo lo que necesito. Cada mañana me levanto, pongo la tetera y me salgo al balcón a ver cómo despierta Madrid. ¿Sabes? De joven solo soñaba con dormir ocho horas seguidas porque trabajaba en dos turnos, pero la vida me tenía guardada la jubilación para que aprendiera lo que es la soledad. Creía que en la vejez estaría rodeada de familia, pero parece que mi destino es más bien la independencia.

¿Y no te animas a tener una mascota? Dicen que tener dos es el doble de divertido.

Ay, querida, si hasta los gatos se marchan de casa cuando menos te lo esperas. Y yo no puedo cogerme un perro, no sea que una mañana no me despierte, y el pobre se quede solo. Bastante metí la pata una vez como para repetir

En ese momento, la señora Carmen aguantó el tipo lo mejor que pudo, pero al final, no pudo evitarlo y se le escaparon unas lágrimas que sonaban sinceras como las campanas de la Plaza Mayor.

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MagistrUm
La pensionista confesó que la última vez que vio a su hijo fue hace más de seis años: “Desde que se fue con su mujer, apenas me llama y, la última vez que llevé una tarta por su cumpleaños, mi nuera me dijo que no era bienvenida. Vendí mi piso, le di dinero y nunca volvió a buscarme. Me he acostumbrado a la soledad, disfruto de mi té viendo despertar la ciudad, aunque a veces el corazón duele al recordar cómo me dejó atrás.”