Qué bien se está así murmuró Inés.
Le encantaba tomarse el café tranquilamente por la mañana, en silencio, cuando aún Álvaro seguía dormido y fuera apenas despuntaba la luz. En esos ratos, todo le parecía en orden. El trabajo, estable. El piso, acogedor. Su marido, fiable. ¿Qué más se puede pedir?
No sufría de las envidias de sus amigas, siempre quejándose de maridos celosos o de discusiones absurdas. Álvaro nunca la celaba ni hacía escenas. No le revisaba el móvil. No le pedía explicaciones de cada paso. Simplemente estaba ahí, y con eso le bastaba.
Inés, ¿has visto mis llaves del garaje? apareció Álvaro en la cocina, el pelo revuelto de recién levantado.
Las has dejado en la estantería junto a la puerta. ¿Vuelves a ayudar al vecino?
Javier me pidió que le echara un vistazo al coche. Algo pasa con el carburador.
Asintió mientras le servía café. Era algo tan habitual. Álvaro siempre andaba ayudando a alguien: a compañeros con mudanzas, conocidos con chapuzas, vecinos con lo que fuera. Mi caballero andante, pensaba Inés con cariño. Un hombre incapaz de mirar para otro lado ante los problemas ajenos.
Eso fue lo que cautivó a Inés en la primera cita, cuando se paró a ayudar a una señora mayor a subir las bolsas a su portal. Cualquier otro hubiera pasado de largo; Álvaro, no.
La nueva vecina del primero había llegado hacía tres meses. Al principio, Inés apenas se fijó en ella. En estos edificios de pisos, la gente va y viene sin que apenas repares. Pero a Nuria, se le notaba de lejos; era de esas mujeres imposibles de ignorar.
Risas por el portal, taconeo ruidoso a cualquier hora, y esa forma de hablar por el móvil para que la oyera todo el bloque.
¡Imagínate! Hoy me ha traído la compra. ¡La bolsa llena! Sin que yo le pidiera nada le contaba Nuria a alguien por teléfono.
Al cruzarse con ella junto al buzón, Inés le sonrió de manera cortés. Nuria casi brillaba con esa satisfacción tan típica de quien está empezando algo.
¿Tienes nuevo pretendiente? preguntó Inés, por educación.
No tan nuevo Nuria le guiñó un ojo Pero es muy detallista, de los que escasean. Te soluciona cualquier cosa: el grifo gotea, él lo arregla; la luz fundida, lo apaña; incluso me ayuda a pagar facturas, ¿te lo crees?
Menuda suerte.
¡Y tanto! Bueno, está casado, pero eso hoy día solo un papel, ¿verdad? Lo importante es que conmigo es feliz.
Inés subió a casa con un mal cuerpo. No era cuestión de moral ajena, no. Algo en la conversación la había raspado y no sabía qué.
Las semanas siguientes se repetían estos encuentros fortuitos. Nuria parecía buscarla en el portal para contarle nuevas hazañas.
¡Es tan atento! Siempre pregunta cómo estoy, si necesito algo
Ayer, estando mala, me buscó una farmacia de guardia en plena noche y me trajo medicinas.
Y dice que para él lo fundamental es sentirse necesario; que ese es su sentido de la vida.
Aquí, a Inés le dio un escalofrío.
“Sentirse necesario; ese es su sentido de la vida”.
Eso mismito decía Álvaro. Recordaba esas palabras en su aniversario, justificando por qué volvía tarde por ayudarle a la suegra de una amiga con la huerta.
Casualidad, seguro. Hay muchos hombres con complejo de salvador, ¿no?
Pero los detalles seguían encajando. La costumbre de traer cosas sin que se lo pidan, la manía de arreglar todo con sus manos.
Inés intentó apartar esos pensamientos. Paranoia, tonterías. No vas a dudar de tu marido por lo que dice una desconocida.
Pero Álvaro empezó a comportarse raro. No de golpe, más bien poco a poco. Salía diciendo vuelvo enseguida y tardaba una hora. Llegó un momento en que no se separaba del móvil ni en la ducha. Respondía cortante, a la defensiva.
¿A dónde vas?
Tengo cosas que hacer.
¿Qué cosas?
Inés, ¿qué es este interrogatorio?
Y a la vez, se le notaba contento. Satisfecho, como si por fin encontrara esa necesidad que le faltaba en casa.
Una noche, volvió a alistarse para salir.
Dice un compañero que necesita ayuda con unos papeles.
¿A las nueve de la noche?
Es que trabaja por el día, Inés, ¿cuándo si no?
Inés no discutió. Miró por la ventana; no salió del portal.
Se puso la cazadora, bajó tranquila y fue hasta la puerta conocida, en el primer piso.
Dedo al timbre. No sabía qué iba a decir; ni pensó en reproches. Simplemente pulsó y esperó.
La puerta se abrió enseguida, como si ya la aguardasen. Nuria, en un batín corto de seda, una copa en la mano y la sonrisa que se le fue borrando en cuanto la reconoció.
Y detrás, en el pasillo iluminado, allí estaba Álvaro. Sin camiseta, el pelo mojado del baño, instalado como en su propia casa.
Se cruzaron las miradas. Álvaro se quedó petrificado, a medio decir algo. Nuria se encogió de hombros, ni se inmutó.
Inés subió las escaleras, despacio. Atrás, escuchaba el ruido apresurado, la voz de Álvaro: “¡Inés, espera, que te lo explico!”, pero en casa no lo dejó entrar…
Por la mañana, apareció doña Carmen, la madre de Álvaro. Inés ya no se sorprendió. Por supuesto, su hijo le habría contado su versión.
Ay, Inés, hija, ¿pero cómo te lo tomas así? Se instaló en la cocina Los hombres son como niños, necesitan sentirse héroes. Esa vecina tuya pues necesitaba ayuda. Álvarito no pudo hacerse el sueco.
¿No pudo soslayar tampoco su dormitorio, Carmen? ¿Eso quiere decir?
A la madre le mudó la cara, como si Inés hubiera dicho algo indecente.
No pongas las cosas así. Álvaro es muy bueno, compasivo, no es ningún delito sentir pena por la gente. Se le fue la mano, sí, pero pasa en las mejores familias. Mi difunto agitó la mano Mira, lo importante es la familia. Todo se arregla. No tires tu vida por tonterías, Inés, hija. Sé lista.
Inés miró a aquella mujer y vio reflejado todo lo que nunca quiso ser: fácil, sumisa, dispuesta a todo por mantener la apariciencia de hogar.
Carmen, gracias por venir. Ahora mismo solo quiero estar sola.
Se fue ofendida, soltando algún comentario de esos sobre “la juventud de ahora, que no sabe perdonar nada”.
Por la tarde volvió Álvaro. Iba por la casa como un gato, cabizbajo, intentando tocarle la mano.
Inés, no es lo que parece. Solo fui por el grifo, luego se puso a hablar, estaba tan sola, tan triste
Estabas sin ropa.
Es que me mojé arreglando el grifo, me prestó una camiseta, y justo apareces tú
A Inés le sorprendía no haber notado antes que Álvaro mentía fatal. Cada frase era una nota falsa, cada gesto delataba el agobio.
A ver, aunque fuera aunque hubiese pasado algo Eso no significa nada. Te quiero a ti. Lo de ella es una tontería. Una debilidad de hombre.
Se sentó a su lado en el sofá, queriendo abrazarla.
Venga, olvídalo, ¿vale? No volverá a pasar, te lo juro. Si te digo la verdad, ya me tiene hasta el moño. Siempre quiere cosas, siempre quejándose
En ese momento, Inés entendió. No era remordimiento, era miedo. Miedo a perder la comodidad. A que le tocara quedarse con alguien que dependiera de él de verdad, y no solo le diera excusas para jugar al salvador cuando le apetecía.
Pues voy a pedir el divorcio dijo ella como quien dice ya he apagado la cafetera.
¿Qué dices? ¡Inés, que te has vuelto loca! ¿Por un error sin importancia?
Se levantó, fue al dormitorio y empezó a meter papeles en un bolso de viaje.
El divorcio llegó dos meses después. Álvaro se fue a vivir con Nuria, que lo recibió con los brazos abiertos. Eso sí, pronto vinieron las listas: arreglar esto, comprar lo otro, pagar aquello, solucionar lo de más allá.
Inés se iba enterando por conocidos comunes. Asentía sin malicia; cada cual recoge lo que siembra.
Ella se alquiló un estudio pequeñito, al otro lado de Madrid. Cada mañana tomaba café en silencio. Ya nadie le pedía las llaves del garaje. Nadie decía vuelvo en un minuto para regresar oliendo a perfume ajeno. Nadie le exigía comprensión constante y sonrisas.
Y fíjate, pensaba que le dolería, que vendrían la pena, la soledad, los arrepentimientos. Pero llegó otra cosa: una ligereza. Como sacarse un abrigo pesado tras años de llevarlo sin darse cuenta.
Por primera vez, Inés era solo de sí misma. Y eso, amiga, resultó mejor que cualquier estabilidad.







