Mi madre falleció cuando yo tenía solo ocho años. Mi padre se entregó a la bebida y en casa muchas veces no teníamos nada para comer. Yo pedía ayuda en el colegio, los estudios no iban bien, vestía con ropa vieja, y al final mi situación llamó la atención.
Los inspectores de bienestar infantil vinieron a nuestra casa varias veces y pronto pusieron a mi padre bajo condiciones muy estrictas; si no las cumplía, corría el riesgo de perder su derecho a ser padre. Por suerte, mi padre recapacitó, dejó de beber y las siguientes visitas transcurrieron sin problemas.
Después de un tiempo, mi padre me contó que quería que conociera a una mujer que le gustaba. Fuimos a casa de tía María. Yo estaba receloso de ese encuentro; los recuerdos de mi madre estaban muy vivos y no veía bien que mi padre estuviera con tía María.
Sin embargo, al empezar a hablar con ella sentí enseguida la calidez de su alma. Me hice amigo de su hijo, que tenía un año más que yo, y juntos nos apuntamos a la sección deportiva del barrio. Mi padre estaba feliz de que aceptase su nueva relación y, al cabo de un mes, nos mudamos a casa de tía María. Nuestra vivienda la alquilamos, así teníamos una fuente extra de ingresos.
Mi padre no llegó a casarse con tía María; fue atropellado por un coche conducido por un borracho. Oficialmente, para tía María yo no era nadie, así que los servicios sociales me llevaron a un centro de acogida. Cuando me fui, tía María me prometió que volvería a buscarme en cuanto pudiera.
Cumplió su palabra, y en dos meses volví a su casa. Esos dos meses bastaron para sentir la dureza del hogar de acogida. Estoy profundamente agradecido a tía María por no dejarme solo, por ser una auténtica segunda madre. Cuando la llamo mamá suelo ver lágrimas en sus ojos. Tía María es una gran mujer y su hijo es como un hermano para mí.
Ahora somos adultos, cada uno tenemos nuestra propia familia, pero madre María sigue siendo la persona más cercana para mi hermano y para mí. Dos nueras y nunca ha tenido un conflicto con ninguna, ni ha oído la palabra suegra dirigida a ella. Tanto mi esposa como la de mi hermano la llaman madre María por su bondad y comprensión. Y cada vez que la llaman así, se puede ver en los ojos de María la alegría más sincera.





