La nuera exige amor igual para los niños. Y yo no puedo así…
No soy de esas mujeres que rechazan sin más el destino ajeno. La vida me ha enseñado mucho. Crié sola a mis dos hijos, pasé por dificultades y decepciones, conozco el verdadero precio del cuidado y las noches en vela cuando un niño tiene fiebre y estás sola a su lado, sin necesitar a nadie más. Pero, por mucho que pase, hay cosas que no se pueden forzar. Incluido el amor.
Cuando mi hijo Javier anunció que se casaría con una mujer que ya tenía una hija, no me opuse. Lo apoyé, como madre, porque vi que estaba profundamente enamorado. ¿Y qué es lo importante para mí? Que mi hijo sea feliz. Que lo amen, que lo valoren. Lo demás… da igual, con tal de que sea verdad. Nunca dije una palabra mal de Lucía, su elegida. Una mujer que cría sola a su hija, cuyo marido la abandonó… a esas mujeres no se las juzga, se las comprende. Pero…
Han pasado siete años desde que formaron una familia. Sofía, la niña de su primer matrimonio, tiene ahora seis años, y nuestro nieto común, Adrián, apenas dos. La niña es inteligente, bonita, tranquila. Pero aun así… no es de mi sangre. Sí, hago todo lo que puedo. Sí, les traigo regalos, iguales, sin distinciones, sin dividir céntimo a céntimo. Sí, puedo leerle un cuento a Sofía, jugar a «las casitas» o ayudarla con los deberes. Pero mi corazón está con Adrián. En él veo a mi Javier, los rasgos de mi difunto esposo. Me derrito por él, temo hasta respirar de lo mucho que lo siento mío. Con Sofía… solo hay cariño. Respetuoso, amable. Pero no más.
Y eso fue lo que desató la discusión con Lucía. Ella exige que ame a Sofía igual que a Adrián. Como si el amor se pudiera encender a voluntad. No, querida, así no funciona. No sé fingir ante los demás. Puedo ayudar, puedo estar ahí, puedo apoyar… pero no puedo simular lo que no siento.
No culpo a Sofía de nada. Es solo una niña en una situación complicada. Pero ella tiene sus propias abuelas. Una vive lejos, la otra desapareció tras el divorcio… pero eso no es mi culpa. La propia Lucía me contó cómo su madre, ya jubilada, apenas ve a los niños. Cómo les cierra la puerta si no llevan comida encima. ¿Por qué entonces los reproches caen sobre mí?
Yo, a diferencia de mi consuegra, siempre estoy ahí. Al primer aviso. Les llevo ropa, comida, llevo a Sofía a sus clases… y todo con amor. Pero con el amor que puedo dar. Nada más. No me pidan lo imposible.
Lucía cada vez me recibe con más frialdad. Observa cada regalo como si calculase su valor. «¿Y a Sofía qué? ¿Por qué a Sofía solo un libro y a Adrián un coche?» ¿Cómo explicarle que elegí el libro pensando en ella, en lo que le gusta? Pero no, su respuesta es siempre la misma: «No quiere a mi hija». Intento decirle con calma: no estoy obligada a querer. El amor se gana, nace, no se mide. Soy buena con Sofía, y eso debería bastar.
También hablé con Javier. Sin dramas. Le expliqué que no tengo nada contra Sofía, que procuro ser atenta. Pero que fingir amor no puedo. Y si él y su esposa insisten en que sienta lo que no siento… será mejor distanciarnos, que mentir. Él lo entendió. Es un muchacho sensato. Pero está atrapado entre su esposa y su madre, sin saber de qué lado ponerse.
Y yo… estoy cansada de justificar lo obvio. Soy abuela. De verdad. Pero solo de un niño… de sangre. Para el otro, soy una buena mujer. Es honesto. Es justo. No le hace daño a nadie. Pero pedirme más… es cruel.
¿Y saben qué? No me considero mala. Simplemente no acepto que me juzguen por no poder traicionar lo que siento. Es mi corazón. Mi conciencia. Mi verdad. Y no cederé, aunque eso me cueste la relación con mi nuera.







