Toda mi vida la he pasado en un pueblo cerca de Toledo. Desde pequeña, la tierra para mí no es solo trabajo, sino un refugio. Me cura, me da fuerzas cuando todo parece derrumbarse. Cuando mis manos están en la tierra, mi mente descansa. Así vivo. Primavera — huertos. Verano — calor y lucha contra las malas hierbas. Otoño — cosecha, conservas, tarros, especias.
Tengo un gran terreno. Cada año siembro tomates, pepinos, berenjenas, calabacines, pimiento y maíz. Frutales — manzanos, ciruelos, cerezos. Con todo ello hago conservas: pisto, salsa de ajo, caviar de calabacín, mermelada, compotas, encurtidos. Tengo un arcón congelador lleno de verduras cortadas, puré para mi nieto, patatas fritas caseras. Cada cosa en su sitio, porque así me gusta. Para que en invierno alimenten el alma.
Mis hijos ya son adultos. Viven lejos. Pero cuando vienen, no se van con las manos vacías. Los coches van cargados de cajas, bolsas, tarros. Y no me duele, porque son familia. Todo es para ellos.
Sobre todo se lleva mucho Lucía, la mujer de mi hijo pequeño, Javier. No para de alabar mis conservas: los pepinillos, las berenjenas, la mermelada de albaricoque. Hasta lleva tarros al parque para mi nieto. Me encanta ver su entusiasmo. Me esfuerzo, paso noches en vela siguiendo recetas, y su alegría me compensa.
Pero en el cumpleaños de mi nieto, algo cambió. Había animadores, niños riendo, adultos alrededor de una mesa llena de comida. Entre los platos, mis pepinillos, el caviar de calabacín, la compota de albaricoque. Todos comían y elogiaban. Hasta que una frase me hizo pensar:
—¡Ah, estos son los pepinillos que siempre me da Lucía! ¿Son vuestros? ¡Están increíbles! Nada que ver con los del súper.
Al principio no entendí. Quizá esa señora iba mucho a su casa. Pero luego otra me agradeció por la mermelada. Y al anochecer, una tercera dijo que mis tapenades los salvaban en invierno. Busqué a Lucía con la mirada. Ella evitaba mirarme.
A la mañana siguiente, a solas, le pregunté directamente:
—Lucía, ¿estás regalando mis conservas?
Ella suspiró, bajó los ojos.
—Un poco. Es que están tan buenas… Todos me piden. Y tú tienes muchas. No es tanto, solo un tarrito de vez en cuando.
No grité. No discutí. Pero sentí un vacío. Yo trabajo hasta altas horas, revisando temperaturas, esterilizando tarros. Todo con mis manos. Y ella lo reparte como si fuera algo que aparece por arte de magia.
Volví a casa con el corazón apeguado. No es el precio, sino el valor. No hago esto para desconocidos. No soy un supermercado. Soy abuela, madre, una mujer de casi setenta años. Hoy puedo enlatar cuarenta tarros. ¿Y mañana? Si la salud fallara, ¿qué pasaría? Se acostumbrarían a recibir sin pensar en quién lo hizo posible.
Ahora estoy en la cocina, removiendo el pisto. Ya llevo cuarenta tarros. Y de pronto me pregunto: ¿ha llegado el momento de cambiar? Mi hija siempre me dice —”podrías venderlos”. Yo me negaba. Pero quizá tenga razón. Si no pongo límites, otros decidirán por mí.
Seguiré compartiendo con los míos, pero de otra manera. Que cada tarro no sea solo “rico”, sino horas de esfuerzo, noches sin dormir, cariño. Que alguien, alguna vez, piense: “¿Cómo estará mamá? ¿Necesita ayuda? ¿No sería mejor darle una mano en vez de solo recibir?”.







