La nuera desafiante

Todo el clan del marido aceptó unánimemente que Dominga, como nuera, resultaba inútil e impúdica. Al principio, sin embargo, la situación parecía prometedora: Dominga se esmeraba en complacer a sus nuevos parientes y ganar su aprobación.

Cuando había alguna celebración, la numerosa familia se desplazaba en fila ordenada hasta su humilde piso en el barrio de Vallecas, porque Dominga no solo dominaba la cocina, sino que también ideaba entretenimientos para agradar a los invitados. No hacía falta que nadie enviara invitación formal; ellos se invitaban a sí mismos. Un ejemplo típico tuvo lugar al inicio de la carrera de Dominga como nuera.

¡Aló, Dominga! ¡Feliz día de la Virgen! crujió la voz ronca de su cuñada Inés al otro lado del auricular, incomprensible y mascando como si estuviera masticando chicle.

¡Ay, sí! balbuceó Dominga, saltando ágilmente entre los charcos otoñales. Gracias. Me he hundido tanto en la rutina que he olvidado la fecha de hoy, entre el trabajo y las idas al centro de salud comenzó a explicar, pues se sabía que compartir vivencias estrecha los lazos. Dominga anhelaba sentirse parte de la familia. Prosiguió sin cesar: ¡Llegas como anoche! Acabo de volver del primer ecografía, así que tú, Inés, serás la primera en saber a quién esperamos

No le dejaron terminar; Inés, distraída con las noticias, escuchaba el creciente rumor del locutor, que anunciaba una nueva catástrofe mundial. La noticia provocó en Inés una mezcla de horror y alivio: primero terror, luego gratitud por estar a salvo. Deseosa de pasar al punto, cortó brusco el discurso de la nuera:

En fin, Dominga, pasaremos a cenar, ¡apúrate! Iremos los padres, mi marido y la niña Lidia dijo, mientras seguía el informativo sobre una erupción volcánica en alguna isla tropical, ¡qué pesadilla!

¡Pero no tengo nada preparado! ¡No planeábamos nada! exclamó Dominga, paralizada en medio del charco al sentir el agua helada colarse por el borde de su zapato. Dio un salto al seco.

¡Anda, que todavía hay tiempo! Eres la chef de la familia, la maga de la cocina, y yo soy un cero total. Vale, nos vemos a las seis.

¡En plan, en plan, en plan! repetía Inés en cada frase, como si con esa palabra arrancara la esencia del asunto sin preámbulos. Dominga, años después, pensaba con amarga ironía: «Ojalá tu lengua fuera más corta y tu ingenio más largo».

Su nombre real era Eulalia, pero la familia consideraba que sonaba demasiado pomposo; prefirieron llamarla Dominga, Dominguilla, o simplemente Dominga, para recordarle de dónde venía y que había enganchado al adorado Jorge, dejando clara su posición en la jerarquía familiar. Así que no había más remedio: Dominga era Dominga, la cuñada de los mil quejas. Punto.

Eulalia consideraba una cuestión de honor no humillarse ante la familia del marido. Con la despensa abastecida, se lanzaba a cocinar con entusiasmo, buscando no solo alimentar sino también impresionar. Además de los platos calientes tradicionales, adornaba la mesa con delicados canapés: croquetas de jamón, mini-tartaletas de atún, pimientos de piquillo rellenos, champiñones al ajillo, bruschettas al estilo italiano y mucho más. Para animar la reunión imprimía juegos sencillos y preparaba pequeños premios. Aun con tanto esfuerzo, satisfacer a toda la familia resultaba una tarea ardua.

¿Otra vez todo casero? comentó el suegro, mirando la mesa rebosante. Yo soñaba con una paella. ¿Cuándo dejaréis de ganar el pan y pediré comida a domicilio? Ya me cansé de la cocina de siempre.

Dominga tragó la ofensa y la siguiente vez dejó de cocinar; pidió pizza, sushi y yakisoba. Para entonces ya tenían un primogénito, y organizar banquetes con un bebé en brazos resultaba físicamente imposible.

¡Vaya! repitió la familia. ¿Nada casero? Ni una ensaladita? ¡Jorge, tu mujer se ha vuelto perezosa! ¿Cómo se puede servir solo pan y fideos salados?

Es pizza, no pan dijo tímidamente Jorge.

¡Pan con jamón y un toque de queso! La más barata, y te digo, Gonzalo: ahorrar en los seres queridos es de mala educación replicó su madre, mientras Dominga se ruborizaba de la reprimenda. Pensó: «¡Hablad, dejad de callar!». Pero quedó en silencio, sin la valentía para enfrentarse al grupo unido. Alguien siempre intervenía:

Como se dice, lo que no se hace con las propias manos no se valora.

Jorge, intentando defender a su esposa, lo hacía con delicadeza y humor:

Dominga, no te lo tomes a pecho; son gente sencilla, dicen lo que piensan. No te hacen daño, te quieren.

¡Claro, que me quieren!

¿Quién los haría venir si no les gustas?

«¡Qué golosina de visitas gratis!» pensó amarga Eulalia, pero siguió callada.

A veces los invitados llamaban media hora antes de llegar; al ver el nombre de Inés o de Carmen en la pantalla, Dominga sentía arder la ira.

Dominga, estamos cerca, pasaremos en media hora, tomaremos un cafecito cantó Inés.

¡No puedo, mi hijo duerme!

Seremos discretos, solo un tentempié, ¡sé nuestro ángel!

Aunque Dominga no contestara, ellos tocaban la puerta hasta el final, por lo que al responder al timbre al menos podía prepararse para su invasión.

Nadie se preocupó de que Dominga tuviera un bebé, que estuviera exhausta, o de que la visita fuera inoportuna. Tampoco le importó a la familia que Jorge estuviera ocupado en el trabajo cuando alguien necesitaba llevar a alguien al hospital, al mercado o a la casa de campo. Jorge, empresario autónomo, ¿no podía ayudar a un familiar? ¿Acaso su conciencia no le pesaría si tenía que pagar un taxi para su madre, su hermano o su cuñado? ¡Eso no era de familia!

Así, la pareja llegó a la segunda gestación, y Jorge empezó a comprender la gravedad de la situación. La embarazo fue difícil; al sexto mes, Jorge temía dejar sola a Eulalia. Una noche tuvo que viajar a Valencia por trabajo y pidió a su hermana Inés que vigilara a Dominga, en caso de que necesitara una ambulancia o ayudar al hijo mayor.

Inés, alcoholizada, charló sin parar hasta la madrugada, aunque Dominga necesitaba dormir. Al final, Inés se desplomó en el sofá cama, que también servía de colchón matrimonial, pues no había otra cama aparte de la cuna del bebé. El sofá no tenía sitio para dos, y Dominga pasó la noche en una dura silla de cocina, sin nada para acostarse en el suelo, porque ahorraban para comprar su propio piso. A la mañana siguiente, Inés se marchó al trabajo y Dominga, al recorrer la vivienda, comprendió la gravedad del asunto. Llamó a una amiga, que se llevó al niño y la llevó al centro obstétrico. La hospitalizaron de urgencia y le operaron para salvar el embarazo. Mientras ella estaba en el hospital, Jorge armó un escándalo con su familia:

¡¿Cómo puedo volver a pedirles ayuda?! ¡Una sola vez y mirad qué pasa! Cuando me necesitáis como chófer gratuito, siempre estáis dispuestos; pero cuando yo necesito una mínima ayuda, me dais la espalda. ¡No me llaméis para nada, llamad un taxi!

Pasadas las primeras emociones, Dominga dio a luz al segundo hijo y los parientes empezaron a buscar la reconciliación, aunque aquel episodio les dio a Jorge y a Dominga los primeros dientes afilados. Jorge cumplió su promesa y dejó de llevar a nadie, pese a las súplicas. En realidad, la culpa la llevaba Inés, pero los padres se pusieron de su lado y acusaron a Dominga de estar enferma: una mujer normal debería dar a luz como se estornuda. No se atrevieron a criticar a su hijo, así que después de cada rechazo la familia soltaba una frase despectiva contra la nuera, pues ella había provocado a Jorge contra su propia familia.

Los visitas inesperadas no cesaron: resultaban cómodas y económicas. Con el tiempo, Dominga se cansó tanto de ser la anfitriona que decidió convertirse en la mala para enseñar una lección a los parientes atrevidos. Lo hizo sin más palabras.

Una tarde llegaron los familiares por el cumpleaños del bebé, que cumplía tres meses. Naturalmente, nadie los había invitado

¡Ay, ni siquiera has empezado a cocinar! se sorprendieron los invitados.

En la nevera hay anchoas que hay que desmenuzar, ya tengo la remolacha y las patatas cocidas en la cazuela exclamó Dominga con una sonrisa, meciendo al bebé. Con cuatro manos prepararéis la ensalada, ¿no, Lidia? Y tú, papá, ve por el pastel, cualquiera, que yo no puedo comer, tengo prohibido. Me quedaré aquí con el crío, que está inquieto, y ya sabéis, los gases

Los parientes se miraron perplejos. Prepararon la ensalada, compraron el pastel y se lo devoraron sin ofrecer nada a Jorge, que había podido comerlo. Dominga no se quedó, se fue a la habitación a alimentar al niño durante una hora.

En la siguiente visita Dominga no preparó nada, sugiriendo a los invitados que pelaran las patatas para freírlas.

En el congelador hay setas. Con eso se hace una delicia, no cena.

Dijo y se marchó. Los invitados se quedaron atónitos, y luego comenzaron a murmurar. Entró la suegra Carmen, de rostro pétreo.

Dominga, hemos visto que no tenéis pan. Salgamos a comprar, ¿qué os parece?

Claro, lo que necesitéis, lo compramos.

Salieron a comprar pan y nunca volvieron. Desde aquel día dejaron de aparecer sin avisar. La reputación de Dominga como la nuera terrible quedó asentada: madre inútil, ama de casa desastrosa, y, en fin, la culpable de los problemas de Gonzalo, su marido. Todos los años en los que Dominga se había esforzado y había organizado festines fueron borrados de la memoria familiar, como si nunca hubieran existido.

Eulalia tragó también esa ofensa. Del mal no se aprende. Pero ahora su casa estaba libre de visitas inesperadas y ya no tendría que gastar dinero en una muchedumbre hambrienta. Tomó una decisión: si había que aplicar medidas extremas, que fueran las que le permitieran vivir con tranquilidad y sin la intromisión de parientes desconsiderados.

Al final, la verdadera familia se mide con respeto y comprensión, no con visitas inoportunas ni con culpas infundadas. Esa es la lección que quedó gravada en el corazón de Dominga.

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