La novia ajena
Hace ya muchos años, en un Madrid donde la comunicación aún no pasaba por las redes sociales, sino de boca en boca, el nombre de Valerio González era ya un secreto a voces. Jamás había puesto un anuncio en prensa, ni soñado con aparecer por la televisión, pero quien buscaba presentar una boda, un aniversario, o incluso una fiesta escolar, acababa con su teléfono en la mano. Nadie sabía realmente cómo empezó todo, pero Valerio se había convertido en un imprescindible para cualquier celebración que aspirase a ser recordada.
La historia comenzó, como tantas, con un improviso. Uno de sus amigos de toda la vida se casaba, pero el maestro de ceremonias contratado desapareció sin dejar rastro, probablemente arrastrado por el vino. Sin mucho tiempo para buscar un reemplazo, Valerio tomó el micrófono casi por casualidad. A decir verdad, durante el colegio ya había demostrado dotes para el teatro y la música, y en la universidad fue constante animador de la Semana Cultural y los concursos de monólogos. Aquella improvisación resultó un éxito rotundo, y en ese mismo salón de bodas, dos parejas más pidieron sus servicios.
Recién licenciado, Valerio trabajaba en un instituto de investigaciones del Paseo de la Castellana, ganando apenas para vivir. Los primeros sobres con billetes de euros que recibió por animar fiestas le animaron a aceptar todos los encargos posibles. En seguida, sus ingresos de animador superaron con creces el ridículo sueldo que cobraba como investigador principiante.
Un año después, tomó la gran decisión: dejó atrás la bata de laboratorio, invirtió sus ahorros en un equipo profesional de sonido y luces, y montó su propio negocio. Además, se apuntó a clases de canto, porque voz y oído nunca le faltaron. Pronto se hizo conocido como el presentador cantor, y varias noches por semana, amenizaba cenas en restaurantes pequeños de Malasaña.
A los treinta años, Valerio era un hombre apuesto, divertido, relativamente acomodado y tremendamente solicitado. No le faltaban amigas, más bien al contrario; muchas chicas madrileñas le tiraban indirectas más directas que un disparo de pólvora. Sin embargo, en su círculo los amigos ya se casaban y formaban familias, y él empezó a mirar más allá de la noche: ansiaba también, aunque no lo dijera, un poco de esa tranquilidad y calor que da el hogar. Ahora bien, ¿con quién? Las relaciones pasajeras no le llenaban y él soñaba con encontrar el amor de toda la vida.
En tono de broma, a veces le decía a sus amigos:
Habrá que buscar una muchacha jovencita, moldearla desde el principio, y cuando cumpla los dieciocho, casarme con ella. ¡La esposa perfecta!
Fueron risas y comentarios, y probablemente por eso, Valerio aceptó encargos incluso en fiestas de fin de curso, esperando toparse con la adecuada. Pero las chicas actuales de instituto, según él, no tenían nada de aquel candor que idealizaba en sus pensamientos. No obstante, seguía cazando, bromeando con que era como un explorador en busca de un ejemplar único. Ahí fue cuando el destino, con su humor peculiar, decidió lanzarle una buena broma.
Todo comenzó con una llamada rutinaria. Una mujer, siguiendo la recomendación de conocidos, le pidió que llevase el hilo conductor de una boda.
¿Tiene usted libre el 17 de junio? ¡Estupendo! ¿Podríamos reunirnos?
En el café donde quedaron, Valerio vivió una sensación extraña, como si el suelo se moviera bajo sus pies. La mujer, que se presentó como Asunción “Susi” para los más íntimos, era de una belleza deslumbrante, la apostura y la elegancia personificadas. Hablaba con claridad y firmeza: necesito que se encargue de esto, esto y aquello, ¿queda claro?. Valerio escuchaba y pensaba para sí: vaya suerte el del que vaya a casarse con esta mujer. Belleza y sensatez, ese binomio raro. Cálculo que rondaba los veinticinco años, quizás algo más, hasta que Asunción mencionó que había sido miembro de las Juventudes Socialistas en otra época… eso significaba que pasaba de los cuarenta.
Revisaron el guión de la boda, pulieron detalles y cerraron un contrato aunque Asunción se mostró algo reacia:
No hace falta, confío en usted. Tiene una fama excelente.
Pero Valerio era riguroso: siempre firmaba por escrito, para evitar problemas, y porque cumplía con Hacienda como buen autónomo.
Mientras, el móvil de Asunción sonó con un mensaje.
¡Ah, ya ha llegado el novio a recogerme! ¿Le acerco a algún sitio?
Valerio declinó, pero la acompañó a la puerta más por inquietud y cierta punzada de celos que por cortesía. Se había imaginado ya a un hombre maduro, elegante, parejo a su novia pero del coche saltó un muchacho, seguramente más joven que él mismo.
¿Todo bien, Asunción?
Ella sonrió con esa naturalidad que desarma: ¿Cuándo no está todo bien conmigo? Subió al coche y el novio, tras abrirle la puerta, se giró hacia Valerio:
¿Usted es el presentador de nuestra boda? Encantado, le he visto en otras bodas, dicen que no hay mejor animador en todo Madrid. Extendió su mano . Soy Roberto, el novio.
Valerio, conteniendo el impulso de darle un mamporro a ese tipo tan sonriente, le devolvió el gesto.
Valerio, un placer.
Desde ese día, Valerio perdió la paz. Encontraba mil excusas para llamar a Asunción, escuchar su voz, buscar un motivo para verla de nuevo. Con la boda acercándose, la obsesión iba creciendo. Su mejor amigo, el único que sufrió sus confidencias amorosas, le pinchaba con guasa:
¿Y las colegialas, qué? ¿Ya no buscas fabricar esposa ideal?
Valerio, resignado, negaba con la mano:
Ninguna colegiala. Asunción es la mujer perfecta, no necesito a nadie más.
Pues declárate le aconsejaba. ¿Quién sabe?
¿Estás loco? Se va a casar, ¡seguro que está enamorada! ¿Qué voy a hacerle yo con mis tonterías?
Alguna que otra vez, el propio Roberto aparecía por su oficina, radiante con su sonrisa.
Asunción le manda este sobre, dice que gracias por adaptarse al último cambio
Valerio tenía que morderse la lengua. Pensó incluso en rechazar el encargo y dejar la boda en manos de otro, perder su reputación si hacía falta pero entonces jamás volvería a ver a Asunción. No, no podría hacerlo.
Dos días antes del enlace, Asunción fue a su piso a repasar el guión. Las oficinas estaban en reforma, y así, en la intimidad del salón de Valerio, repasaron detalles, brindaron con cava y, entre risas y miradas cómplices, él la besó. Para su total sorpresa, ella le correspondió… y el resto es historia.
Por la mañana, Valerio despertó y, al ver su almohada aún impregnada del delicado perfume de Asunción, supo que no había sido un sueño. ¿Qué hacer? ¿Se celebraría la boda aún? Llamó a Asunción, con la voz rota:
¿Sigues adelante con la boda?
¡Claro! ¿Por qué no iba a celebrarse? respondió ella, como si fuera lo más natural.
Valerio se sintió más perdido que nunca. ¿Cómo podía una mujer separar aquello con tanta frialdad? ¿Acaso todas eran así? ¿Debía él arruinar la boda? Pero el simple pensamiento de no verla le hizo callar su propio orgullo.
El día de la boda llegó y Valerio acudió antes de tiempo al restaurante. Las flores ya decoraban el salón y las camareras, entre bromas, le hacían guiños. Y, de pronto, allí estaba Asunción.
He escapado después del registro civil. No aguantaba las ganas de verte. ¿Te alegras de verme? dijo, con esa sonrisa suya.
Pero… ¿cómo, Asunción? ¿Entonces, la boda…? ¿Has dejado plantado al novio?
Asunción le miró entre divertida e incrédula; finalmente rompió a reír con una risa limpia y contagiosa.
¡Ay, Valerio! Claro que no soy yo la novia. Es mi hija, Susana, la que se casa, ¡acabó la carrera en Salamanca y ayer llegó de allí!
Y ahí, todo encajó. Asunción nunca había dicho yo o nosotros; siempre mencionaba la novia y el novio. Y Roberto jamás la había llamado Susi o algo parecido; todo el tiempo había sido Asunción y de usted. Qué ridículo había sido todo y cuán divertido, pensó Valerio, mientras reunía valor para hacer la pregunta más importante:
¿Y tú? ¿Tú estás libre? musitó. Al ver cómo asentía, no dudó. Cásate conmigo. Por favor.
Aquella boda fue recordada durante años en Madrid: el animador cantó y bailó mejor que nunca, los invitados se partieron de risa y brindaron hasta el amanecer. Los novios, Susana y Roberto, agradecieron su trabajo con abrazos y palabras cálidas.
Yo misma le agradeceré intervino Asunción. Vosotros id al coche, que yo os guardo el recuerdo.
La noticia de que Valerio se casaba con una mujer nueve años mayor corrió entre família y amigos, causando primero murmullos y al rato, admiración: ¿Y cómo no iba a enamorarse de una así?
Tiempo después, Asunción y Susana, madre e hija, se convirtieron en madres con solo un par de semanas de diferencia. Y así quedó la historia, recordada como una de las bodas más hermosas de un Madrid que ya se ha ido, pero que sigue hablándonos, de vez en cuando, al corazón.







