LA NOVIA

LA NOVIA

Carmen vio cómo su prometido, con el rostro deformado por la rabia, pegaba a Maruja, que había pisado sin querer sus zapatillas blancas con una pata llena de barro. Pepa quiso defender a la pequeña, pero recibió un fuerte golpe en el hocico con la correa de cuero. Por fin, comprendió Carmen por qué sus gatos y perros no soportaban a Javier.

Carmen estaba sentada, pensativa, junto a la ventana. Era ya una tarde de invierno; las luces se encendían en las viviendas de Madrid, pero a ella le era indiferente si era de día o de noche. Tenía mucho en lo que pensar.

Parecía tenerlo todo: su propio piso, un buen empleo como sanitaria en una ambulancia, y una vida digna. Pero, en el amor, la suerte se le había negado una y otra vez. El reloj biológico no dejaba de recordarle el paso del tiempo, y todas sus amigas del colegio ya estaban casadas y con hijos. Carmen seguía sola.

¿Estaría destinada, siendo una chica atractiva y sensata, a quedarse para vestir santos? ¿En qué era ella peor que las demás?, pensaba, mirando a sus fieles y peludos compañeros, que se arremolinaban a su alrededor para consolarla.

Sus padres murieron jóvenes, uno tras otro, y Carmen fue criada por su abuela. Decidió desde pequeña que sería médica pero, tras no obtener plaza en la universidad, estudió para técnico en emergencias en una escuela sanitaria y trabaja en el Samur de la ciudad, a turnos.

Su abuela, que la adoraba, se mudó hace tiempo a una casita en las afueras de Alcalá de Henares, diciéndole que así Carmen podría hacer su vida y ser más feliz, pero el amor seguía sin llegar.

Desde niña había soñado con tener un gato y un perro, pero su madre era muy alérgica al pelo de los animales. Se enteraron cuando Carmen, eufórica, trajo a casa un gato abandonado: aquel mismo día su madre tuvo un fuerte ataque de asma. Hubo que llevar a Bizcocho, como lo llamó, a casa de la abuela.

Tras la muerte de sus padres, rescató otro gato, Tico, de un contenedor de basura. Carmen deseaba con todo su corazón tener también un perro, pero su abuela temía no poder hacerse cargo estando sola.

Ahora, en vez de una pareja, Carmen tenía cinco fieles amigos peludos sin los cuales la vida sería infinitamente más dura. Pepa, una perrita mestiza, fue encontrada temblando de frío, hambrienta, junto a la puerta de un supermercado. Vagaba, tratando de entrar para resguardarse, pero los empleados la echaban. Carmen la metió en su mochila y se la llevó a casa.

Era una perra lista y vivaracha, con una energía arrolladora que le valió el nombre de Pepa Bala, pues cruzaba el piso como una exhalación. Tico, el gato, la aceptó desde el principio.

Pronto apareció también Maruja, una perra salchicha que los antiguos vecinos abandonaron una noche de invierno al mudarse, para no estropear la nueva casa de diseño. Durante días anduvo dando vueltas, gimiendo bajo las ventanas, buscando donde refugiarse. Carmen se enteró por el grupo de paseantes del barrio y la acogió en su casa, curándole una fuerte otitis. Era la mascota ideal: tranquila, sensata y muy ordenada, casi como una abuelita sabia. Para las caminatas en frío, Carmen le ponía un pañuelo de lana, que la perra llevaba con cierta dignidad pero que hacían reír a los que la veían trotar como una anciana exigente.

La gata Nicolasa apareció por su cuenta. Una madrugada en la que Carmen salía de guardia, una bola de nieve, aullando de dolor y hambre, casi le hizo tropezar en la puerta del edificio. Dejó que la gata entrara, le dio un par de bocadillos de jamón y queso y pegó una nota en la escalera: ¡Por favor, no echéis a la gata! Vuelvo tras el turno y me la llevaré. Carmen, del 4ºA.

Nicolasa, grande, seria y con carácter, estableció rápidamente sus propias normas en el piso, velando por el orden y la limpieza, y se impuso como la jefa de la manada. Incluso de noche, hacía rondas vigilando a todos.

El último en llegar fue un pequeño gatito, Manolo, al que Carmen salvó en El Retiro de dos urracas que lo atacaban. Ya de adulto era igual de tranquilo y discreto; nunca se peleaba y siempre estaba de acuerdo con los demás.

Los cinco, antiguos sin techo, vivían en armonía y trataban de no causar problemas a su dueña, que los adoraba aunque sabía que a muchos novios eso les ahuyentaba. Su abuela se lo recordaba suspirando:

Ay, Carmen, ¿de verdad necesitas a tantos? Dos perros y tres gatos ya sé que tu piso es grande, pero no todos los muchachos van a querer eso No todos aman a los animales, y algunos se asustan con tantas complicaciones.

Si no le gustan, abuela, no es un hombre para mí.

Y así fue. Carmen salió seis meses con Luis, el primero al que conoció en su trabajo, pero resultó que odiaba los animales. La ruptura no la afectó mucho.

Después llegó Javier, un chico atractivo, simpático, y campeón autonómico de natación; sabía cómo seducir y, al principio, parecía cuidar de Pepa y Maruja como si fueran suyas. Todo apuntaba a boda. Pero, poco a poco, los animales empezaron a alejarse de él. Pepa gruñía abiertamente, Maruja se escondía detrás de Carmen y la gata Nicolasa no le dejaba ni rozarla.

Un día, al salir al balcón mientras preparaba la cena, Carmen vio a Javier pegar a Maruja por mancharle las zapatillas. Pepa intentó defenderla y recibió un golpe brutal. Sin dudar, Carmen salió corriendo, le arrebató la correa y le azotó la mano.

¡Carmen, pero qué haces! ¡Eso duele!

Por fin entendió por qué sus animales no le querían.

¿Y qué pasa? ¿Sólo a ti te duele? ¿Y ellos, qué? ¿Vas a pegarme también a mí si hago algo que no te gusta?

Era solo para enseñarles, para que no se suban encima.

Lárgate y no vuelvas más.

Perfecto, en este zoo no se puede vivir respondió Javier con una risa despectiva. ¡Tanta mascota inútil!

Carmen sufrió muchísimo tras la ruptura y las crueles palabras de su ex resonaban en su memoria. Había dado por hecho que Javier era el elegido y nunca supo ver lo que escondía su sonrisa y su apariencia de chico bueno.

Pasó un año, y cuando ya casi había aceptado la soledad, se enamoró de verdad, perdidamente. El día sin ese hombre era una eternidad.

Fue casual: Alejandro Jiménez, traumatólogo del Hospital La Paz, estaba de guardia la noche que Carmen llegó como parte de un traslado de urgencia. Al cruzar su mirada, sintió una descarga, algo inexplicable, y supo que aquello era definitivo, aunque nunca creyó en los flechazos.

Él, aprovechando su cargo, consiguió su teléfono y le llamó al día siguiente. Empezaron a salir.

En el comportamiento de Alejandro, Carmen veía que esta vez él sí iba en serio. Estaba a la vez feliz y llena de miedo: ¿y si otra vez todo acababa mal? No podría resistirlo de nuevo. Decidió ocultarle la existencia de sus mascotas. Se casarían y ya confesaría todo.

Pasaron seis meses. Alejandro presentó a Carmen a su hermana Pilar y a su cuñado. Viajaron a Salamanca para conocer a sus padres y él visitó a la abuela de Carmen. Carmen estuvo muchas veces en el pequeño piso de Alejandro, siempre ordenado, pero él nunca iba al suyo, y empezaron las sospechas. Las excusas de tengo visita o todos griposos ya no convencían.

Carmen tomó una decisión drástica: trasladó a todos sus animales, sus camas y areneros a casa de la abuela. Pepa y Maruja conocían la casa; los gatos adoraban a la anciana y con Bizcocho formaban un buen equipo. Sabía que estarían bien, pero a la abuela no le hacía ninguna gracia:

Carmen, esto está mal. Alejandro es un hombre decente y tú empiezas con mentiras.

Abuela, no puedo renunciar a él, pero tampoco puedo vivir sin mis animales. No sé qué hacer.

Está bien, pero tendrás que venir cada día a verles. Hija, esto no acabará bien, ya lo verás.

Carmen iba a diario a visitar a su familia peluda. Al disiparse las sospechas, Alejandro la sorprendió con un anillo de plata y amatista en forma de corazón y le pidió matrimonio.

Solo te aviso: no tengo una gran dote bromeó Carmen.

El gran día se acercaba y estaban hasta arriba organizándolo todo. Tras una guardia tan extenuante, Carmen llamó a su abuela, prometiendo ir esa tarde; tocaba comprar el vestido de novia, pasar por el restaurante a ultimar el menú y acercarse a la joyería.

Cansados, Carmen y Alejandro llegaron al piso sólo al atardecer. Había que hacer el recuento de invitados y elegir los platos principales del banquete. Mientras comían un trozo de roscón con té, Alejandro fue a tirar una caja al cubo de basura, pero lo vio repleto y decidió vaciarlo. Al sacar la bolsa, cayeron varios sobres de pienso para perros y gatos.

¿Y esto? preguntó él.

Nada, cosas mías. Luego te explico.

En ese momento, la abuela de Carmen sacó a Pepa y Maruja a corretear al jardín. Cuando entró la cartera con la pensión, se despistó y dejó la verja medio abierta. Nicolasa, Tico y Manolo aprovecharon para salirse a la calle. El grupo se organizó y marchó por las aceras, liderados por Pepa y cerrando la comitiva la atenta Nicolasa, sin perder de vista a nadie.

Al llegar a la avenida, peatones y conductores no podían creer la escena: los perros y gatos caminaban juntos, Maruja con el pañuelo caído de lado, haciendo sonreír incluso a los más serios.

Alejandro, que estaba en el piso, oyó un arañazo y un concierto de aullidos y maullidos en la puerta. Al abrir, se topó con la pequeña comitiva, mojada y sonriente, que entró en fila como Pedro por su casa.

¡Vaya, pero esto qué es!

Carmen, al verles, se tapó el rostro y se sentó sobre el mueble del recibidor, derrumbada por la vergüenza y el llanto.

¿Son todos tuyos?

Sí, estaban con mi abuela.

Al sentir el dolor de su dueña, Pepa y Maruja comenzaron a ladrar a Alejandro, y Nicolasa bufaba amenazante.

Y tú decías que no tenías dote rió él, aunque algo confundido.

Alejandro cogió su abrigo, bajó, se montó en el coche y se fue. Carmen llamó a su abuela para tranquilizarla, aunque no pudo detener el nudo que le atenazaba el pecho.

Pensó que todo había terminado. Abrazó a sus mascotas, resignada a perderlo, y el peso de su mentira la hacía sentir vacía y culpable. Pasaron horas. Cayó la noche y sonó el timbre. Al abrir, allí estaba Alejandro con bolsas llenas de pienso de la mejor marca para perros y gatos. Depositó el cargamento, salió y le pidió que no cerrara.

Unos minutos después volvió trayendo de la mano una perrita salchicha vestida con un abrigo rojo.

Esta es mi perra, Nica. Y esta, Marisa, la gata, que vive con mi hermana Pilar dijo, sacando de la chaqueta una felina color canela. ¿Admitís nuevos miembros en la pandilla?

Pasaron los años. Carmen y Alejandro recordaban todavía aquella aventura, a veces entre risas, sabiendo que, sin ese dote peludo, quizá no habrían aprendido tanto el uno del otro, ni formado una familia tan verdadera. Comprendieron que el amor es aceptar la vida del otro en todos sus detalles, y que la sinceridad y el respeto son el verdadero fundamento de cualquier felicidad.

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