Vísperas de Año Nuevo. Recuerdo cómo, de la mano de mi madre, entramos en El Corte Inglés aquel invierno en Madrid, hace ya tantos años. Íbamos buscando algún adorno, quizás una guirnalda o un poco de espumillón para el belén, pero no esperaba que, justo al doblar la esquina de la sección infantil, mis ojos se toparan con el vestido más bonito que había visto jamás. Era rojo, de lana, con un ribete azul intenso en las mangas y en la parte baja. Me enamoré perdidamente de él al instante, y la idea de probármelo no se me quitó de la cabeza.
Insistí tanto a mi madre, casi hasta las lágrimas, que por fin accedió. Al ponérmelo, parecía hecho a medida para mí, como si la modista hubiese pensado en mi figura. Imaginé, casi sin poder evitarlo, la cara de Álvaro, el chico que me hacía suspirar en clase. Quería deslumbrarle en la fiesta del colegio y que aquel vestido fuera mi amuleto de buena suerte.
Me negaba a quitármelo, y a mi madre, al verme con los ojos brillosos de emoción, le tembló la voz: En unos días cobro la paga, hija. Lo llevamos, anda. Salí de allí con el corazón latiendo de tanta felicidad, ignorando el frío madrileño.
Decoramos el piso modesto como buenamente pudimos. El árbol de Navidad, pequeño y algo torcido, fue engalanado con esmero. Sin embargo, el frigorífico apenas guardaba más que un trozo de mantequilla y algo de hielo. Esperábamos el salario de mi madre con ansia, como media España en aquellos años duros, cuando el 31 de diciembre era un día laborable y los jefes dejaban ir antes a la gente para que se apañaran con los preparativos de Nochevieja.
Pero aquella vez, mi madre regresó al caer la tarde, descompuesta. No habían pagado. Le brillaban los ojos de furia y de vergüenza por no poder ponerme un banquete festivo. Nunca olvidaré cómo, en realidad, aquello no me importó. El simple hecho de tener el vestido nuevo y la expectativa de la fiesta me mantenían feliz. Encendimos la televisión, que por entonces sólo tenía dos canales, y vimos juntos alguna de esas películas entrañables que sólo ponían por Navidad.
Para la cena, no había mucho: patatas cocidas, un poco de mantequilla, zanahoria rallada con azúcar. Nada más. Nos sentamos, y mi madre no pudo contener el llanto. Yo, por consolarla, acabé también bañando mi cara de lágrimas. No lloraba por la escasez, sino por ese ahogo inmenso que me provocaba verla así, luchando sola por nosotras.
Por fin, abrazadas bajo la manta en el sofá, vimos juntos el especial de Nochevieja. Cuando el reloj de la Puerta del Sol marcó las doce y los vecinos salieron al rellano con copas de cava, brindando y cantando a voz en grito, nosotras nos quedamos en casa, ajenas al bullicio.
De repente, sonó el timbre con insistencia. Era Doña Rosario, la vecina del cuarto: una señora refunfuñona a la que todos evitaban; siempre tenía motivos para quejarse de los niños del bloque o de cómo limpiábamos el portal. Se coló en casa, echó un vistazo fugaz a nuestra humilde mesa con las patatas, y sin decir palabra, se marchó.
Pasados unos veinte minutos, golpes secos retumbaron en la puerta. Mi madre me dijo que me quedara adentro y fue ella misma a abrir. A los pocos segundos, entró Doña Rosario, ahora con una sonrisa socarrona. Traía consigo bolsas llenas de latas, embutidos, ensaladillas, medio pollo asado, dulces y hasta unas cuantas mandarinas y una botella de cava bajo el brazo.
Mi madre volvió a emocionarse, aunque esta vez fue diferente. Doña Rosario, sin darle importancia, le limpió las lágrimas con la manga de su abrigo, la llamó tonta y salió dando un portazo. Aquella noche fue tan especial que no ha habido fiesta desde entonces que la iguale.
Con los años, Doña Rosario siguió mandando en el vecindario, refunfuñando y haciendo cumplir las normas. Y nunca volvió a mencionar aquella noche generosa. Mucho después, cuando todo el bloque la acompañó en su último adiós, descubrimos, entre abrazos compartidos, que todos, en algún momento, habíamos sentido su mano solidaria, aunque fuera camuflada tras gruñidos y reproches.






