Diario, 8 de diciembre de 2025
Cuando me casé con Javier y me mudé a Valencia con él, su hija de cinco años, Inés, vino a vivir con nosotros a tiempo completo. Era una niña dulce, de grandes ojos oscuros llenos de mundo, y desde el primer día sentí la obligación de darle el calor de un hogar estable. Pero, nada más empezar la convivencia, algo empezó a inquietarme más de la cuenta. Por mucho esmero que pusiera en los guisos, por más cariño que pusiera en las palabras, Inés no probaba bocado.
Mi preocupación crecía cada día. Quien haya cuidado de un niño entiende que, cuando dejan de comer más allá del capricho, suele haber detrás algo más profundo que falta de apetito. Preparaba platos sencillos, reconfortantes, aquellos que suelen gustar a todos los críos pero su plato siempre seguía intacto. Bajaba la mirada y murmuraba lo mismo cada noche:
Lo siento, mamá no tengo hambre.
Me llamó mamá desde el primer momento, con esa inocencia tan pura que tienen los niños. Era un gesto tierno, pero sentía en el peso de sus palabras algo que aún no lograba comprender. En el desayuno conseguía beberse un vasito de leche a duras penas. Hablé muchas veces con Javier, esperando respuestas que yo no encontraba.
Solo necesita tiempo suspiraba, derrotado. Antes fue mucho más duro para ella. Dale margen para adaptarse.
Había algo resignado en su voz, una inseguridad que me llenaba de inquietud. Me esforzaba por confiar en que, quizás, paciencia era justo lo que Inés necesitaba para sentirse segura.
Una semana después, Javier se marchó por trabajo a Madrid, solo unos días. Aquella primera noche sola con Inés, recogía la cocina cuando oí sus pasitos en el pasillo. La vi aparecer en pijama arrugado, abrazada a su peluche favorito como si fuera su único refugio.
¿No puedes dormir, cariño? le pregunté, procurando ser suave.
Negó con la cabeza, con los labios temblando, y entonces soltó unas palabras que me helaron la sangre.
Mamá tengo que contarte algo.
Nos sentamos juntas en el sofá, la arropé y esperé en silencio. Dudó, miró hacia la puerta por si venía alguien, y al final susurró una confesión breve y frágil; apenas un puñado de palabras que fueron suficientes para comprender que lo suyo no iba de caprichos ni de adaptación, sino de miedo. Había aprendido le habían enseñado a no comer, para evitar meterse en líos, para que nadie se enfadara con ella.
Su voz era tan pequeña, tan asustada, que supe que no podía esperar. Ni al día siguiente, ni a después. Tenía que actuar en ese preciso momento.
Llamé al teléfono de emergencias sociales y expliqué, temblando, que mi hijastra acababa de compartir algo preocupante y necesitaba saber qué hacer. Al otro lado respondieron con profesionalidad y serenidad; me aseguraron que hacía lo correcto. En cuestión de minutos, enviaban un equipo especializado a casa.
Aquellos minutos previos se me hicieron eternos. Abracé a Inés en el sofá, envolviéndola en una manta mientras intentaba tranquilizarla. Cuando llegó el equipo, actuaron con discreción y mucho tacto. Una psicóloga, Clara, se puso a su altura y le habló con una suavidad y una calma que aliviaron la tensión en la sala.
Poco a poco, Inés fue repitiendo lo que me había contado. Explicó que en su antigua casa había aprendido que, si molestaba a alguien o hacía algo mal, no se le permitía comer; que las niñas buenas no piden nada, y que pedir comida le hacía sentirse culpable. No señaló a nadie directamente, pero el mensaje era claro: había asociado comer con el temor.
Recomendaron llevarla al hospital infantil para una valoración tranquila y hablar con especialistas en trastornos de la alimentación infantiles. Preparé una bolsa con alguna muda y su peluche, y un coche oficial nos llevó a urgencias pediátricas.
El médico la examinó con mucha delicadeza. Lo que observó era desolador, aunque sus palabras fueron amables. No había peligro inmediato para su salud, pero no era normal que una niña comiera tan poco. Lo que más le preocupaba eran los mecanismos emocionales que había desarrollado.
Esa noche, mientras los profesionales hacían preguntas en voz baja y ella descansaba, yo solo deseaba haberme dado cuenta antes. Pero los especialistas me recordaron que lo más importante era que la había escuchado, que la había creído y que había pedido ayuda.
A la mañana siguiente, una psicóloga infantil habló con ella durante casi una hora. Cuando salió, su rostro sereno me confirmó que aquello era más complejo de lo que parecía.
Me explicó que, según Inés, el rechazo a la comida venía de mucho antes de llegar a nuestra casa. Su madre biológica, desbordada por sus propios problemas, sin ser consciente del daño, creó rutinas de miedo y carencia. Añadió algo más: Inés recordaba cómo Javier alguna vez le ofreció comida a escondidas y le pedía que no hiciera preguntas en casa.
No era por maldad, sino por no saber cómo intervenir.
Eso me dolió. No ira, sino tristeza. Esa tristeza profunda de saber que alguien a quien quieres quizás también se sintió impotente.
Los servicios sociales organizaron una reunión formal con Javier. Su reacción pasó de la sorpresa, a la defensa, al desasosiego. Admitió que el ambiente en casa estuvo tenso, pero no comprendió la huella tan duradera que dejó en Inés. Los profesionales no le acusaron, solo continuaron su trabajo para asegurar el bienestar de la niña.
Cuando por fin volvimos a casa, Inés me observó mientras preparaba un consomé suave. Se acercó despacito y me tiró de la manga.
¿Puedo comer esto? me preguntó.
Mi corazón se encogió ante la inocencia de la pregunta.
En esta casa siempre puedes comer le respondí.
La recuperación fue lenta. Tardó semanas en comer con tranquilidad. Meses en dejar de disculparse antes de cada bocado. Profesionales nos guiaron en todo el proceso, con herramientas, con seguridad, con apoyo constante.
Se establecieron medidas de protección temporales para garantizar un entorno seguro y estable a largo plazo. Las decisiones definitivas irían despacio, pero, por primera vez en su corta vida, Inés pudo respirar sin miedo.
Una tarde, mientras pintábamos en el suelo del salón, me miró y me sonrió con una serenidad nueva.
Mamá gracias por escucharme aquel día.
La abracé y le susurré:
Siempre te escucharé.
Lo de Javier también se trató por los cauces legales y familiares necesarios. Fue duro, sí, pero imprescindible. Entendí que aquella noche no solo tomé una decisión, sino que le ofrecí a Inés lo que más necesitaba: ser oída, de verdad.
Hoy, mientras termino este diario, comprendo que escuchar, confiar y pedir ayuda a tiempo puede cambiar vidas incluso salvarlas.







