La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —preguntó el médico mayor, esbozando un…

¿Cómo queréis llamar a la niña? El médico, ya mayor y con una sonrisa de esas de manual, miraba a su jovencísima paciente.

Todavía no lo hemos pensado intervino Natalia, sentada cerca de la cama. Es una decisión importante; Clara debería meditarlo bien.

No quiero ponerle ningún nombre saltó Clara, pillando a todos por sorpresa. Ni siquiera pienso llevármela conmigo. Firmaré para dejarla aquí.

¿Pero qué tontería dices? se alzó indignada Natalia, echando una mirada de esas que matan a la chica, antes de dirigirse al médico. No le hagas caso, no sabe lo que dice. Por supuesto que nos llevaremos a la niña.

Me paso más tarde; descansad. El médico, acostumbrado a estos realities familiares, torció el gesto y salió pitando.

Ni cerrar la puerta dio tiempo cuando Natalia se lanzó a la yugular:

¿Cómo se te ocurre soltar algo así? ¿Qué va a decir la gente de nosotras? Bastantes habladurías hay ya desde que nos mudamos a Valladolid tratando de que todo fuera discreto Esa niña tiene que quedarse en esta familia.

¿Y de quién es la culpa? Clara la miró fijamente. Si me hubieras escuchado en su momento, todo esto no habría pasado. Habría terminado bachillerato tranquila y hasta entrado en la uni. Así que, si tanto quieres a la niña, quédatela tú.

Se dio la vuelta y miró hacia la pared, dejando claro que el discurso estaba más que finiquitado. Natalia se quedó un par de minutos extra, intentando que su hija recapacitase, pero justo entró una enfermera y la invitó a salir. Que la paciente necesita tranquilidad, hombre, por favor.

Sola al fin, Clara lloriqueaba hundida en la almohada, rogando al universo (y a algún santito despistado) que aquello acabase pronto.

Un toquecito inseguro en la puerta la hizo secarse las lágrimas tan rápido como pudo. Inspiró hondo y llamó:

Adelante.

Esperaba ver a una enfermera o, como mucho, a su padre. Pero no, era una mujer completamente desconocida.

¿Te puedo ayudar en algo? difícil mantener la pose de total serenidad

Te he oído De pura casualidad, vamos, que andaban los médicos hablando justo al lado de mi habitación. La mujer dudaba, como si le costara decir lo que realmente quería.

Sí, quiero dar a la niña en adopción. Es cierto. ¿Eso venías a preguntar?

He visto cómo tu madre

¡No es mi madre! soltó Clara de forma tan seca que se le borró al instante la falsa calma. Es solo mi madrastra, que se da más importancia de la que tiene. Mi madre está trabajando en el extranjero.

Perdona, no era mi intención se encogió la mujer. Solo que tengo tres hijos y no alcanzo a entender tus razones. Y verás, yo crecí en un orfanato y me da pavor pensar en el futuro de la niña. Pobre, ella no ha hecho nada malo

Las bebés tan pequeñas luego las adoptan enseguida, eso me han dicho. Clara se encogió de hombros. Yo no soy capaz ni de acercarme a ella, mucho menos cogerla en brazos. Si Natalia no se hubiese metido por medio aquella noche, yo ni estaría aquí.

Pero ya eres mayor, ¿no? Hablas como si tuvieras más de quince años

¡Menuda vergüenza! imitó la voz de la madrastra. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara?

No lo entiendo

Os lo cuento, sonrió con ironía Clara. A ver si por fin dejáis de juzgarme.

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El último año en el instituto no pudo salir peor para Clara. Primero, Pablo, el chico que tanto quería, tuvo que irse al ejército. Y encima, llegó un nuevo a clase. Un niño pijo de Madrid, exiliado en Valladolid por su padre como castigo, que se dedicaba a coleccionar novias como cromos. Nada de amor: solo tachar casillas en su lista de conquistas, por lo que, precisamente, le habían largado para salvar la reputación familiar.

Javier regalaba pendientes de plata, llevaba a las chicas a tomar cañas y de tapas, o a cenar a Casa Lucio como si fuera lo más normal. Todas iban cayendo en sus redes convencidas de que acabarían de princesas, pero lo que era realeza poca.

Solo Clara resistía: quería a Pablo y no necesitaba impresiones castizas. Tras un par de intentos, el madrileño, al parecer, desistió y le dejó en paz. Clara suspiró, ingenua.

Error de primero de instituto.

Finales de diciembre, cumpleaños de una amiga. Celebración sencilla en el bajo del bloque. El Javier este también aparece, más a hacer bulto que felicitar a alguien en realidad.

A mitad de fiesta, Clara recibe una llamada. Sale al rellano para hablar más tranquila y, al volver, encuentra a Javier ocupando su sitio. Al principio ni le da importancia, hasta que de repente empieza a sentirse mal

El despertar fue de película de miedo. Le costaba abrir los ojos. Javier a su lado, sonriendo como si nada.

Ya ves, tanta resistencia para esto dice tan pancho. Considera que te he dado una compensación. Vaya pareja tu Pablo, menudo pardillo.

Volver a casa fue una odisea. Mareada, tambaleándose. La gente la miraba como si fuera un despojo.

No tenía ganas ni de sacar las llaves. Llamó al timbre sabiendo que Natalia estaría en casa.

¿Dónde has estado? Natalia, en modo sargento, la recibió en bata. Sin aparecer, ni respondes al móvil y encima llegas hecha un desastre. Si tu padre te ve así

Llama a un médico. Y a la policía también la cortó Clara. Quiero denunciarle. Que lo metan en la cárcel.

Natalia se quedó tiesa. Ató cabos y llegó rápido a conclusiones.

¿Quién ha sido?

Javier, ¿quién, si no? a Clara ni le salían las palabras. Solo a él se le ocurre. Llama o llamo yo.

No tan rápido. Natalia, como siempre, buscando el negocio hasta en las tragedias. A ese chaval seguro que lo sacan de todo. Mejor le pido una compensación a su padre y arreglado.

¿Estás loca? Clara no daba crédito. ¿Te parece que esto se arregla con dinero? ¡Si hace falta, voy yo sola a comisaría!

¡Ni de broma! Natalia le agarró del brazo y la llevó de vuelta al cuarto. Clara no tenía ni fuerzas para resistirse. La única culpable serás tú y luego todo Valladolid nos señalará. Ya me encargo yo de esto.

Clara ni móvil tenía, lo habría perdido esa misma noche o lo dejó tirado en casa de la amiga, quién sabe. Ni salir pudo: la madrastra cerró la puerta con llave. El cuarto mareaba de tanto dar vueltas y, francamente, la cama era irresistible

Días después, la enviaron donde la abuela, que vivía en un pueblo de León y tenía más años que una catedral. Clara se hizo la fuerte, no quería que la buena mujer sufriera.

Un mes más tarde, la noticia temida: estaba embarazada.

Natalia, feliz. ¡Ese bebé les solucionaría la vida! El abuelo de Javier, un fiscal con más trayectoria que el Prado, pagaría lo que hiciera falta para tapar el porrazo de su nieto. Aunque, eso sí, mejor no abrir la boca hasta que pasaran cinco meses.

¿Qué pensaba Clara? A nadie le importaba lo más mínimo. El intento de abortar acabó en otro escándalo y Natalia la mantuvo vigilada como la Guardia Civil.

El futuro abuelo, desencantado pero generoso, pagó lo que tocaba y prometió seguir pagando.

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¿Entiendes ya? le contó Clara a la mujer del hospital. Todo lo que me ha traído este embarazo: Pablo me dejó porque no creyó en mi versión, las amigas me dieron la espalda, tuve que mudarme. ¡Ni el bachillerato terminé!

Perdóname, te juzgué sin saber la mujer bajó la mirada. Pero la niña sigue sin tener culpa alguna.

¡Clara, tenemos que hablar! entró en ese momento Natalia, tirando de su marido. Por favor, salid, esto es de familia.

La mujer extraña le dedicó una mirada compasiva antes de marcharse y cerrar la puerta tras de sí.

No vas a destrozarme los planes perfectos, Clara. Si dejas a la niña aquí, ni pienses volver a casa. ¿A dónde irías? Tu abuela ya murió y el piso lo tiene tu tío; acabarás en la calle.

Eso lo veremos. Apareció una mujer impecablemente vestida. A Clara se le encendieron los ojos de alegría.

¡Mamá! ¡Has venido!

Por supuesto que sí, Clara. ¿Cómo iba a dejarte sola así? Alba abrazó a su hija con fuerza. Si me lo hubieras contado antes, hace meses que estarías conmigo en Salamanca. Pensaba que aquí te sería más fácil terminar el bachillerato.

Pensé que no te importaba sollozó Clara. Al final, es solo una cría en una situación enorme.

Alguien decía que no querías hablar conmigo. Los regalos siempre volvían sin abrir y nunca contestabas al teléfono. Llegué a pensar que no me lo perdonabas. Pero bueno sonrió Alba, secando las lágrimas de su hija, nos iremos y vas a dejar todo esto atrás.

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Clara se fue con su madre. Natalia, convencida de que el bebé la sacaría de pobre, se lo quedó. Pero cuando el abuelo se enteró, apareció en el hospital y recogió a la niña. Javier no tuvo más remedio que reconocer a su hija, aunque le costara más que confesar que era del Atleti.

Clara es feliz. Ahora está con la persona que de verdad la quiere y nunca la traicionaráAños después, Clara regresó a Valladolid, esta vez por decisión propia. Paseó por las mismas calles con paso seguro, distanciada de la niña asustada de antaño. Había terminado bachillerato en Salamanca, estudiado enfermería y aprendido que lo importante era decidir por sí misma.

Un día, al salir de una cafetería, vio a una niña correteando por la plaza, con el mismo lunar junto al labio que ella tenía de pequeña. De lejos, reconoció el andar torpe de Javier empujando un carrito, mientras el abuelo rondaba con gesto cansado pero atento. Clara sintió una punzada de nostalgia, pero no dolor: supo al instante que había hecho lo correcto.

Sacó el móvil y marcó a su madre.

¿Te acuerdas cuando pensaba que nunca sería suficiente?

Ahora sabes que sí lo eres respondió Alba, con voz cálida. Todo lo que has pasado te ha hecho más fuerte.

Clara colgó y se sentó en un banco, dejando que el sol le acariciara la cara. Una ráfaga de viento levantó los papeles de un músico callejero; Clara sonrió mientras la niña de la plaza se acercaba brincando, sin saber quién era aquella joven sentada bajo el cielo de junio.

Por primera vez, Clara notó que el futuro, ese que tanto miedo le dio, podía por fin empezar a ser solo suyo. Moría un ciclo, sí, pero en aquel banco, sencilla y luminosa, nacía la promesa de una vida elegida. Y con eso, por fin, bastaba.

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La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —preguntó el médico mayor, esbozando un…