La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —preguntó el médico mayor, con esa sonrisa profesional, mientras miraba a su joven paciente. —Aún no hemos pensado el nombre —intervino Natalia, sentada en la silla junto a la cama—. Es una decisión importante, Dasha debe meditarlo bien. —No quiero llamarla de ningún modo —dijo inesperadamente la joven madre—. De hecho, no pienso llevármela. Voy a renunciar a ella. —¿Pero qué dices? —Natalia se levantó de un salto, lanzó una mirada furiosa a la chica y se dirigió al médico—. No sabe lo que dice. Por supuesto que la pequeña se viene con nosotros. —Luego pasaré, descansen —el médico no parecía interesado en presenciar la disputa familiar. Apenas se cerró la puerta tras el hombre, la madre se abalanzó sobre la chica a reproches. —¿Cómo te atreves a decir semejante cosa? ¿Qué van a pensar de nosotros? Bastante tuvimos que mudarnos a esta ciudad para que todo se mantuviese en secreto. ¡Esa niña debe quedarse en nuestra familia! —¿Y de quién es la culpa? —Dasha sostuvo la mirada de la mujer—. Si me hubieras escuchado entonces, nada de esto habría pasado. Habría terminado el bachillerato y a saber dónde estaría ahora. Así que, si tanto te importa esa niña, quédatela tú. La chica se giró hacia la pared, zanjando la conversación. Natalia intentó razonar un par de minutos más, pero la enfermera asomó y le pidió que saliera; la paciente necesitaba reposo. Dasha se quedó sola en la habitación. Lloraba en silencio, rogando a todos los santos porque todo terminase cuanto antes. Un tímido golpe en la puerta la hizo enjugarse las lágrimas. Inspiró hondo y dijo: —Adelante. Esperaba ver a alguien del personal médico, o quizá a su padre. Pero la mujer que entró no le era conocida en absoluto. —¿Puedo ayudarla? —Quien supiera lo difícil que era para ella mantener esa fachada de absoluta calma… —He oído… por casualidad… Había médicos hablando junto a mi cuarto —la mujer se removía, sin atreverse a preguntar directamente. —Sí, quiero renunciar a la niña. Es cierto. ¿Eso es lo que quería saber? —He visto cómo tu madre… —¡No es mi madre! —saltó Dasha, perdiendo de golpe la compostura—. Es solo mi madrastra, que se cree más de lo que es. A mi madre la tengo trabajando en el extranjero. —Perdona, no quería molestarte… —la mujer se quedó cortada—. Es que tengo tres hijos y no entiendo por qué quieres hacer esto. Además, yo crecí en un orfanato y me da pánico por tu pequeña. Ella no tiene culpa de nada… —A esas las adoptan rápido, eso dicen al menos. —Dasha se encogió de hombros—. Yo no puedo ni mirarla, mucho menos sostenerla en brazos. Si Natasha no hubiera intervenido entonces, ni siquiera estaría aquí ahora. —Pero ya eres mayor y puedes decidir, ¿no tienes más de quince? —Eso es una vergüenza —imitó a la madrastra—. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara? —No lo entiendo… —Se lo cuento —esbozó una amarga sonrisa—. Igual entonces deja de juzgarme. ******************************************************** El último año de instituto fue nefasto para Dasha. Su amado Pablo se fue a la mili y además, al curso llegó un chico nuevo. Un niño de papá madrileño, castigado por su padre enviándolo a ese pueblo perdido, empezó a acosar a todas las chicas. No buscaba pareja, solo tachar nombres de su lista. Fue precisamente ese motivo, sus andanzas, lo que causó el destierro. Macario, así se llamaba, regalaba cosas caras, llevaba a las chicas a discotecas y restaurantes. Todas iban cayendo, soñando quizás con ser la “princesa” elegida. Dasha fue la excepción. Tenía novio y no quería a nadie más. Creyó un día que Macario se había cansado de intentarlo y se distrajo con otras. Qué equivocada estaba. En diciembre, una amiga celebraba su cumpleaños. Fue toda la clase y Macario también acudió, aunque poco le importaba la homenajeada. En mitad de la fiesta, a Dasha la llamaron por teléfono y salió al pasillo. Al volver, Macario ocupaba el asiento a su lado. No le dio mayor importancia, hasta que empezó a sentirse fatal… Al despertar, Macario y su sonrisa seguían allí. —Ves, y tanto que te hacías la difícil —dijo, como si nada—. Esto es para compensarte. Me ha sorprendido tu Pablo, vaya pringado. Llegar a casa fue casi heroico. Caminaba tambaleándose con la cabeza a punto de reventar. Los vecinos la miraban de reojo, con desprecio. Ni siquiera intentó abrir la puerta, solo llamó al timbre. Sabía que la madrastra estaría. —¿Dónde te has metido? —estalló Natalia al verla—. Ni apareces a dormir, ni contestas al móvil. Y en ese estado, ni hablo. Si tu padre te ve así… —Llama a un médico y a la policía —le cortó Dasha—. Quiero denunciarlo. Que lo metan en la cárcel. Natalia se tensó, atando cabos. —¿Quién ha sido? —Macario. ¿Quién si no? Nadie más se atrevería. Vamos, llama, que si no, voy yo misma. —Espera —Natalia empezó a pensar cómo sacar provecho—. Lo protegerán igual. Hagamos otra cosa. Hablaré con su padre, que suelte dinero. —¿Estás loca? —La chica no daba crédito—. ¿Qué dinero ni qué niño muerto? ¡Voy yo a comisaría ya! —¡De eso nada! —Natalia la agarró por el brazo y la arrastró al cuarto. Dasha, débil, no podía luchar—. Encima tú quedarás como culpable. En el pueblo hablarán durante años. Yo me encargo. Dasha no tenía teléfono, lo había perdido o lo habría dejado donde una amiga. Y tampoco podía salir; la madrastra cerró la puerta con llave. Todo daba vueltas. La cama resultaba irresistible… A los pocos días, Dasha fue al pueblo de su abuela, a cien kilómetros de distancia. Era mayor y frágil, así que fingía estar bien para no preocuparla. Un mes después, llegó la mala noticia. Aquella noche no quedó sin consecuencia. Iba a tener un hijo. Natalia, exultante. Ese bebé les aseguraría la vida fácil. El abuelo del niño pagaría con generosidad para encubrir a su hijo una vez más. A guardar el secreto, al menos hasta el quinto mes. Nadie preguntó nunca a Dasha. Cuando insinuó que no quería ese niño, la madrastra montó una escena y vigiló a la chica cada minuto. El abuelo, aunque disgustado, pagó. Y prometió aún más dinero. ******************************************************** —¿Ahora lo entiende? Por ese bebé lo he pasado fatal. Pablo me dejó, no creyó mis palabras. Mis amigas me evitaron, tuvimos que mudarnos y ni acabé la escuela. —Perdóname. Te juzgué sin saber —admitió la mujer—. Pero la pequeña sigue sin tener culpa… —¡Dasha! Tenemos que hablar —entró Natalia arrastrando a su marido—. Le pido a la señora que salga. Es cosa de familia. La mujer lanzó a Dasha una última mirada comprensiva y se marchó. —No vas a sabotear mi plan. Si dejas a la niña aquí, no vuelvas a casa. ¿A dónde irás? Tu abuela ya no está, su piso es de tu tío. ¿Mendigarás? —No, se vendrá conmigo —Dasha reconoció radiante la voz de la mujer que entró elegante al cuarto. —¡Mamá! Has venido. —Por supuesto, hija. ¿Cómo iba dejarte sola? —Alba abrazó a su hija—. Si me lo hubieras contado antes, te habría llevado conmigo a Madrid. Pensé que aquí te sería más fácil acabar estudios. —Creí que no te importaba —sollozó Dasha. Pese a todo, seguía siendo solo una niña. —Alguien me hizo creer que no querías saber de mí. Mis regalos volvían sin abrir y no podía llamarte. Pensé que no me perdonabas… Pero, no pasa nada —le secó las lágrimas—. Nos iremos y olvidarás todo esto… ******************************************************** Dasha se marchó. La niña quedó con Natalia, esperanzada en el dinero fácil. Pero… Cuando el “abuelo” se enteró, llegó y se llevó a la pequeña consigo. Macario, a su pesar, tuvo que reconocer a la niña como hija. Y Dasha finalmente fue feliz. Ahora estaba junto a la persona más importante de su vida, alguien en quien podía confiar y que jamás la traicionaría…

Diario de Tomás. Madrid, 16 de marzo

¿Cómo queréis llamar a vuestra niña? El médico, ya mayor y con esa sonrisa de oficio, miró a mi hija como si nada en el mundo pesara.

Todavía no lo hemos decidido respondió Beatriz, sentada junto a la cama, tratando de desviar la atención a otra cosa. Es una decisión importante, a Aurora le vendría bien pensarlo bien.

No quiero llamarla de ninguna manera soltó Aurora, mi hija, de repente. Ni siquiera pienso quedármela. Voy a firmar la renuncia.

¿Qué dices, niña? saltó Beatriz, fulminándola con la mirada, y dirigiéndose al doctor. No sabe lo que dice, por supuesto nos llevamos a la bebé.

Luego vuelvo, descansad dijo el médico ya sin ningún interés en presenciar aquella pelea doméstica.

Apenas cerró la puerta, Beatriz se echó encima de Aurora.

¿Cómo se te ocurre decir eso? ¿Sabes lo que pensarán los vecinos? Bastante fue tener que mudarnos a Alcalá de Henares para que nadie se enterase Esa niña tiene que quedarse en la familia.

¿Y de quién es la culpa? le respondió Aurora sin apartar la mirada. Si me hubieras escuchado entonces, no estaría aquí. Habría acabado mis estudios y tirado para adelante. Así que si la niña te interesa, te la quedas tú.

Mi hija se giró hacia la pared, dejando claro que la conversación estaba acabada. Beatriz intentó convencerla unos minutos más, pero entonces una enfermera apareció para pedirle que dejara descansar a la paciente.

La habitación quedó en silencio. Aurora lloriqueó en la almohada, rezando porque aquel infierno acabara cuanto antes.

Un golpe tímido en la puerta la obligó a secarse las lágrimas. Respiró hondo, tratando de recomponerse.

Adelante.

Esperaba alguna enfermera, quizá a mí mismo. Pero la mujer que entró era una desconocida.

¿Deseas algo? dijo Aurora, luchando por mantener serenidad.

He oído Bueno, los médicos comentaron fuera de mi habitación, sin querer farfulló la mujer.

Sí, pienso renunciar a la niña. Si a eso ha venido

Vi cómo te habló tu madre

¡No es mi madre! le interrumpió Aurora, dejando claro su enfado. Es mi madrastra. Mi madre trabaja fuera, estaba en Alemania hasta hace bien poco.

Perdona, no quería ofender continuó la mujer, visiblemente incómoda. Tengo tres hijos, fui criada en un orfanato y me da pavor pensar en esa bebé. No tiene culpa de nada.

Eso dicen: bebés tan pequeños los adoptan enseguida encogió los hombros Aurora. No he conseguido ni cogerla en brazos. Si Beatriz no se hubiese entrometido hace meses, ni estaría aquí.

Pero tienes más de quince años insistió la mujer.

¡Qué vergüenza! Aurora imitó la voz de su madrastra. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara?

No lo comprendo

Le cuento todo, igual así deja de juzgarme dijo Aurora con un amago de sonrisa amarga.

****************************************************

Mi último año de bachillerato fue el peor en mucho tiempo para Aurora. Primero, Pablo, el primer amor de su vida, se tuvo que ir a la mili. Luego, la dirección del instituto asignó a un nuevo alumno de Madrid, Julián, un niño de papá caído en desgracia y desterrado a la provincia. Su única diversión consistía en ligar con todas las chicas posibles. Su padre esperaba que en la recatada vida manchega aprendería la lección, pero nada de eso.

Julián llegaba a clase en Vespa, regalaba pulseras caras, invitaba a cenar en el centro, prometía el oro y el moro. Una tras otra caían en la trampa, con la ilusión de convertirse en sus novias oficiales.

Pero Aurora no. Aurora solo pensaba en Pablo. En apariencia, Julián pareció desistir y focalizarse en otra. Eso, al menos, creyó ella. Menuda ingenuidad.

En diciembre, cumpleaños de una amiga. El grupo sale a celebrarlo a un local de tapas. Julián también va, pero sus intereses son claros.

Aurora salió a la puerta para coger una llamada. Al volver, Julián estaba en su asiento. No le dio importancia hasta mucho después.

Despertó en la casa de Julián, confusa, con un fuerte dolor de cabeza. Él, sonriente:

Te hacías la dura dijo con el peor de los cinismos. Considera esto mi compensación. Tu Pablo, menudo pringado.

Aurora apenas logra llegar a casa. A duras penas toca el timbre.

¿Dónde te has metido? Beatriz se enfadó nada más verla. Llegas sin avisar, el móvil como si nada Y encima el espectáculo que das.

Llama a un médico y a la policía la cortó Aurora. Quiero denunciarle.

Beatriz pasó de la indignación a la alerta contenida.

¿Quién?

Julián Quién si no.

Tranquilízate, que lo van a tapar. Haré una llamada a su padre. Que pague una buena indemnización.

¿Qué dices? ¡Voy a la comisaría ya mismo!

No vas a ninguna parte le apretó el brazo y la arrastró al salón. Tú saldrás como la culpable, se reirá todo el barrio. Lo soluciono yo.

Aurora no tenía teléfono, lo había perdido o dejado en casa de la amiga, ni fuerza para plantarse. La madrastra cerró la puerta y Aurora cayó rendida.

Unos días después, viajó con la abuela materna a Guadalajara. No quería preocuparla, así que fingía normalidad.

Un mes más tarde, el mazazo. Estaba embarazada.

Beatriz bailó de alegría. Ese bebé sería el billete a una vida sin apuros: el abuelo materno pagaría lo que hiciera falta para lavar el honor de Julián. Pero nadie pensó en Aurora. Cuando intentó deshacerse del embarazo, Beatriz montó en cólera y la vigiló sin dejarla sola ni un minuto.

El abuelo pagó, aunque a regañadientes. Prometió seguir manteniendo a la nieta si todo se hacía en discreción.

****************************************************

¿Ves ahora todo lo que tuve que pasar? Pablo me dejó, no me creyó. Las amigas desaparecieron, tuvimos que mudarnos. Ni siquiera acabé bachillerato.

Perdona, de verdad, no debí juzgarte musitó la mujer, apesadumbrada. Pero la bebé

En ese momento Beatriz irrumpió en la habitación junto a su marido:

¡Aurora, esto se terminó! Esta es decisión de familia. Los extraños, fuera.

La visitante se marchó sin decir palabra.

Arruinas todos mis planes. Si dejas a la niña, no cuentes conmigo. ¿A dónde vas a ir? Tu abuela murió, y su piso se lo quedó tu tío. Te quedarás en la calle.

No, se viene conmigo entró entonces, sin anunciarse, una mujer elegante. Aurora dio un respingo, los ojos chispeando.

¡Mamá!

Por supuesto que sí. No podía dejarte sola Almudena, su madre, la abrazó con fuerza. Si me hubieras contado antes, te habría llevado a Sevilla conmigo. Siempre creí que aquí podrías acabar el instituto tranquila.

Pensé que no te interesaba sollozó Aurora, temblando. Aún soy una cría en realidad.

Alguien dijo que no querías verme, me devolvieron hasta mis regalos, no me devolvías las llamadas Pensé que no me perdonabas. No pasa nada dijo Almudena, limpiándole las lágrimas. Nos iremos lejos y empezarás de cero.

*****************************************************

Aurora se marchó con Almudena. La niña fue a parar finalmente a manos del abuelo, que la reconoció oficialmente; Julián tuvo que hacerse cargo, aunque no quería.

Aurora, por fin, sintió la calma. Comprendió que, cuando todo falla, solo queda aferrarse al amor incondicional de quien sí está dispuesto a escucharte.
Hoy, al escribir esto, pienso que la familia verdadera se mide por la lealtad, no por la sangre.

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MagistrUm
La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —preguntó el médico mayor, con esa sonrisa profesional, mientras miraba a su joven paciente. —Aún no hemos pensado el nombre —intervino Natalia, sentada en la silla junto a la cama—. Es una decisión importante, Dasha debe meditarlo bien. —No quiero llamarla de ningún modo —dijo inesperadamente la joven madre—. De hecho, no pienso llevármela. Voy a renunciar a ella. —¿Pero qué dices? —Natalia se levantó de un salto, lanzó una mirada furiosa a la chica y se dirigió al médico—. No sabe lo que dice. Por supuesto que la pequeña se viene con nosotros. —Luego pasaré, descansen —el médico no parecía interesado en presenciar la disputa familiar. Apenas se cerró la puerta tras el hombre, la madre se abalanzó sobre la chica a reproches. —¿Cómo te atreves a decir semejante cosa? ¿Qué van a pensar de nosotros? Bastante tuvimos que mudarnos a esta ciudad para que todo se mantuviese en secreto. ¡Esa niña debe quedarse en nuestra familia! —¿Y de quién es la culpa? —Dasha sostuvo la mirada de la mujer—. Si me hubieras escuchado entonces, nada de esto habría pasado. Habría terminado el bachillerato y a saber dónde estaría ahora. Así que, si tanto te importa esa niña, quédatela tú. La chica se giró hacia la pared, zanjando la conversación. Natalia intentó razonar un par de minutos más, pero la enfermera asomó y le pidió que saliera; la paciente necesitaba reposo. Dasha se quedó sola en la habitación. Lloraba en silencio, rogando a todos los santos porque todo terminase cuanto antes. Un tímido golpe en la puerta la hizo enjugarse las lágrimas. Inspiró hondo y dijo: —Adelante. Esperaba ver a alguien del personal médico, o quizá a su padre. Pero la mujer que entró no le era conocida en absoluto. —¿Puedo ayudarla? —Quien supiera lo difícil que era para ella mantener esa fachada de absoluta calma… —He oído… por casualidad… Había médicos hablando junto a mi cuarto —la mujer se removía, sin atreverse a preguntar directamente. —Sí, quiero renunciar a la niña. Es cierto. ¿Eso es lo que quería saber? —He visto cómo tu madre… —¡No es mi madre! —saltó Dasha, perdiendo de golpe la compostura—. Es solo mi madrastra, que se cree más de lo que es. A mi madre la tengo trabajando en el extranjero. —Perdona, no quería molestarte… —la mujer se quedó cortada—. Es que tengo tres hijos y no entiendo por qué quieres hacer esto. Además, yo crecí en un orfanato y me da pánico por tu pequeña. Ella no tiene culpa de nada… —A esas las adoptan rápido, eso dicen al menos. —Dasha se encogió de hombros—. Yo no puedo ni mirarla, mucho menos sostenerla en brazos. Si Natasha no hubiera intervenido entonces, ni siquiera estaría aquí ahora. —Pero ya eres mayor y puedes decidir, ¿no tienes más de quince? —Eso es una vergüenza —imitó a la madrastra—. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara? —No lo entiendo… —Se lo cuento —esbozó una amarga sonrisa—. Igual entonces deja de juzgarme. ******************************************************** El último año de instituto fue nefasto para Dasha. Su amado Pablo se fue a la mili y además, al curso llegó un chico nuevo. Un niño de papá madrileño, castigado por su padre enviándolo a ese pueblo perdido, empezó a acosar a todas las chicas. No buscaba pareja, solo tachar nombres de su lista. Fue precisamente ese motivo, sus andanzas, lo que causó el destierro. Macario, así se llamaba, regalaba cosas caras, llevaba a las chicas a discotecas y restaurantes. Todas iban cayendo, soñando quizás con ser la “princesa” elegida. Dasha fue la excepción. Tenía novio y no quería a nadie más. Creyó un día que Macario se había cansado de intentarlo y se distrajo con otras. Qué equivocada estaba. En diciembre, una amiga celebraba su cumpleaños. Fue toda la clase y Macario también acudió, aunque poco le importaba la homenajeada. En mitad de la fiesta, a Dasha la llamaron por teléfono y salió al pasillo. Al volver, Macario ocupaba el asiento a su lado. No le dio mayor importancia, hasta que empezó a sentirse fatal… Al despertar, Macario y su sonrisa seguían allí. —Ves, y tanto que te hacías la difícil —dijo, como si nada—. Esto es para compensarte. Me ha sorprendido tu Pablo, vaya pringado. Llegar a casa fue casi heroico. Caminaba tambaleándose con la cabeza a punto de reventar. Los vecinos la miraban de reojo, con desprecio. Ni siquiera intentó abrir la puerta, solo llamó al timbre. Sabía que la madrastra estaría. —¿Dónde te has metido? —estalló Natalia al verla—. Ni apareces a dormir, ni contestas al móvil. Y en ese estado, ni hablo. Si tu padre te ve así… —Llama a un médico y a la policía —le cortó Dasha—. Quiero denunciarlo. Que lo metan en la cárcel. Natalia se tensó, atando cabos. —¿Quién ha sido? —Macario. ¿Quién si no? Nadie más se atrevería. Vamos, llama, que si no, voy yo misma. —Espera —Natalia empezó a pensar cómo sacar provecho—. Lo protegerán igual. Hagamos otra cosa. Hablaré con su padre, que suelte dinero. —¿Estás loca? —La chica no daba crédito—. ¿Qué dinero ni qué niño muerto? ¡Voy yo a comisaría ya! —¡De eso nada! —Natalia la agarró por el brazo y la arrastró al cuarto. Dasha, débil, no podía luchar—. Encima tú quedarás como culpable. En el pueblo hablarán durante años. Yo me encargo. Dasha no tenía teléfono, lo había perdido o lo habría dejado donde una amiga. Y tampoco podía salir; la madrastra cerró la puerta con llave. Todo daba vueltas. La cama resultaba irresistible… A los pocos días, Dasha fue al pueblo de su abuela, a cien kilómetros de distancia. Era mayor y frágil, así que fingía estar bien para no preocuparla. Un mes después, llegó la mala noticia. Aquella noche no quedó sin consecuencia. Iba a tener un hijo. Natalia, exultante. Ese bebé les aseguraría la vida fácil. El abuelo del niño pagaría con generosidad para encubrir a su hijo una vez más. A guardar el secreto, al menos hasta el quinto mes. Nadie preguntó nunca a Dasha. Cuando insinuó que no quería ese niño, la madrastra montó una escena y vigiló a la chica cada minuto. El abuelo, aunque disgustado, pagó. Y prometió aún más dinero. ******************************************************** —¿Ahora lo entiende? Por ese bebé lo he pasado fatal. Pablo me dejó, no creyó mis palabras. Mis amigas me evitaron, tuvimos que mudarnos y ni acabé la escuela. —Perdóname. Te juzgué sin saber —admitió la mujer—. Pero la pequeña sigue sin tener culpa… —¡Dasha! Tenemos que hablar —entró Natalia arrastrando a su marido—. Le pido a la señora que salga. Es cosa de familia. La mujer lanzó a Dasha una última mirada comprensiva y se marchó. —No vas a sabotear mi plan. Si dejas a la niña aquí, no vuelvas a casa. ¿A dónde irás? Tu abuela ya no está, su piso es de tu tío. ¿Mendigarás? —No, se vendrá conmigo —Dasha reconoció radiante la voz de la mujer que entró elegante al cuarto. —¡Mamá! Has venido. —Por supuesto, hija. ¿Cómo iba dejarte sola? —Alba abrazó a su hija—. Si me lo hubieras contado antes, te habría llevado conmigo a Madrid. Pensé que aquí te sería más fácil acabar estudios. —Creí que no te importaba —sollozó Dasha. Pese a todo, seguía siendo solo una niña. —Alguien me hizo creer que no querías saber de mí. Mis regalos volvían sin abrir y no podía llamarte. Pensé que no me perdonabas… Pero, no pasa nada —le secó las lágrimas—. Nos iremos y olvidarás todo esto… ******************************************************** Dasha se marchó. La niña quedó con Natalia, esperanzada en el dinero fácil. Pero… Cuando el “abuelo” se enteró, llegó y se llevó a la pequeña consigo. Macario, a su pesar, tuvo que reconocer a la niña como hija. Y Dasha finalmente fue feliz. Ahora estaba junto a la persona más importante de su vida, alguien en quien podía confiar y que jamás la traicionaría…