Fíjate bien, mira, ¡es ella, te lo digo yo! susurró una mujer de porte distinguido a un hombre de aspecto algo tosco. Observémosla un par de minutos.
Una niña de unos cinco años jugaba tranquila en el arenero, construyendo un auténtico castillo para una princesa. Su obra aún era más un gran montón de arena, pero Lucía rechazaba obstinadamente la ayuda de los adultos. ¡Ella podía sola! No podía olvidarse tampoco de cavar un foso alrededor del castillo y hacer una cueva para el dragón; ¡alguien debía proteger el reino!
Era pleno verano y el calor apretaba. Lucía, bien resguardada por un toldo sobre el arenero, estaba a gusto, a diferencia de sus padres. Su madre decidió buscar la sombra, enviando mientras a su marido a por unas bebidas frescas y helados. Nadie se percató cuando Ana, distraída por una llamada al móvil, perdió de vista a su hija durante un instante. A los observadores cercanos, era justo lo que necesitaban.
Hola, pequeña se agachó descaradamente junto a la niña la mujer, provocando que Lucía se apartara asustada. Al perder el equilibrio, Lucía se desplomó sobre su castillo, desmoronándolo casi por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas: ¡todo su esfuerzo arruinado!. No llores, sólo es un montón de arena. Si quieres, te construyo un castillo de verdad.
¡MAMÁ! gritó Lucía, recordando los consejos de seguridad del colegio y de sus padres.
Se levantó rápidamente y salió corriendo del arenero, esquivando milagrosamente los brazos de un hombre desconocido que intentaba retenerla.
Ana, al oír aquel grito desgarrador, echó a correr hacia su hija, dejando caer el teléfono al suelo. Por un momento, aún se oía la voz preocupada de su interlocutor.
Mi niña, ¿qué ha pasado, cariño mío? le preguntó mientras la estrechaba entre sus brazos.
¡Allí allí! sollozaba Lucía, abrazada al cuello de su madre. ¡Una señora muy rara! ¡Y un señor también! ¡Él me quería agarrar! ¡Tengo miedo, mamá!
Entonces llegó el padre. Examinó con rapidez a su hija, comprobando que estaba ilesa, y luego miró con firmeza a las personas que la habían asustado.
La mujer, ya con sesenta años largos, torció el gesto, disgustada al ver la escena familiar. Esa niña… No tenía dudas de que era su nieta. Pelo, ojos, la forma de la cara ¡Era como un retrato de Hugo a esa edad! Y claro, con matices de su género.
Te has ido demasiado lejos dijo despectivamente, observando a su antigua nuera. ¿Y cómo te has atrevido a llevarte a mi nieta tan lejos?
David, lleva a Lucía a casa, yo me encargo aquí dijo Ana, confiando a su hija a su marido. Y llama a mi padre, que mande a un par de sus personas.
¡Eh, no te atrevas! ¡Quiero conocer a mi nieta! protestó la mujer, aunque sin intentar seguirlos. David, un hombre tan grande y fornido como una muralla, no era rival para ellos. ¿Por qué no se informaron antes de si Ana se había vuelto a casar?
Señora Carmen, dijo Ana, mirando a la mujer con claro desagrado. ¿De qué habla usted? ¿Qué nieta? ¿Ha perdido la memoria? Porque le recuerdo que…
********************
¿Qué tal está mi futuro nieto? preguntó Carmen impaciente a su hijo Hugo y su nuera, que acababan de volver del hospital.
Vamos a tener una niña, ya se lo dije sonrió forzadamente Ana, ansiando que su suegra pronto se fuera de su casa. Últimamente esa señora sólo iba a la suya para dormir. Ana se escondía en la habitación, fingiendo malestar.
El médico se ha debido equivocar sentenció Carmen. En la familia Gutiérrez siempre nacen varones.
¿Por eso expulsó usted a su hijo mayor? ¿Porque su mujer tuvo una niña? ironizó Ana, cansada del mismo discurso diario.
¡Esa niña no es suya! saltó enseguida Carmen, que odiaba mencionar aquel episodio. ¡Sandra lo engañó y el idiota le creyó! ¡A mí no me hizo caso! ¡Siguió a esa cualquiera! remató casi escupiendo las palabras.
Sandra tiene una prueba de ADN en la mano, y usted lo sabe bien. Vio usted el papel media docena de veces, convenciendo a su hijo mayor de que era falso.
¡Y lo era! ¿Cómo te atreves a desconfiar de mí? Insolente chica siseó Carmen, reprimiéndose para no montar una escena. Mejor relájate, no quiero que el niño corra peligro por tu estrés. A nuestra familia le hace falta un varón. Ya me miran mal mis amigas: todas con nietos y yo
Me voy a tumbar, si no le importa. Me duele la cabeza.
Ana se encerró en su dormitorio, pensativa. ¿Había cometido un error casándose con Hugo? Le amaba, eso no podía negarlo. Pero soportar a SU suegra Eso era otra historia. Su madre tenía razón cuando decía que mejor vivir lejos de esa “nueva parienta” que no estaba bien de la cabeza.
Varias veces le propuso a Hugo mudarse. Pero él se negó en redondo.
¿Cómo iba a dejar a su madre sola, abandonada? ¿Y su padre? Ni útil ni presente, siempre tan apático en el sofá, ni era capaz de clavar un cuadro o ayudar con la compra. ¿Su hermano? Ya ni hablaba con Carmen, no aceptó sus obsesiones y la cortó por lo sano. El asunto de la prueba Como si los papeles no se pudieran falsificar
Ana al menos pidió a Hugo que hablara con su madre, que se moderara y la dejara vivir con algo de autonomía.
¡Mamá sólo quiere ayudarnos! protestó Hugo. Da buenos consejos, colabora en casa. Dale las gracias, en vez de esconderte en la habitación.
Me escondo allí porque no aguanto más a tu madre lo interrumpió Ana. ¡Y si no se calma, no verá a la niña! Me iré a casa de mis padres. No lo olvides, mi padre tiene influencia y me ayudará en esto. ¿Te queda claro?
Tras ese arrebato, Carmen bajó el tono, pero no sus visitas diarias. Al menos ahora acortaba su estancia y criticaba algo menos. Ana sabía que eso no duraría mucho.
Lo peor era la obsesión de Carmen con tener un nieto varón. ¡No soportaba la idea de una nieta! Exigía niño por linaje. El caso del hijo mayor, un hombre mucho más sensato, era la prueba de su obsesión.
Y ahora Hugo igual: él sólo admitía un hijo varón. La ecografía ni la miraba.
Si es una niña, os echo a las dos a la calle le soltó Hugo a Ana tras un par de copas. Significaría que la has tenido con otro. No soy mi hermano, no dejaré que me engañes.
Aquello rompió definitivamente a Ana. Entendió que el matrimonio debía llegar a su fin, y que su padre la ayudaría a gestionarlo rápido.
Como era de esperar, nació una niña. Hugo montó un escándalo en el hospital, ajeno a la presencia de una joven compañera de habitación traumatizada por la escena. La seguridad no tardó en aparecer y sacar a Hugo del edificio.
Al día siguiente, Carmen visitó a su nuera. No gritó, pero sí dejó claro, con palabras hirientes, todo lo que opinaba. De nuevo, cuando ya empezaba a repetirse, entró un hombre con uniforme y galones. De una sola mirada la invitó a retirarse, advirtiéndole de posibles consecuencias si seguía calumniando a Ana.
Hugo perdió el tiempo en el juzgado. Cuando le dijeron que no podría divorciarse antes del primer año del bebé, se apresuró a renegar de su hija e impugnó la paternidad.
El abogado apenas podía creer lo que oía: ¿Que en su familia no nacen niñas? ¡Vaya tontería! Sin una prueba de ADN, no había caso.
Dudo que gane, sobre todo porque su hermano, según cuenta, también tiene una hija le dijo el abogado.
¡Eso no es suyo!
Bueno, hay una prueba de paternidad
¡Es falsa! se enrocó Hugo, manipulado por su madre.
Lo siento, pero el juez va a dar por válido el resultado si se hace una prueba independiente.
Estoy seguro de que no es mi hija y ya está
No hizo falta la prueba. Ana rompió cualquier vínculo con esa familia. No quería darle a Hugo ninguna opción de reclamar a la niña en el futuro. Mejor que quedara como madre soltera.
************************
¿Ya recuerda usted? ¿Y por qué no ha traído a Hugo?
Hugo Hugo ha muerto dijo la mujer, fingiendo aflicción. Tu hija es lo único que nos queda de él. No te preocupes, la criaremos bien, será una gran persona
¿Ustedes? ¿Por qué motivo? espetó Ana furiosa. Mi hija no tiene nada que ver con ustedes. ¡El juez así lo determinó! Si vuelven a acercarse un paso a Lucía, presentaré denuncia. Tentativa de secuestro. Mi padre manda mucho en este pueblo, así que no esperen compasión.
No tienes ni idea ¡No nos queda nadie más!
Tienen a su hijo mayor. Vayan con él, que también tiene una hija.
No quiere ni vernos musitó Carmen, apartando la mirada. Por fin se dio cuenta de lo que había perdido.
Un hombre inteligente asintió Ana. Ya habéis causado bastante dolor. ¿Quiere que le recuerde cómo llamaba a mi hija?
¿Algún problema, señora Ana? dos guardias municipales fornidos, conocidos de su padre, se acercaron de inmediato.
Sí, pequeño problema. Vigilen que estas personas abandonen nuestro pueblo, por favor.
Pero
Sin peros intervino uno de los guardias con voz firme, dando un paso al frente. Los Gutiérrez retrocedieron, provocando una sonrisa satisfecha en Ana. Venga, acompáñennos.
Ana volvió a casa. ¡De un humor espléndido! Sólo le quedó una sombra de preocupación:
Tendré que asegurarme de que los Gutiérrez no vuelvan a acercarse. Avisaré a mi padre, seguro que él podrá solucionarlo.
Hoy he comprendido que no hay mayor tesoro que la tranquilidad de tu hija y tu propio hogar. La familia no siempre es quien comparte tu sangre, sino quien te cuida y te respeta.







