La nieta de la abuela

Querido diario,

Hoy vuelvo a revivir los recuerdos que marcaron mi vida y la de mi nieta, Aroa. Todo comenzó cuando mi amiga Inmaculada, la madre de la niña, decidió escaparse a un fin de semana en Marruecos con su pareja. Ese viaje, que empezaba como una simple escapada al desierto, acabó con una sorpresa inesperada: Inmaculada descubrió que estaba embarazada. Nueve meses después, bajo el sol de Marrakech, nació Aroa, una pequeñita morenita de ojos negros que iluminó nuestras vidas.

Inmaculada trabajaba a tiempo completo, mientras yo cuidaba de Aroa en casa. Por las noches, la madre necesitaba desconectar de la rutina, así que a veces salía con amigos. Yo sabía de sus salidas, pero nunca me entrometí en sus asuntos. Cuando Aroa cumplió cinco años, Inmaculada me confesó que iba a mudarse con su nuevo novio; él aún no sabía que había una niña. Me pidió, con lágrimas en los ojos, que yo le ofreciera un techo a Aroa.

Yo tuve que dejar mi puesto en la fábrica y pasar a vivir de mi modesta pensión de 400, que apenas alcanza para el alquiler y la luz. Inmaculada, cuando podía, me enviaba pequeñas transferencias a mi cuenta bancaria, aunque fueran de apenas 20 al mes. Aroa extrañaba a su madre como una sombra que se alarga al atardecer: pasaba horas mirando por la ventana, sobresaltándose con cada ruido del pasillo.

Con el paso del tiempo, Inmaculada aparecía cada vez menos. Me enviaba dinero a través de Bizum y, aunque agradecida, sentía que el vacío se hacía más grande. Una tarde, decidió visitarnos. Llegó con regalos y dulces, justo cuando Aroa, después del baño, ya estaba en pijama y mirando su programa infantil favorito, Buenas noches, pequeñines. Al oír la voz de su madre, la niña saltó del sofá, corrió hacia Inmaculada, la abrazó con fuerza y exclamó:

¡Mami, cuánto te he extrañado! ¡Te quiero!

Yo intenté separarlas, diciendo con voz temblorosa:

Aroa, suéltame, cariño. Yo también te quiero.

Pero la pequeña se aferró con uñas y dientes; fue necesario que yo, con mucho esfuerzo, le desabrocase las manitas. Entonces, Aroa, desesperada, abrazó a su madre por los tobillos y preguntó:

¿Te vas a ir? ¿Me abandonarás para siempre? ¿Estaremos juntas, siempre?

Inmaculada, con la mirada cansada, respondió:

Aguanta un poquito, Aroa. Pronto vendré a recogerte. Ahora tengo que irme.

Yo, desde la cocina, lloraba a mares mientras ella buscaba en el botiquín una pastilla para el malestar. Inmaculada se despidió, dio un portazo y Aroa quedó sentada en el suelo, con las manos sobre las rodillas, mirando al vacío sin soltar ni una lágrima.

Mamá no me quiere, me ha dejado. Y no tengo papá. Todos tienen padre, menos yo murmuró la niña.

Yo, como su abuela, la levanté y la abracé:

Nena, aquí tienes a tu abuela. Siempre estaré contigo.

Aroa, acurrucada sobre mis hombros, me pidió:

Abuela, ¿me contarás el cuento del gallo y la zorra?

Claro, mi amor. Primero te pondré a dormir y luego te lo cuento le respondí, mientras la arrullaba.

Le di la mano a Inmaculada, quien me miró con los ojos llenos de resignación. Le dije, sin querer que me escuchara, Que Dios le dé salud a la abuela para que críe bien a su nieta. También pensé que quizá, algún día, Inmaculada volviera a reflexionar y se reconcilie con su hija. En la vida, a veces, las cosas suceden sin aviso.

Recuerdo también una historia de mis años en la época del régimen, cuando una mujer se escapó con un hombre sin contarle que llevaba un hijo. Un año después, una urgencia médica reveló la verdad; el hombre, al enterarse, la dejó, diciendo que una madre así no era digna de sus futuros hijos. Esa lección me persigue y me hace valorar aún más la fuerza de las mujeres que, a pesar de todo, siguen adelante.

A veces, la tristeza me invade, pero también me alienta la esperanza de que Aroa crezca rodeada de amor, aunque sea el mío. Seguiremos adelante, con los pequeños gestos cotidianos, los abrazos que no se sueltan y los cuentos que nunca faltan al final del día.

Con cariño,
María, abuela.

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