Una amiga me entregó una gatita gris, una pequeña llamada Lulú. A la joven dueña le encantó al instante.
Te llamaré Luluchita decidió Rita, mientras acariciaba su cabeza. Lulú, mi tesoro.
A la gatita le gustó el nuevo nombre, aunque antes la llamaban simplemente minina. Lulú recorrió despacio la casa de campo que había alquilado Rita en la sierra de Guadarrama y todo le parecía de lo más bonito, pero
Cada mañana se topaba en la cocina con Víctor, el marido de Rita, que siempre estaba de malas con la gatita. No paraba de refunfuñar y la echaba del sillón que Lulú había conquistado como su trono.
Cuando Víctor salía de casa, Lulú se ponía contenta, jugaba con su dueña y con los juguetes que Rita le había comprado. A veces se preguntaba por qué a su maravillosa dueña no le habían nacido hijos, pues con niños la vida sería más animada y ella podría jugar con ellos Pero, claro, con un marido tan gruñón, ¿cómo podrían haber niños? Él sólo se preocupaba por sí mismo.
Rita, otra vez tu querida está sobre mis pantalones, ¡están llenos de pelos! Lávalos que es una vergüenza ir al trabajo con esogruñía Víctor.
Vale, los limpio, pero no los dejes en el sillón, guárdalos en el armario le contestó Rita mientras doblaba la ropa.
Llegó la primavera y Rita anunció a Lulú que irían a la casa de campo.
Allí te encantará. Podrás estirarte en la hierba, escuchar el canto de los pájaros y comer fresas maduras todos los días.
Lulú vivía con la ilusión de que algo bueno estaba por llegar. En la casa de campo, el escenario era idílico. La gatita corría entre los macizos de flores, olisqueaba los primeros capullos primaverales y se llenaba la nariz de perfume. Incluso estornudó dos veces, se tiró a la hierba y persiguió a un gorrión que, sin saber de dónde había salido, saltaba de rama en rama como invitándola a jugar. Lulú saltaba, maullaba, pero nunca lograba atraparlo.
Lulú, a comer la llamó Rita.
En el porche había una taza de leche y un trozo de chorizo. Lulú se abalanzó sobre ellos cuando apareció Víctor, furioso:
¡Fuera de aquí, no te metas bajo mis pies! exclamó, empujándola hacia el balcón.
Lulú no se ofendió; ya estaba acostumbrada a la brutalidad de aquel hombre que, sin razón aparente, compartía techo con su amada. Se refugió bajo una pérgola, se acomodó en un banco y Rita le tendió su viejo suéter de lana.
Éste es ahora tu abrigo, acuéstate y tendrás calor le dijo, y se marchó.
Durante ese día Rita estuvo ocupada y Lulú quedó prácticamente sola, salvo por el gorrión que volvió a posarse cerca. En la casa de campo el tiempo volaba; antes de que se dieran cuenta, llegó agosto, mes de cosechas abundantes. Cada día la suerte sonreía a Lulú: Rita le ofrecía bayas maduras y jugosas (sí, esas que a uno le dan ganas de comer otra porción) y también le gustaban los pepinos verdes recién sacados del huerto.
El único punto conflictivo era el constante refunfuño de Víctor, que llamaba a Lulú pata holgazana.
¡Pronto las ratas harán fila por la casa y tú no harás nada! mandaba.
Y Lulú, aunque todavía era una gatita, intentó cazar ratones. En un solo día atrapó dos y los dejó en el balcón para que Víctor viera su esfuerzo y dejara de llamarla pereza.
Llegó el otoño y, un día, Rita enfermó y la trasladaron al hospital de Madrid. Lulú quedó sola en la casa de campo, triste y sin saber qué había sido de su dueña. El marido apenas aparecía, recogía la última cosecha, arrojaba comida seca a la pérgola y se marchaba. Los días se volvieron duros; sólo el gorrión le hacía compañía.
A principios de noviembre cayó la nieve y el frío caló hasta los huesos. Lulú se refugiaba cada vez más en la pérgola, con el estómago vacío y el cuerpo cada vez más delgado. Ya no creía que llegara un día de bonanza.
Una mañana, Víctor regresó, pero no estaba solo. En vez de Rita, llegó un desconocido llamado Marcos, que había comprado la casa de campo en la cooperativa del pueblo. Juntos inspeccionaron la vivienda, entraron en la pérgola y el forastero vio a Lulú.
¿Qué hace esta pequeña aquí? preguntó al marido. No podrá sobrevivir con tanto frío y hambre.
No tengo a quién llevarla. Mi mujer está en el hospital y yo trabajo de sol a sol respondió Víctor, encogiéndose de hombros.
¿Y a usted no le importa? insistió el desconocido.
La dejaré aquí. Si quiere, se la puede quedar gruñó Víctor, entregándole las llaves de la casa.
Marcos se llevó a Lulú, pero la dejó sola otra vez, dejándole solo un trozo de salchicha seca y un poco de pan. El gorrión volvió a cantar, pero la gatita ya no mostraba interés por la vida.
Marcos, que había comprado la casa para escaparse los fines de semana con su esposa Irene, no paró de pensar en la pobre Lulú abandonada en la nieve. ¿Cómo estará? Sólo espero que le llegue una mano amiga, reflexionaba mientras conducía de regreso a Madrid.
Al llegar a la cooperativa, la nieve cubría todo. Aparcó el coche al borde del camino y, con los esquís, se internó en la senda hasta la casa. La encontró casi enterrada bajo la nieve, la pérgola cubierta de escarcha. Con los pies, cavó la puerta y gritó:
¡Lulú! ¿Estás viva, mi pequeña?
Dentro, sobre un banco, había una vieja chaqueta de lana y, asomando, la colita gris de Lulú. Marcos levantó la chaqueta y encontró a la gatita exhausta, sin fuerzas para maullar. Entonces escuchó el gorrión trinando en la puerta abierta. Lulú abrió los ojos y, al fin, se dio cuenta de que aún había vida.
¡Estás viva, mi joyita! exclamó, con lágrimas en los ojos. Llegaste a tiempo.
Con delicadeza, le puso un trozo de albóndiga y le sirvió un cuentito de agua en un vasito. Lulú, temblorosa, olfateó el aroma y empezó a comer. El gorrión picoteó el pan que Marcos había traído para él.
Luego, cubrió a Lulú con una toalla de felpa, la abrazó contra su pecho y le susurró:
Ahora estarás a salvo, descansa y recupérate.
Marcos la llevó al veterinario del pueblo, donde le diagnosticaron debilidad extrema. La hospitalizaron una semana. Cuando salió, Irene ya había preparado una casita cómoda y varios juguetes para ella. Lulú volvió a tener familia, cariño y un hogar donde sentirse querida.
Unas semanas después, Rita se dio de alta del hospital y llamó a Marcos para saber si su gatita seguía viva. Marcos le contó la triste historia del abandono y el feliz rescate. Rita, aliviada, no pidió que le devolvieran a Lulú; comprendió que había encontrado nuevos dueños buenos. Lo importante era que la gatita había sido salvada.
Así, incluso en los momentos más oscuros, aparecen personas de buen corazón dispuestas a tender una mano. Esta historia nos recuerda que la bondad verdadera siempre encuentra su camino.
¿Ustedes creen en eso?





