Querido diario,
Hoy recuerdo una de esas anécdotas que, aunque incómodas, terminan por enseñarnos algo. Hace unas semanas, mi esposa Elena, nuestros hijos Diego y Begoña y yo habíamos decidido tomarnos unas vacaciones en la Costa del Sol. Reservamos una excursión de un día para descubrir los rincones más recónditos de la sierra de Ronda, sitios a los que no se llega a pie sin mucho esfuerzo.
Compramos cuatro billetes, uno por cada uno, y nos subimos al autobús turístico que nos llevaría al inicio del recorrido. Tras nosotros, subió una mujer de complexión robusta que llevaba a su pequeño hijo en brazos. El niño, de similar talla, ocupaba casi todo el asiento. La madre intentó colarse entre las filas, pero al final se sentó en la parte trasera y, al acomodar al niño, se dio cuenta de que éste no cabía en el asiento.
Desesperada, se puso en pie y empezó a buscar otro sitio libre para su hijo. Miró a nuestros niños Diego, delgado y de gran energía, y Begoña, una niña vivaz y decidió poner a su hijo al lado de ellos.
Yo, que había pagado por esos asientos, le dije a Elena que no teníamos obligación de cederles el sitio que ya habíamos adquirido. La mujer no se rindió; incluso empezó a discutir con el guía, argumentando que debíamos “mezclarnos” con los demás pasajeros y que, si no lo hacíamos, deberíamos abandonar la excursión y devolver los billetes. Otros turistas se sumaron al enfado, llamándonos inflexibles y ofreciendo tomarse fotos con el móvil como si fueran parte de una película.
Al final, los niños, cansados de la disputa, se levantaron para que la marcha pudiera continuar, mientras el conductor esperó a que se resolviera el altercado. La atmósfera ya estaba destrozada y el entusiasmo del grupo se había esfumado.
Me quedé preguntándome si realmente estábamos en lo cierto. ¿Por qué debíamos obligar a nuestros hijos a viajar apretujados cuando habíamos pagado el billete con antelación? ¿No es también una cuestión de respeto y cortesía?
Al cerrar la hoja, entiendo que el conflicto nació de una falta de comunicación y de la presión del turismo masivo, pero también recuerdo que, a veces, ceder un poco evita que el día se vuelva una pesadilla para todos. La lección que me llevo es que la flexibilidad y la empatía pueden ser tan valiosas como cualquier billete comprado.
Hasta la próxima,
Carlos.







