Diario de Marcos González, Madrid, 3 de marzo
Hace apenas dos días, la rutina de mi vida dio un vuelco que no esperaba. Al volver del trabajo, cansado después de otra larga jornada en la oficina, solo anhelaba sentarme en el sofá y ver tranquilamente el partido del Real Madrid. El bullicio de mis hijos que no querían irse a dormir y las quejas de mi mujer, Carmen, me eran tan habituales, que opté por subir el volumen de la televisión, buscando una especie de refugio en el fútbol y una cerveza fría.
Carmen, visiblemente agotada, trataba de poner orden y acostar a los niños. Al verme tan ajeno, me dijo con fastidio: ¿No podrías ayudar un poco con los críos, aunque sea hoy? Alcé la voz con desesperación: ¡Todo el día trabajando para que tú tengas la suerte de estar en casa jugando a las casitas! Aquello fue el principio de la tormenta. Las palabras cruzadas se volvieron dardos. Carmen rompió a llorar, gritando que ya no podía más, y salió dando un portazo. De repente, me quedé solo con mis hijos, Lucas y Paula, en un silencio incómodo.
Aquella noche, tras alimentarles y armarme de paciencia para acostarles entre protestas y rabietas, sentí un cansancio distinto. Al día siguiente, Carmen no regresó. Pedí el día en el trabajo y me quedé ocupándome de todo, haciéndome cargo de cada llanto, de cada pelea, de la casa patas arriba. No tuve un segundo para ducharme, apenas pude comer un bocadillo de pie en la cocina, siempre pendiente de los niños. Eché de menos tener una conversación adulta. Las horas parecían eternas y, aunque caía agotado, el descanso era imposible: al fin y al cabo, Paula se despierta cada dos por tres llorando.
Al pasar dos días así, comprendí de pronto todo lo que Carmen hace y siente. Por primera vez noté de verdad el peso de sus días, el sacrificio silencioso de ser madre en esta casa. Me di cuenta de lo exigente y dura que es esta tareamucho más que tomar decisiones en la empresa o estar ante un ordenador. Entendí que Carmen había dejado de lado su profesión, su independencia, su libertad de decidir, solo para volcarse en la familia.
También noté lo difícil que es depender económicamente de tu pareja y perder la autonomía para salir con amigos, ir al gimnasio o simplemente desconectar un rato. Comprendí la sensación de estar agobiado por la rutina, de perderte tantas cosas mientras todo gira alrededor de los niños y de la casa. Comprendí el dolor que siente Carmen cuando mi madre cuestiona su forma de educar, cuando nadie parece valorar su esfuerzo diario.
Me percaté de que, aunque las madres tienen la tarea más fundamental de todas, la sociedad rara vez se lo reconoce, y mucho menos lo celebra. Quiero dejarlo por escrito: no escribo esto solo porque la echo de menos, sino porque no quiero que pase ni un día más sin que sepa lo que siento.
Carmen, eres valiente, haces un trabajo admirable y te admiro profundamente.
No me gustaría que ninguna esposa, madre o ama de casa en España sienta que su papel no es valorado. Por eso comparto estas palabras, esperando que entre todos aprendamos a reconocer la importancia de la labor de madre, que es, sin duda, la más valiosa de todas.
Hoy he aprendido la lección más importante de mi vida: admirar y agradecer de verdad a quien dedica su vida a cuidar y construir nuestro hogar.







