La misteriosa conversación secreta de mi marido

La misteriosa correspondencia de un marido

Recuerdo bien aquellos días frenéticos, muchos años atrás, en un piso estrecho de Madrid. El sol apenas asomaba sobre la Gran Vía cuando Lucía y Álvaro despertaron sobresaltados: otra vez se les había pegado la sábana. Los dos corrían de un lado para otro, tropezando con muebles y ropa, intentando prepararse para el trabajo y vestir a su hijo, Martín, para llevarle a la guardería.

¡Cariño! ¿Hoy recoges tú a Martín, verdad? gritó Lucía desde la habitación, poniéndose los pantalones a toda prisa mientras llenaba la mochila del niño con lo imprescindible: el peluche, la merienda, una muda.

¡Sí, sí! contestó Álvaro desde el pasillo. Pero ¿has visto mis llaves?

¡No! contestó Lucía, un poco irritable, rebuscando entre los bolsos y bufandas en busca de su móvil. Al final, por fin localizó el teléfono sobre la mesa del salón y se apresuró a vestir a Martín, que jugaba indiferente con unos coches de juguete, ajeno al caos familiar.

Llegaron a la guardería de Tirso de Molina en cinco minutos. Lucía peleaba con la cremallera atascada de la chaqueta de Martín cuando reparó en la expresión de su hijo, que al borde del llanto musitó:

Mamí No quiero ir hoy Martín arrugaba la frente y apretaba los puños con esa determinación silenciosa de los niños pequeños.

Vamos, tesoro suspiró Lucía, esforzándose por mantener la calma mientras sentía el temblor en su voz. Se agachó para ponerle a su altura y tratar de consolarle. Allí verás a tus amigos, jugarás ya verás qué bien.

Pero los argumentos sirvieron de poco. Martín seguía quieto, cada vez más terco. Por suerte, la cuidadora salió del aula. Dedicó a Lucía una sonrisa maternal y tomó al niño de la mano.

No te preocupes, Lucía le aseguró. Nos ocuparemos bien de él. Martín, tus amigos ya te están esperando.

Lucía sintió un alivio repentino, pronto borrado por una oleada de angustia: ¡iba terriblemente tarde!

Virgen del Carmen, ¡qué tarde es! Menudo desastre murmuró, consultando el reloj. Salió aprisa, dispuesta a llamar a su clienta desde la calle para disculparse por el retraso. Sacó el teléfono del bolso y notó en seguida que no era el suyo: en la confusión, Álvaro y ella habían confundido las fundas. Maldita la manía de comprar lo mismo, malditas contraseñas iguales

Estupendo murmuró Lucía, rebuscando la mejor forma de contactar a su clienta. Solo se le ocurría llamar a su marido, pedirle su teléfono y que le pasara el número.

De repente, el móvil vibró en su mano. En la pantalla apareció un mensaje:

Javi: ¿Y qué pasa con la chica esa del gimnasio? ¿Al final te dio su número?

Lucía sintió un vuelco. Leyó la notificación varias veces y, como detrás de un velo, terminó abriendo el chat.

Javi: ¿Entonces, lograste camelártela?

Álvaro: Sí, me lo dio. Hemos quedado este finde. En mi casa.

Lucía no podía creer lo que leía. ¿Este fin de semana? ¡Justo cuando ella debía ir a casa de su madre en Segovia con Martín, para pasar allí la noche!

Dios susurró, sintiendo una sombra de dolor apretarle el pecho. Hubiera preferido no saberlo nunca. Maldita coincidencia, malditas fundas de pareja

Le costaba horrores fingir normalidad cada vez que veía a Álvaro. Aún quedaban tres días para el sábado y Lucía comenzó a sumirse en un silencio de pensamientos, dudando sobre qué hacer, intentando convencerse de que todo era un malentendido, que quizá había leído mal. Pero la frase zumbaba en su cabeza: Este finde. En mi casa.

Álvaro no parecía haber notado nada. Seguía tan atento y cariñoso como siempre: preguntaba por su día, ayudaba con la cena, hasta dormía a Martín leyendo cuentos. Lucía escudriñaba sus gestos buscando respuestas para todas las preguntas que era incapaz de formular. Y nada, ni rastro de culpa. Eso era aún más inquietante.

El miércoles por la noche vieron una película abrazados en el sofá. Álvaro la rodeó con el brazo y Lucía tuvo que contener las lágrimas para no romper a llorar junto a él. Ahora, el refugio de aquellos abrazos se sentía frágil, casi irreal. Cada caricia le resultaba forzada, una máscara.

El viernes, después de acostar a Martín, Lucía se quedó pensativa ante el fregadero, viendo correr el agua sobre los platos. Álvaro llegó a su lado, la abrazó y le susurró:

Hoy te noto rara ¿te pasa algo?

Lucía se paralizó, sintiendo el escalofrío recorrerle la espalda.

Nada, de verdad. Solo es cansancio respondió, esbozando una sonrisa ensayada.

Normal Álvaro le dio un beso en la cabeza.

Aquella noche, cuando la casa por fin se sumió en silencio, Lucía se levantó sigilosa y se encerró en el baño. Sentada en el borde de la bañera, escuchando cómo zumbaba el agua en las tuberías, estalló de dolor y rabia contenida.

¿Por qué? lloraba bajito. ¿Por qué a mí?

Le daban vueltas en la cabeza las mismas preguntas sin respuesta. ¿Cómo había podido él? ¿Debía enfrentarse a la verdad o callar y marcharse?

Sabía que, al amanecer, tocaría ponerse de nuevo la máscara. Era el día en que la verdad saldría a la luz.

El sábado, después de dejar a Martín con su abuela en Chamberí quien nada más verla supo que a su hija le pasaba algo, Lucía improvisó una sonrisa y fingió tranquilidad:

De verdad, mamá, estoy bien. Solo tengo prisa Quiero darle una sorpresa a Álvaro.

Besó a Martín en la frente y salió huyendo, evitando mirar atrás para no echarse a llorar en brazos de su madre.

Conductora en la Castellana, la cabeza de Lucía era un torbellino de imágenes y preguntas: ¿Y si realmente va a ver a un amigo? ¿Y si no aparece nadie? ¿Y si me he montado una película en la cabeza?

Quería sorprender a Álvaro, pillarle en la mentira, y al mismo tiempo rezaba para que todo fuera un simple error. Pensaba en los recuerdos bonitos: risas en la cocina, paseos de domingo por el Retiro, su vida en familia. Todo eso le parecía ahora tan valioso, tan frágil, que la detenía en el coche solo para estirar unos minutos más ese espejismo de felicidad antes del golpe final.

Subió las escaleras, la llave temblando en su mano. Respiró hondo, la introdujo en el bombín y al girarla despacio deseó que la realidad tras la puerta no fuera la que temía. La entrada estaba a oscuras, salvo una luz cálida encendida en la cocina. Desde el pasillo le llegaron risas y susurros.

Todo dentro de ella se heló.

«Es él», pensó. «Ha sucedido».

Sintió vértigo. Siguió avanzando pasito a paso, como una autómata. Oía risas, pero todo le llegaba amortiguado, a distancia. Su cuerpo iba en dirección contraria a su voluntad; cada paso era una batalla consigo misma. El corazón retumbaba como los tambores de una procesión de Semana Santa.

¿Álvaro? susurró, su voz tan extraña que parecía no reconocerla.

Se armó de valor y, más fuerte, llamó:

¡Alvarito!

Al no recibir respuesta, atravesó finalmente el umbral de la cocina. Allí estaban: un hombre y una mujer. El hombre no era Álvaro, sino Jaime, el mejor amigo de su marido. Lucía se quedó petrificada. Jaime se giró sorprendido, nervioso.

¡Lucía! No es lo que piensas Es solo que Bueno, ya sabes cómo es en mi casa. ¡No iba a llevarla a casa de mi madre! empezó a justificarse atropelladamente.

Lucía apenas oía, sumida en un zumbido interno. Lloraba en silencio y, paradójicamente, se sorprendió sonriendo, como si la tensión la liberase.

He entendido susurró. Me voy.

Salió despacio, cerrando la puerta tras de sí. El aire fresco de la calle le azotó la cara mientras, temblando, marcaba con dedos torpes el número de su marido.

¿Sí? oyó la voz de Álvaro al otro lado, pero Lucía apenas encontraba palabras. Lo único que consiguió articular fue, entre sollozos y una risa nerviosa, una confesión sencilla, casi infantil:

Te quiero mucho Muchísimo

Todos los miedos, el dolor y la tensión desbordaron su corazón. Quiso explicarse, pero los pensamientos se arremolinaban incoherentes.

Estaba en casa Está Jaime musitó.

Vaya Perdóname, de verdad, no te enfades. Ahora mismo estoy en el despacho. ¿Vienes? Por favor, no te enfades, cielo Ya sabes cómo es Jaime. ¿Te vienes?

Ya voy

Corrió hacia el coche. Necesitaba abrazar a su marido.

Se encontraron en el suelo del despacho de Álvaro. Entre ambos, una botella de vino y dos copas. Lucía se acomodó apoyada en su hombro, el cristal frío entre los dedos.

Perdona de veras, nunca quise cotillear tu móvil. Nunca lo he hecho susurró Lucía, aún algo temblorosa.

Perdónate tú a ti también, por haberte visto atrapada en esto respondió Álvaro, rodeándola. Tendría que habértelo contado desde el principio.

¿Por qué te pidió el favor?

Porque es mi amigo y metió la pata hasta el fondo el día anterior. Se atragantó de nervios delante de esa chica del gimnasio, le tiró una lata de bebida encima y la dejó toda manchada Luego me vino como un crío de colegio: No puedo, no me atrevo Álvarito, ayúdame

Álvaro imitó a su amigo, y Lucía no pudo evitar reír.

Es mi mejor amigo desde el cole suspiró Álvaro. En el fondo, le tengo hasta cariño. Así que cogí el número por él, le eché un cable y lo adorné con un poco de humor.

¿Pero por qué la trajo aquí, en vez de ir a una pensión?

¿No recuerdas por qué aún vive con su madre?

Para no pagar alquiler y tener las croquetas de la abuela siempre a mano y los calcetines limpios, claro.

Eso mismo Álvaro la miró con picardía.

¡Qué agarrado! rió Lucía, sintiendo la tensión desvanecerse.

Veinte años de amistad desde Parvulitos, creo que soy el único que conoce todas sus miserias

Menudo tesoro tienes de amigo levantó la copa Lucía, sonriendo al fin.

Parecieron caer en la cuenta.

Pero, ¿y si siguen allí? dijo ella. No pienso pasar la noche en tu despacho Y ahora mismo entrar en casa tampoco me apetece Que limpien bien todo antes de volver, por lo menos.

Álvaro la besó con ternura.

No te preocupes Yo soy menos tacaño que Jaime. Y creo que nos merecemos una noche especial.

¿En serio? ¿Vámonos a un hotel?

Álvaro asintió. Acto seguido, se alzó en pie y levantó a Lucía a caballito, haciéndola reír como en los domingos de antes.

Te llevo segura y completa a nuestro palacio.

Lucía reía con ganas, sin poder creer que, unas horas antes, sentía que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

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