LA MEJOR AMIGA

Aroa, me caso me dijo Berta con una sonrisa un poco nerviosa el sábado que viene, ¿vendrás? Me haría muchísima ilusión verte.

¿Tú? ¿En serio? ¿Y cómo te ha surgido de repente? me quedé helada, como si me hubieran dado una bofetada.

No me imaginaba lo doloroso que sería oír eso. Siempre había sentido lástima por Berta, la chica poco agraciada que nunca parecía llamar la atención de nadie, y me preguntaba si existiría alguien que la quisiera de verdad.

¿De repente? Pero ya conocemos a Íñigo desde hace medio año contestó Berta.

¿Y tú no habías dicho nada? ¿Quién es ese? ¡Yo nunca lo he visto! ¿Dónde lo tenías escondido?

¿Escóndelo? se rió Berta. Nos vemos en la obra, trabajamos juntos. Nunca lo pensé, y él me ha propuesto y yo he aceptado.

¿Él también es pintor, como tú? gruñó, con una mueca de desprecio, Aroa.

Íñigo lo hace todo. Dirige la empresa de construcción donde yo laboro.

Me faltó el aliento. No supe qué decir. Miré a Berta, intentando averiguar si estaba de broma.

Pero ella parecía seria, y se notaba que no era juego.

Nos conocimos en el instituto, desde sexto de primaria. Yo siempre había sido la mejor: las notas me venían fácil, era más bonita, más alta, me vestía mejor y los chicos me rodeaban. Berta pasaba desapercibida; yo la compadecía, pensando que la vida la había tratado injustamente.

Ni su cara ni su figura eran dignas de alabanza. Estudiaba poco y al terminar el instituto se metió a aprender a revoque y a pintar.

¿No habrá una profesión más interesante? le dije entonces. ¿Podemos cambiar de rumbo?

¿Para qué? Mi madre ha sido pintora toda la vida en obras, yo también lo he sido. respondió.

¿Vas a estar siempre con el polvo en la ropa? ¡Qué asco! ¿No prefieres una carrera más moderna, trabajar en una oficina elegante con gente cultural? Yo voy a estudiar diseño.

Yo no entiendo nada de diseño, pero he ayudado a mi madre a revoque y pintar mil veces. Me gusta. Sé mucho de eso, y con mis notas no entro en la universidad.

Yo tampoco entré a la universidad de inmediato, pero no me rendí. Terminé el ciclo formativo y, con buenas calificaciones, me colé en la carrera de diseño que siempre había soñado.

Aunque nuestras rutas académicas se separaron, seguimos viéndonos y mantuvimos la amistad.

Yo era muy sociable y siempre invitaba a Berta a salir con mis amigos, donde ella brillaba y los chicos la miraban. Yo estaba segura de que acabaría casándome con un chico guapo, con buen futuro y bien puesto.

Y de pronto, Berta suelta esa noticia ¿Cómo es posible? ¿Dónde está la justicia? ¡Qué cosa más cruel!

Entonces, ¿vendrás al casamiento? volvió a preguntar.

Claro, ¡no me lo perdería por nada! contesté firme. ¿La conoceré al novio?

Por supuesto.

***

Yo me imaginaba a Íñigo como un viejito calvo y barrigón, que se casaba con Berta solo para ahorrar en los trabajos de acabado de unas casas que estaban construyendo. Así se quedaría con todo el dinero, ¡qué ventaja!

Pero, para mi sorpresa, Íñigo resultó ser un joven moreno, con barba y una sonrisa contagiosa, aunque no era un atleta, sí resultaba bastante simpático.

Él la miraba con adoración, sin prestar atención a nadie más.

En la boda yo daba vueltas intentando llamar la atención del novio, pero él y la novia solo se enfocaban el uno al otro, sin notar mis intentos. Lo único que se dio cuenta fue la madre de la novia, Doña Pilar.

¿Qué haces? le empujó Doña Pilar. Mira, soy una simple obrera, pero puedo peinarme rápido y quedar presentable.

No entiendo de qué habla dije, perpleja.

Lo sabrás pronto. No voy a advertirte dos veces.

Pero yo tengo novio, no es como el suyo mentí, intentando disimular. También nos vamos a casar pronto.

Entonces juega con él sonrió Doña Pilar, vigilándome todo el rato, como protectora de su hija.

Yo no podía calmarme. Mi ego estaba herido. Acababa de romper con mi último chico y no había podido meter a ese desempleado del taller de mi madre en el registro civil.

Resultó que Berta había enganchado a un buen chaval, pero él la había tomado solo porque yo no estaba cerca. Si yo hubiese estado, tal vez ella no habría sido la novia

Después de la boda, Íñigo y Berta se mudaron al piso de Íñigo en el centro de Madrid. Yo me convertí en una visitante frecuente de su casa, siempre ofreciendo mi ayuda, aunque en el fondo esperaba despertar el interés de Íñigo.

Íñigo estaba todo el día en la obra, Berta sufría de un fuerte malestar por el embarazo, y yo me sentía cada vez más cómoda en su hogar.

Voy a preparar la comida le dije, sacando a Berta de la cocina. Si los olores te hacen sentir peor.

No puedo ni mirar la comida admitió Berta. Le he pedido a Íñigo que salgamos a comer fuera hasta que pase esto.

Un café está bien, pero es caro; la comida casera siempre sabe mejor. No te preocupes, yo me ocupo de todo.

En el momento justo Berta dio a luz a una niña, a la que llamaron Lucía. De nuevo mi ayuda resultó útil.

Las dos abuelas eran todavía jóvenes y solo trabajaban los fines de semana. Yo seguía estudiando en la universidad y aprovechaba cualquier hueco entre clases para pasarme por allí y estar cerca de Íñigo.

Él seguía indiferente a mis atenciones, lo que sólo me impulsaba a ser más activa.

Descansa, yo salgo a pasear con la peque le dije a Berta. Le hará bien el aire fresco.

Berta no se opuso; estaba muy débil después del parto. Yo organizaba los paseos para que coincidieran con la vuelta de Íñigo.

Mira, Lucía, ahí viene tu papá. dije, señalando a Íñigo mientras se acercaba al cochecito.

¿No está dormida? preguntó Íñigo, sonriendo.

Seguro que sí, la ha costado mucho el parto. Tiene una figura muy delicada, pero la ayudaré, somos amigas. Vamos, le preparo un guiso.

Aun con todo mi empeño, la relación con Íñigo seguía siendo solo de amistad. Él adoraba a su esposa y conmigo solo era cortés.

Decidí intensificar mis visitas, quedarme más tiempo. Un día, Doña Pilar, la madre de Berta, me pilló en la entrada.

¿Qué haces aquí? la regañó, mirando a su hija.

Madre, ¿por qué me criticas? Aroa me ayuda mucho, no podría hacerlo sola.

¿La has contratado como empleada? ¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Quieres quedarte sin marido?

¿Por qué me llamas monstruo? exploté. Sólo intento ayudar.

Lo sé, lo vi en la boda, lamiéndote la cara mientras mirabas a Íñigo. Sal de aquí mientras puedas

Doña Pilar me echó de la puerta.

No seas ingenua me gritó, no ves a dónde puede llevar esto. Los hombres son débiles, y una madre soltera no te va a aguantar mucho.

Si se va, no me quiere respondí, intentando no llorar. No voy a forzar nada. Tú estás equivocada, Aroa me ha ayudado mucho.

¡Eres una tonta! espetó. No escuches a tu madre, no te lamentes después. ¡Déjala!

Ahora no vendrá suspiró Berta, triste.

Sin embargo, unos días después, aparecí antes de lo habitual, cuando todos estaban en la obra y nadie podía interrumpir mis planes. Berta acababa de arrullar a Lucía y estaba silenciosa en la gran habitación, intentando no despertarla.

Tenía miedo de que no vinieras dije, sentándome en el sofá. No te enfades con mi madre, es una exagerada.

Tu madre dice la verdad respondió Berta, estrechando los ojos. Sólo tú no lo ves. Íñigo y yo llevamos tiempo enamorados, pero él no se atreve a decírtelo. Te siente una tonta, con esas piernas delgadas como de cabra. ¡Qué gracia!

¡Basta, Aroa! sollozó Berta, con los labios pálidos.

He guardado silencio mucho tiempo, pero ya no puedo dije, mirando al suelo. Íñigo y yo tendremos un bebé pronto. Y él me ama de verdad. Suéltalo, por favor.

En ese momento, la puerta se abrió y apareció Íñigo, había venido a comer y, sin decir nada, se encontró con la escena.

Se acercó a mí, me abrazó por los hombros y me llevó fuera. Yo, atónita, me quedé mirando cómo se ponía los zapatos. Me abrió la puerta y, señalando la salida, dijo:

No vuelvas más.

Cerró la puerta y volvió a la sala donde Berta sollozaba.

No le creas a nada de lo que te dice dijo, con voz dura. No hubo nada entre nosotros, nunca lo habrá. No te sirvo, no soy de tu agrado.

No lo creo sollozó Berta. ¿Por qué me odias tanto?

Porque sientes envidia, es natural. Íñigo la tomó en brazos y la llevó a la habitación para consolarla.

Nueve meses después, en esa familia feliz nació Samuel, una pequeña copia de su padre.

¿Dónde está Aroa ahora? Berta ya no le busca. Ya no necesita a nadie que le ayude.

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