La máscara de la bondad: la verdad sobre mi suegra
Siempre creí que mi suegra, Margarita Fernández, me trataba con cariño y atención. Parecía la encarnación de la dulzura: sonreía, me abrazaba al verme y me llamaba “hija”. Pero un accidente le arrancó la máscara, y vi su verdadero rostro: frío, lleno de desprecio.
Mi marido, Javier, era militar, y nuestra vida se asemejaba a un viaje sin fin. Nos mudábamos de guarnición en guarnición, desde las cálidas tierras del sur hasta los fríos bosques del norte. Su familia vivía en la lejana Zaragoza, y nuestras visitas eran escasas pero entrañables. Nos alojábamos en su casa, y ella venía a vernos. Cada vez que llegaba, me alegraba, convencida de que entre nosotras había complicidad.
Cuando Margarita Fernández visitaba, se hacía cargo de todo. Preparaba potajes aromáticos, fregaba los suelos hasta que brillaban y reorganizaba la vajilla a su gusto. Me sorprendía, pero lo atribuía a su deseo de ayudar. Un día, lavé los platos después de cenar, y una hora después la descubrí volviéndolos a fregar. Le pregunté el motivo, disimulando mi incomodidad. “Es que abrí la ventana y entró polvo de la calle”, respondió con una sonrisa leve. Asentí, pero algo en mí empezó a dudar. Desde entonces, siempre volvía a lavar lo que yo hacía, como si mis manos dejaran algo impuro.
Cuando nació nuestra hija, Lucía, me sumergí en su cuidado. Los primeros meses la bañaba en una pequeña bañera, pero al crecer, la guardé en el trastero de nuestro piso de alquiler en Valladolid. La cubrí con cajas de ropa y juguetes olvidados, y la olvidé por completo.
Pasó un año. Llegó el otoño castellano, húmedo y frío, y tocaba buscar el calzado de invierno. Subí al trastero, apartando montones de cosas, y encontré una bolsa de plástico escondida en un rincón. Dentro había un manojo de cartas. La curiosidad pudo más y tomé una, luego otra. Estaban dirigidas al cuartel de Javier. Las había escrito su madre. Al desplegar el primer papel, la sangre se me heló.
Margarita destilaba veneno en esas cartas. Me llamaba inútil, decía que le daba asco compartir cocina conmigo, que tenía que rehacer todo lo que yo hacía, desde limpiar hasta lavar. “Zoqueta e inculta”, así se refería a mí, recordando que dejé la universidad en tercer año. Pero lo peor fue leer que, según ella, “me había aferrado a su hijo como una garrapata” y que Lucía no era suya, sino una “hija de nadie”. Cada palabra me azotaba. Temblé, incapaz de creerlo. ¿Cómo podía hacerlo? Sonreírme, abrazarme, compartir la mesa… y escribir eso a mis espaldas. Y Javier… Lo había leído. Y guardado. ¿Por qué?
El mundo giró. No sabía qué hacer. Quise enfrentarme a él, gritarle, arrojarle las cartas a la cara. Pero algo me detuvo. Un escándalo podía arruinarlo todo: nuestra familia, nuestra frágil paz. Respiré hondo, devolví las cartas a la bolsa y la dejé donde estaba. Esa noche, fingiendo calma, le pedí a Javier que bajara el calzado del trastero. Asintió sin sospechar. Lo observé de reojo, el corazón en un puño. Sacó las cajas, y luego escuché el ruido de la bolsa. Se quedó quieto un instante, la escondió bajo la cobija y se marchó. ¿Adónde la llevó? ¿La guardó? ¿La quemó? Nunca lo sabré.
Desde aquel día, miré a mi suegra con otros ojos. Sus sonrisas me parecieron falsas, sus palabras, mentiras. Pero callé. Por Lucía, por nuestra familia, seguí interpretando el papel de la nuera afectuosa, aunque por dentro todo gritaba dolor y traición.