Querido diario,
Hoy he vivido una situación que me cuesta digerir. Mi hija, Lucía, a doar un año de casada, ha echado a su esposo de casa y ha solicitado el divorcio. ¿Te puedes imaginar? Su padre y yo le organizamos una boda elegante en Sevilla, como manda la tradición, y le dimos el piso que era de su abuela en el Barrio de Triana…
No entiendo qué ha pasado.
Lucía no logra convivir con su suegra. El yerno, Alejandro, es un buen tipo, nada malo puedo decir de él. La suegra crió sola a su hijo e hija, y las dificultades de la vida le han endurecido el carácter. Es una mujer autoritaria y con genio, y sus hijos siempre han seguido sus órdenes.
La hija mayor de la suegra estuvo soltera hasta los 30, porque la madre no toleraba a ningún pretendiente. Ahora, aunque es adulta, sigue sin hacer nada sin el consentimiento de su madre. Incluso cuando redecoraba su piso, la llamaba para que le aconsejara qué papel pintado elegir.
Alejandro tiene poca voluntad y cede siempre ante su madre, mientras Lucía es todo lo contrario. Los fines de semana trabajan en la casa de campo de la suegra en los alrededores de Córdoba. Ella nunca les deja ir a la playa; dice que el dinero no debe malgastarse en caprichos. Si quieren nadar, deben hacerlo en el río Guadalquivir.
La suegra nunca bendijo el matrimonio de Lucía y Alejandro; no la quería y no lo ocultó. Tras la boda, corrió a casa para inspeccionar cómo se desenvolvía Lucía como ama de casa, y no tardó en proclamar que el piso era suyo. Lucía pronto dejó de visitar a la suegra, pues sentía hostilidad y decidió no ir más a la casa de campo.
Al cumplir un año de casados, Lucía quiso viajar a Grecia. ¿Por qué no? Puede permitírselo; gana bien y Alejandro tampoco se queda atrás. Hablaron y buscaron ofertas hasta que la suegra se enteró
¿A Grecia? ¿Tan cansada estás para necesitar vacaciones? Si te sobra el dinero, dámelo a mí, que sabré darle mejor uso. Tu mar es la casa de campo. Si no me obedeces, hijo, piensa que ya no tienes madre.
Alejandro empezó a convencer a Lucía de que su madre tenía razón. Pero a Lucía no le gustó:
Siempre hacemos lo que quiere tu madre. ¿Cuándo vamos a empezar a vivir como nos apetece? ¿Cuándo será nuestro momento? ¡Mientras viva, no nos dejará ir más allá de la casa de campo! dijo Lucía y se fue de vacaciones sola, dejando a Alejandro en casa.
La suegra enseguida comenzó a poner a Alejandro en contra de su esposa, insinuando que seguro tenía un amante en Grecia, ya que voló sin él. La presionó tanto que Alejandro aceptó divorciarse.
En realidad, quizá sea lo mejor. Habría sido peor si hubieran tenido niños. Lucía habría tenido que escuchar la opinión de la suegra sobre todo, hasta sobre la ropa interior que debería comprarle a su hijo. Lucía no estaba dispuesta a bailar al son que marcaba esa mujer.
Mi hija tiene resentimiento, por todo el tiempo perdido. Pero no se iba a resignar ni quería vivir bajo las órdenes de nadie. Está convencida de que un día encontrará otro hombre y que su ex marido se quedará a vivir con su madre.
Hoy he aprendido que, aunque a veces las tradiciones familiares parecen fuertes, la libertad y el respeto a uno mismo valen más que cualquier herencia o piso.





