La madre de mi esposa es adinerada, jamás necesitaremos trabajar celebraba mi amigo entre las nubes de la siesta.
Había una vez un conocido mío que se llamaba Lucas, aunque todos le decíamos Lucho en los pasillos de Toledo. Siempre soñaba, como quien flota entre reflejos de agua, con vivir sin mover un dedo, a la sombra del dinero ajeno. Se empeñó en conquistar a una muchacha de familia pudiente, una de esas chicas con nombre sonoro: Rocío. Yo veía claramente, con los ojos medio cerrados como en los sueños, que Lucho no la quería de verdad, y que de ese matrimonio sólo saldría un espejismo polvoriento. Pero él, tenaz como quien persigue un pez dorado en el Tajo, estaba convencido de que tener una esposa adinerada sería la llave mágica de una existencia dichosa y ligera, llena de tardes eternas en terrazas.
Aquello hasta parecía creíble, si Rocío hubiese sabido ganar el dinero por sí misma. Sin embargo, el secreto del bienestar familiar era su madre, doña Estrella, dueña de varias tiendas grandes en el casco antiguo.
Intenté devolvérselo al suelo:
No pensarás que querrán mantener a alguien que no mueve un dedo. Es mejor ser independiente y tener tu propio trabajo.
Anda, hombre, no seas aguafiestas. Tenemos un niño en camino, ¡y confían en mí completamente! me respondía él, riendo como el eco en una plaza vacía.
Yo no lograba entenderlo. Me parecía injusto hacerle eso a Rocío; dudaba entre decírselo o dejarlo ser, como hojas que caen. A fin de cuentas, un hombre debe trabajar y sostener su hogar, aunque sea sobre sueños de arena.
Pasó el tiempo, y la curiosidad me picaba como un grano de arroz en el zapato. Le pregunté a Lucho dónde trabajaba. Resultó que ni él ni su esposa hacían nada: mataban las horas encerrados en su piso, jugando a la consola, viendo concursos viejos en la tele, o durmiendo hasta que la tarde se volvía azul. La comida les caía del cielo, siempre servida por las manos de doña Estrella. Hubo un momento en que incluso llegué a envidiarlos. Al fin y al cabo, Lucho había alcanzado esa vida que persigue uno entre sueños.
Mi suegra es riquísima, jamás tendremos la necesidad de trabajar. se jactaba, como si recitase un conjuro.
Pero todo colchón de plumas puede rasgarse. Pronto, los negocios de doña Estrella empezaron a tambalearse como barcos ebrios en la niebla. Sus ingresos se desplomaron. Y fue entonces cuando les propuso a Rocío y Lucho trabajar en una de las tiendas: entre estantes y cajas, bajo el brillo artificial de los fluorescentes.
Pasó un mes. Una tarde, mientras la luz amarilla del atardecer jugaba en mi pared, sonó mi móvil. Al otro lado, la voz de Lucho sonaba perdida:
¿Podrías prestarme cinco mil euros por un par de semanas? Busco curro y tengo una entrevista. En cuanto me den la paga, te devuelvo el dinero. Estamos tiesos confesó, como quien revela que el agua de los sueños se ha evaporado.
Así terminó su vida despreocupada, como un globo pinchado. Desde entonces, tanto él como Rocío trabajan. Al poco tiempo me devolvió el préstamo.
Y así aprendimos, entre calles de Toledo y días de verano interminable, que fiarse de la riqueza ajena es como pretender encerrar la niebla en un frasco. Es mejor ser independiente, andar el propio camino. Sólo así se puede respirar tranquilo, incluso cuando la vida parece un sueño raro entre la siesta y la vigilia.







