Hoy casi salgo corriendo de casa cuando, de repente, el teléfono empezó a sonar desde el salón con esa insistente melodía de siempre. No tenía ninguna gana de volver atrás: mis amigos ya me esperaban en el portal y hacía apenas unos minutos había abandonado mi balón de fútbol porque nos esperaba un partido decisivo en el campo detrás del edificio. Me quedé un rato en la puerta, esperando a ver si el teléfono dejaba de sonar, pero seguía repicando con una terquedad que sólo los teléfonos de casa pueden tener.
¿Quién será ahora? mascullé entre dientes, molesto, y volví al interior, sin descalzarme siquiera.
Descolgué el auricular, seguro de que sería otro encargo de mi madre o la típica cantinela de la abuela: ¿has merendado? ¿Te has lavado las manos? ¿Por qué no llevas jersey? Cosas de mayores, cosas que solo preocupan a ellos.
¿Diga? contesté con desgana.
¡Hola! ¿Miguel? la voz de un hombre desconocido me sorprendió.
Mis padres no están le respondí, a punto de colgar porque seguro que buscaban a mi padre o a mi madre, pero me detuvo.
Miguel, por favor, escúchame. No cuelgues, de verdad. Es importante hizo una pausa breve, después prosiguió. No vas a creerme, pero necesito que me hagas caso. Coge un boli y apunta todo lo que te diga. No tengo mucho tiempo para explicaciones. Yo soy tú, pero del futuro. Ya sé que suena raro, pero por favor, hazlo. Es muy importante. ¿Tienes ya boli y papel?
Siempre me habían dicho que era un chico educado, quizá por eso no le colgué de inmediato. Y tampoco me apetecía discutir; la abuela siempre decía que con locos lo mejor es darles la razón y luego hacer lo que uno quiera. Desde luego, a mí me quedó claro que este tipo debía haber perdido la chaveta, o quería gastarme una broma pesada. A veces mis amigos y yo hacíamos parecidos: llamábamos a números al azar y preguntábamos si tenían agua corriente, para decir luego “¡pues llena la bañera, que te llevo un elefante a bañar!” o cualquier otra tontería. Así que decidí jugarle el juego y terminar rápido la llamada, por si acaso resultaba ser solo una broma.
Lo tengo dije serio. ¿Y en el futuro tengo un zapatófono?
¿Zapaqué…? el hombre se trabó. Miguel, esto no es una broma. Si me haces caso y lo apuntas todo bien, tendrás otro móvil aún mejor, y muchas cosas más.
Bueno, apunto respondí, mirando por la ventana mientras mantenía el teléfono en la oreja y me aburría esperando que terminara ya. Mis amigos seguro que empezarían sin mí si tardaba mucho.
El hombre empezó a enumerar fechas y años: que ni de broma confiara en una tal Laura de la clase de al lado y que ni se me ocurriera acercarme a nada parecido a unas participaciones piramidales. Que, en su día, comprara y vendiera dólares, luego otra vez a comprar, y así cada pocas semanas, que tuviera cuidado con el “martes negro”, que los salones recreativos y los casinos mejor evitarlos, que existirá algo llamado bitcoin, que invirtiera en viviendas cuando nadie las quisiera Un carrusel de palabras raras a través del teléfono.
¿Lo tienes todo? preguntó el hombre.
Todo contesté.
Confío en ti. Guarda esa hoja como si fuera un tesoro. Que nadie la vea, y no la pierdas nunca, ¿de acuerdo? y la línea se llenó de pitidos entrecortados.
Colgué y salí volando al campo de fútbol. Por la tarde, cuando mis padres volvieron del trabajo, recordé la llamada y se la conté entre risas. Un tal “Miguel del futuro” me había llamado.
No hables nunca con desconocidos, hijo, y mucho menos con chalados que te dicen que compres dólares fue la reacción de mi padre. En casos así, di que llamas ahora mismo a la policía y cuelga.
Eso, eso asintió mamá. Además, ¿para qué queremos nosotros dólares? Bastante hacemos con los euros
***
Al tiempo, me olvidé por completo de aquella llamada. Los líos de niño acabaron relegando los martes negros y los bitcoins a un rincón polvoriento de la memoria. La vida siguió: los años de aprendizaje, los juegos, la amistad, la felicidad simple de la infancia. Un día, en tercero de la ESO, llegó a la clase paralela una chica que me descolocó: era Laura y enseguida supe que quería conocerla. Con el tiempo, los paseos después de clase y las notas discretas se convirtieron en algo más.
Tras la mili, Laura y yo acabamos casándonos. Los noventa ya retumbaban con toda su estridencia y aquella euforia de dinero fácil y colores chillones pronto se transformó en desilusiones y alguna que otra resaca amarga de licores demasiado baratos. La crisis nos arrastraba de una ola a otra. Quería comprarle unas botas a Laura, como prometía aquel anuncio de la tele, pero al final no alcanzaba ni para unas zapatillas. El mini piso de la hipoteca se me hacía cada vez más pequeño y el recibo mensual una losa…
***
Me senté en un banco del parque, con una lata de cerveza fría en la mano y un paquete de cigarros en el bolsillo. Mi mirada vagaba sin rumbo, entre la gente y las farolas, por la tarde gris que apenas iluminaba Madrid. No sé en qué momento se sentó a mi lado un hombre mayor con gafas y un portafolios de cuero.
¿Le importa? preguntó amablemente mientras se acomodaba.
Le lancé una mirada distraída, le hice un gesto de aprobación y abrí la lata para dar otro sorbo.
Hoy el día está gris comentó, sin hablarme, agarrado a su portafolios.
Como toda la vida le respondí.
¿No cree que es curioso? se giró hacia mí. Parece que los días grises sólo llegan con los años. Si pienso en mi niñez, solo recuerdo el sol. La primavera era ríos pequeños y barquitos; el verano olía a césped recién cortado y agua del río; el otoño era un festival de colores; el invierno, crujidos bajo las botas. Ni un solo día gris en la memoria.
De niños no tenemos problemas reconocí. Son estos los que lo tiñen todo de gris. ¿Quién iba a pensar de crío que acabaría todo así?
Sin saber ni cómo, le conté mi vida: sueños rotos, embustes, desengaños. Desde las estafas piramidales hasta los recreativos en cada esquina, las promesas rotas y los créditos interminables, cómo mi mujer me dejó yéndose con otro a Sitges, y cómo ahora malvivía de un trabajo a otro, de nómina en nómina.
Pero mire, hace poco he visto un curso de estos de “mentalidad de millonario” dije de repente. El tipo decía que ponga el dinero en criptomonedas, que se gana un 500% por semana. Esta vez, lo veo claro.
Disculpe, joven me interrumpió levantándose las gafas. ¿Qué formación tiene usted? ¿A qué se dedica?
Trabajar es para pringados solté alzando la lata. El dinero hay que hacerlo. Si pudiera saber de antemano en qué invertir
Ambos guardamos silencio unos minutos. Yo soñaba con ese dinero fácil y él parecía sumido en sus pensamientos.
¿Así que opina que, conociendo el futuro, todo se puede arreglar? me preguntó.
Por supuesto asentí.
Me parece interesante. Déjeme enseñarle mi invento abrió el portafolios y, para mi asombro, sacó un teléfono antiguo de los de disco. Mire, hay una teoría según la cual el tiempo no es ni lineal ni circular. Es todo a la vez.
No lo entiendo reconocí.
Digamos que pasado, presente y futuro están sucediendo simultáneamente. Ahora mismo, usted está viviendo, en distintos planos, todos los momentos de su vida.
Sigo sin entender admití.
No importa me giró el teléfono. Mi aparato permite llamar a tu yo de hace cuarenta años. Lo he probado ya conmigo mismo, aunque no me atreví a hablar mucho, sólo pregunté en qué año estaban. Lo curioso es que de aquel episodio no guardo recuerdo en mi juventud. No entiendo si al intervenir el pasado se repite el presente, o cambia el futuro. ¿Cómo afectará todo esto?
Pensé que el hombre deliraba, claro. Pero ¿y si no? Si algo había aprendido de Internet es que lo increíble a menudo era real, y los ricos siempre parecen llevarnos ventaja porque saben algo que los demás no sabemos.
¡Vamos a probar! dije, animado.
¿Recuerda su número de casa? me preguntó. Debe coincidir que usted mismo, hace cuarenta años, estuviese allí para contestar.
Se lo dije; recordaba perfectamente los siete números y, por la hora, a esa hora estaba siempre en casa de niño. Tomé el auricular y marqué, los dedos temblando de emoción y escepticismo.
No tendrá mucho tiempo me advirtió el hombre. Gasta mucha batería. Le aviso que yo no me hago responsable de nada.
Seguro que puedo contesté, y empecé a marcar. Tono largo. No te preocupes, viejo, si no mientes, lo comprobaremos ya y arreglamos el presente.
Justo cuando estuve a punto de rendirme y pensar que aquello era una bobada, contestó una voz infantil, indignada en el otro lado.
¿Diga? gritó mi yo pequeño.
¡Hola! ¿Miguel? me sudaban las manos del temblor.
Mis padres no están contestó la voz, y me di prisa antes de que colgara.
Miguel, escúchame, por favor. No cuelgues. Es muy importante. Tengo poco tiempo. Yo soy tú, pero del futuro. Sé que cuesta creerlo, hazme caso y apunta todo lo que te diga.
Tengo el boli me contestó.
Miguel, que no es broma. Si me haces caso, tendrás de todo, móviles de los mejores y la vida que quieras.
Vale, apunto me respondió, con esa confianza directa de quien no tiene preocupaciones.
Le conté todo lo que recordaba: cómo al volver de la mili en el 93 conseguí un buen empleo pero que la juventud y los vicios nos esfumaron todo el dinero, cómo Laura no me sirvió de nada. Le avisé: nada con Laura, invierte en dólares a tope; cuándo comprar y vender; nada de recreativos, mejor montarlos tú; nada de chiringuitos piramidales, compra un pisito barato cuanto antes, y en 2009 mete algo en bitcoins. Todo lo que pude resumir en esos dos minutos, lo compartí como si fuera el mayor consejo de mi vida. De vez en cuando le preguntaba si seguía apuntando.
¿Tienes todo? pregunté.
Todo contestó mi yo niño.
Cuida esa lista como un mapa del tesoro y no la pierdas ni se la enseñes a nadie, ¿vale?Pero la conversación se cortó.
***
Por supuesto, aquel niño, yo mismo, no apuntó nada. Seguramente sólo aguantó el rollo, esperando que aquel pesado colgara, y en cuanto pudo, se marchó corriendo al campo de fútbol, bajo el sol de la tarde de Madrid. Quizás fue una broma sin demasiada gracia, pero pensé: “Mejor contárselo a mis padres esta noche, por si acaso”. Y volví a lanzarme a la vida y al partido.





