La llamada del pasado

El timbre del recuerdo

A la mañana temprano, Almudena Gómez descubrió que el reloj de la entrada se había quedado inmóvil. Las manecillas señalaban las cinco menos cinco. Lo sacudió, lo acercó al oído; sólo el silencio. Será la pila, pensó, o tal vez una señal. Pero, ¿señal de qué? Todo lo que había deparado su vida ya había sucedido. Los hijos habían crecido y habían abandonado el nido. Su marido, gracias a Dios, seguía vivo y fuerte, aunque llevaba ya cinco días alojado en la casa de campo de un viejo amigo. La soledad, a la que se había acostumbrado, le parecía en esos minutos matutinos más resonante y palpable.

Preparó un café con leche y sus ojos se posaron sobre una caja de postales antiguos que había sacado la noche anterior del desván, mientras ordenaba. Almudena tomó al azar un sobre amarillento. No era un postal, sino una carta escrita con una caligrafía ligera, casi infantil. «Querida Almudena, te deseo un feliz cumpleaños y» siguieron los habituales deseos, pero el corazón le dio un vuelco al ver la firma: «Tu siempre, Sergio».

Sergio Ortega. El amor de sus años de universidad, aquel joven por quien estuvo dispuesta a casarse, pero cuya vida tomó otro rumbo. Él se mudó a otra ciudad para cuidar a su abuela; los intercambios de cartas se hicieron escasos y después cesaron por completo. Almudena conoció a otro, se casó, tuvo hijos. No pensó en Sergio durante, al menos, treinta años. Él se había convertido en un fantasma de otra vida, vago y sin conexión con la suya.

Sin embargo, al sostener aquella carta, sintió una punzada de pesar. No por una vida que no se dioamaba la suyasino por un hilo importante que se había roto entonces y quedó suspendido en el aire, sin resolverse. ¿Qué había sido de él? ¿Seguiría vivo?

La idea le pareció tonta, impulsada por el silencio matutino y por el reloj detenido. Dejó la carta, acabó su café y se puso a ordenar. Pero la imagen de Sergio no la abandonaba. Recordó los paseos de otoño por el Retiro, cómo le leía poemas de Antonio Machado que ella apenas comprendía, pero fingía entender para escuchar su voz.

El día transcurrió en una especie de estado meditativo. Recorrió las habitaciones, barrió fotografías viejas, cartas, baratijas. El reloj, inmóvil, la observaba en silencio.

Al día siguiente compró una pila por dos euros con cincuenta céntimos y la introdujo en el reloj. Las agujas temblaron y volvieron a girar. Un clic, el familiar tictac llenó la entrada. En ese mismo instante sonó el teléfono.

¿Almudena? dijo una voz conocida hasta el punto de doler. La voz que sólo había escuchado en sus sueños de juventud. Soy Sergio. Perdona la molestia, pero no sé cómo explicarlo. Ayer no pude dejar de pensar en ti. Fue como una idea que no se despega. Encontré tu número a través de conocidos comunes Seguro que ya me has olvidado.

Almudena guardó silencio, observando el reloj que ahora marcaba el tiempo con firmeza. No lo había olvidado; lo había guardado lejos, como se oculta lo más valioso y lo más inútil. Y ahora volvía, no para voltear todo, sino para poner punto. O quizá una elipsis.

Te recuerdo, Sergio murmuró. Ayer estaba releyendo tu carta.

Del otro lado se quedó una pausa llena de asombro.

No puede ser susurró él. Sabes, ayer encontré una foto nuestra junto al río. Allí estábamos

Conversaron más de una hora. Resultó que vivía a tres horas en coche de Madrid, tenía una hija adulta y un nieto pequeño. Su esposa había fallecido hacía cinco años.

Acordaron encontrarse, simplemente a tomar un café y conversar.

Almudena colgó y se acercó a la ventana. La lluvia caía, golpeando el alféizar y limpiando el polvo del día. No sabía qué vendría después; nada se decidía, nada se rompía. Sólo el reloj, que había dejado de latir, volvía a marcar. Y en su vida, tan ordenada y predecible, surgió un leve y casi imperceptible tictac de un nuevo tiempo.

No hizo planes. Ni siquiera se imaginó el encuentrotemía romper el hechizo, temía engañarse con sus propias expectativas. Vivió esos días en un estado extraño, como caminando sobre hielo primaveral, sintiendo cómo cruje bajo los pies, a punto de romperse.

Su marido volvió de la casa de campo, bronceado, con el aroma a sol y a churrasco. Relató la pesca, la reparación de la sauna con un amigo. Almudena asentía, sonreía, servía un plato de gazpacho, pero se descubría observándolo desde fuera, su rostro amable, sus manos que manejaban el martillo o la cuchara con la misma seguridad de siempre. Pensó: ese es mi marido, el hombre con quien he vivido. Y, más allá del umbral, existe otra vida, fantasmal, la de aquel hombre mayor con la voz del pasado.

El día del encuentro se vistió con un sencillo vestido beige, el mismo que su marido siempre le decía que le quedaba bien. No se maquilló demasiado; sólo un ligero toque de rímel. «¿Para qué?», se preguntó. «¿Para demostrarle que el tiempo me ha favorecido? ¿O para convencerme a mí misma?»

Eligió un café discreto, alejado del bullicio del centro, con mesas pequeñas y el olor a bollería fresca. Al entrar, lo vio al instante. Él, sentado junto a la ventana, jugueteaba nervioso con una servilleta y miraba su taza. En ese momento lo reconoció: no al joven con guitarra, sino al hombre de hoy, con arrugas que relucían como rayos de luz, manos que ya no eran infantiles. Levantó la vista, se puso de pie y, en su rostro, la sorpresa dio paso a una timidez casi temerosa: «¿Eres tú?»

Almudena dijo, con la voz temblorosa.

Sergio respondió ella, tomando asiento, las piernas temblorosas.

Los primeros minutos fueron superficiales: el clima, el camino, los cambios de la ciudad. Él confesó que había viajado como si fuera un examen, cambiándose de camisa tres veces. Almudena rió y el hielo comenzó a derretirse.

Después vinieron los recuerdos. Primero tímidos, como quien prueba agua. Luego más atrevidos. Rieron de anécdotas universitarias que entonces parecían tragedias y ahora resultaban cómicas. Recordaron al temido profesor de estática, a los paseos nocturnos por la Gran Vía de Madrid con todo el curso.

Cuando el café se hizo escaso y sobre la mesa reposaban tazas nuevas, surgió la pausa que anticipaban.

Después de todo, me arrepiento mucho dijo él, sin mirarla, girando el platillo. No haberte llevado conmigo. Creí que era lo correcto, que nos daría tiempo. Pero el tiempo no estuvo de nuestro lado.

Almudena calló. ¿Qué podía decir? ¿Que también lo lamentaba? Eso sería una falsedad. Porque de aquella bifurcación surgió su vida: el marido, los hijos, sus alegrías y tristezas. Lamentarlo sería traicionar todo eso.

No lo digas, Sergio susurró. No hay que lamentar. Todo fue como debía. Éramos jóvenes e ingenuos. Si hubieras insistido y yo hubiera ido quizá nos hubiéramos desgarrado en un mes. Tú habrías sido el hombre que me robó la vida en Madrid y yo, una carga para ti y tu abuela.

Él la miró, sorprendido y con una melancolía clara.

¿Así lo ves?

Estoy segura. Idealizamos el pasado, Sergio. Nos enamoramos de nuestros recuerdos, no del otro. De esas dos versiones que ya no existen.

Se recostó en el respaldo de la silla y exhaló, un suspiro que parecía aliviado y decepcionado a la vez.

Siempre has sido más sabia dijo él. Vine aquí sin saber qué, con la esperanza de un milagro, de volver a vernos y que el tiempo retrocediera.

El tiempo no retrocede respondió ella con una sonrisa suave. Sólo está. Y lo tuvimos. Eso es hermoso. Pero ahora es otro tiempo.

Salieron juntos del café. Él la acompañó hasta el coche.

Gracias dijo él. Por venir y por la verdad.

Gracias a ti replicó ella. Por haber buscado. Era importante saberlo.

Él asintió, luego, vacilante, extendió la mano. Ella la tomó, cálida, firme, real, y la soltó.

Al volver a casa, observó las calles por las que había corrido cuando era joven y torpe. Nada había cambiado y todo había cambiado. No sintió tristeza ni vacío; había una luz serena, una quietud interna, como la de una habitación después de una larga conversación, cuando todo se ha dicho y el alma se siente ligera.

En casa, su marido veía el fútbol. Al verla, apagó el sonido.

¿Qué tal? preguntó, sin reproches, sin celos, sólo con interés.

Nada contestó ella. Charla ligera.

¿Te ha parecido bueno? insistió, mirando su cara con curiosidad.

Sí, pero extraño.

Se dirigió a la cocina para poner la tetera. Su mirada se posó en un jarrón de violetas silvestres que su marido había traído esa mañana del patio. Tocó los pétalos frescos y húmedos.

Él entró, la abrazó por detrás y apoyó su mentón sobre su cabeza.

Te quiero dijo, como si anunciara que mañana lloverá.

Yo lo sé respondió ella, cerrando los ojos. Yo también.

Comprendió entonces que el reloj de la entrada se había detenido no para devolver el pasado, sino para afianzarla en el presente. Para mostrarle que todo lo vivido fue necesario y que lo que ahora existe es el único lugar correcto en el universo.

Ya no escuchaba su tictac, pero sabía que ahora latía con exactitud.

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