Mira, ahí está, ¡te lo garantizo! susurró una mujer de aspecto elegante a un hombre que parecía recién sacado del bar de la esquina. Observémosla un par de minutos.
Una niña de unos cinco años jugaba con concentración en el arenero, empeñada en construir un castillo digno de la princesa más exigente. A decir verdad, lo suyo era más un montículo de arena tamaño volcán, pero Lucía rechazaba con orgullo cualquier ayuda adulta. ¡Ella podía sola! Además, aún faltaba excavar el foso y, por supuesto, la cueva para el dragón. ¡Alguien tenía que defender el reino!
Corría un tórrido día de verano en Madrid. Bajo el toldo que alguien había tenido la buena idea de colocar sobre el arenero, Lucía estaba en la gloria, mientras sus padres se asaban como sardinas a la plancha. Temiendo que la pequeña se tostara, su madre buscó la sombra y, de paso, mandó al marido a por granizados y helados. Cuando sonó el móvil de Patricia, se despistó un momento y perdió de vista a la niña. Eso era todo lo que necesitaban los observadores de enfrente.
¡Hola, pequeñaja! saludó la mujer, sentándose sin ningún pudor junto a la niña y provocando que Lucía diera un respingo y, de rebote, se viniera abajo el castillo. El desastre fue mayúsculo. Lucía tenía ya lágrimas en los ojos: ¡su obra maestra reducida a polvo!
No llores, total era solo arena. Si quieres, te hago yo un palacio de verdad intentó consolarla la desconocida, pero la niña tenía muy claro el protocolo de emergencia.
¡MAMÁ! soltó a pleno pulmón Lucía, recordando todas las charlas sobre desconocidos de la seño y sus padres.
Se incorporó veloz, salió del arenero dando saltos y logró escaparse del intento de abrazo de un hombre con pinta de armario empotrado, que quiso retenerla.
Al oír aquel grito desgarrador, Patricia salió disparada con tal ímpetu que el teléfono fue víctima colateral del pánico. Aún llegó a oírse la voz angustiada de la abuela al otro lado del móvil.
Mi vida, dime qué ha pasado dijo Patricia, abrazando con fuerza a su hija.
Allí, mamá… allí hay una señora rara, y un señor también. Él quería agarrarme. ¡Tengo miedo, mamá!
En ese momento llegó también el padre. Echó un vistazo rápido a la niña, comprobó que estaba perfecta y luego miró inquisitivamente a los dos tipos sospechosos.
La mujer, de unos sesenta, frunció los labios con indignación ante semejante escena emocional. Esa niña… no podía ser otra, era su nieta. Mismo pelo, mismos ojos, la misma cara redonda… una copia de Mario cuando era pequeño, aunque versión niña.
Ya veo que te has ido lejos comentó la mujer, evaluando a su exnuera con aires de marquesa sentenciosa. ¿Y cómo se te ocurre llevarte a mi nieta a la otra punta del país?
Diego, lleva a Lucía a casa, yo me ocupo de esto indicó Patricia, confiando a su marido su pequeña joya. Y llama a mi padre; que mande a alguien de sus chicos.
¡Eh, ni lo sueñes! ¡Quiero conocer a mi nieta! chilló la mujer, aunque haciendo poco por detener al marido de dos metros de alto y más ancho que la Puerta de Alcalá. ¡Por qué no pregunté si esta chica se había vuelto a casar!
Señora Carmen, alargó Patricia el nombre como si le diera repelús. ¿De qué habla? ¿Qué nieta? ¿Se le han ido ya las cabras? Me refresco la memoria…
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¿Y mi futuro nieto, qué tal? preguntó Carmen, impaciente, cuando su hijo y nuera regresaron del hospital.
Va a ser una niña, ya se lo dije respondió Patricia con una sonrisa forzada, deseando que la suegra cogiera el AVE cuanto antes rumbo a su casa. Últimamente solo se marchaba a dormir y Patricia andaba refugiándose en el dormitorio con la excusa de estar mareada.
El médico se ha equivocado, seguro replicó Carmen, tajante. En los Fernández solo nacen chicos.
¿Por eso desheredó usted a su hijo mayor? ¿Porque tuvo una hija? respondió Patricia a lo Goya, cansada de la letanía diaria.
¡Esa niña no era suya! saltó la suegra, visiblemente molesta con el recuerdo. ¡Vanessa lo engañó, y él, bobo, la creyó! ¡Y yo que le advertí!
Vanessa tiene la prueba de ADN, y usted la miró mil veces buscando un fallo. Intentó convencer a Álvaro de que era falsa.
¡¡Esa prueba era falsa!! ¿Y tú por qué dudas de mí? casi siseó Carmen, luchando por no montar una charla monumental. Mejor no aún se le iba a estropear el nieto y menuda gracia.
Pues nada, me voy a tumbar, si no le importa. Me mareo solo de pensar.
Patricia se aisló cerrando la puerta a cal y canto. Últimamente se preguntaba si casarse con Mario fue una ocurrencia o una tromba de agua. Sí, le quería, pero, ¿aguantar a semejante suegra? Su madre, tan gallega como sentenciosa, se lo advirtió: Mejor lejos de esa familia o no vas a pegar ojo.
Lo habló un par de veces con Mario: mudarse, empezar de nuevo. Él lo vio como una herejía.
¿Y dejar a mamá sola? ¿Y mi padre? Se pasa el día en el sofá viendo La Liga, ni clavar un clavo sabe. ¿Mi hermano? Está enfadado con mamá. Y las pruebas ya sabes, eso se puede falsificar…
Patricia le pidió al menos que pusiera algún límite:
¡Mamá solo quiere ayudarnos! protestó Mario. Da buenos consejos y te echa una mano. Agradeceselo, mujer. ¡Siempre estás en el dormitorio!
Estoy en el dormitorio porque no aguanto tanto consejo estalló Patricia. Si no para, no va a ver a su nieta. Me largo con mis padres. ¿Te acuerdas de que mi padre es comisario?
Tras aquel brote, Carmen bajó un poco el volumen. No dejó de presentarse a diario, pero ya no se quedaba a vivir en el salón, y las críticas menguaron. Patricia sabía que aquello era solo la calma antes del siguiente episodio.
El mayor problema, sin embargo, era la inquina de Carmen de tener un nieto varón. Solo aceptaba nietos con colgajo, como si estuviera en la Edad Media. El ejemplo del hijo mayor que al menos era normal se lo dejaba claro.
Mario iba por el mismo camino: él solo admitía niños en su árbol genealógico y pasaba de las ecografías como quien ve un partido de segunda división.
Si es niña, os echo a la calle a las dos soltó un día, medio ebrio. Así sabré que me has engañado, no soy Álvaro.
Esas palabras fueron el broche final. Patricia se convenció de que el matrimonio tenía menos futuro que la Lotería Nacional y empezó a pensar en la logística del divorcio. Su padre sería mano de santo
Nació, cómo no, una niña. Mario montó un espectáculo en la maternidad que dejó traumatizada a la compañera de habitación, una chavala a la que le faltaba poco para hacerse monja en vez de madre. La seguridad llegó y Mario salió como los toreros tras una mala faena.
Al día siguiente apareció Carmen. Más discreta, pero igual de faltosa. Cuando empezó a rayarse y rayar a Patricia por segunda vez, se presentó el padre de la chica uniforme incluido y con una ceja puso a la señora en órbita. Le advirtió de que si seguía molestando habría problemas legales, y a la mujer se le bajaron los humos.
Mario, mientras, fue raudo al juzgado a pedir el divorcio. Pero, ¡ay! Leyó que no se puede hasta que el bebé cumpla un año. Así que optó por abrir un proceso para negar la paternidad.
Hasta el abogado, acostumbrado a casos de loquillos, ponía el grito en el cielo:
Eso de que en esta familia solo nacen niños no será argumento, ¿verdad? ¿Bebió mucho en la boda, verdad?
¡No es hija mía! Mario, bien adoctrinado por la madre, seguía a lo suyo.
Lo siento, pero si hay ADN, el juez lo tiene claro.
Al final, ni test era necesario. Patricia cortó por lo sano. Mejor madre soltera que aguantar a tanto Fernández desatado.
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¿Y ahora? ¿Ya se acuerda de por qué no lleva a Mario? preguntó Patricia, calmada.
Mario… Mario falleció susurró Carmen, ahora compungida. Tu hija es lo único que me queda de él. No te preocupes, la educaremos bien, será una buena persona…
¿Vosotros? ¿Educar? ¡Venga ya! saltó Patricia, ahora con toda la furia del Foro. Vosotros no sois nadie para mi hija y el juez lo ha dejado clarísimo. Si os acercáis otra vez a Lucía, aviso a la policía. Mi padre mueve más hilos en Madrid que la tuna universitaria, ¡no os conviene!
Es que no nos queda nadie…
Tienes un hijo mayor, a quien tampoco tragas. Y él también tiene una hija, podéis ir a su casa.
No quiere vernos admitió Carmen, bajando la mirada. Por fin, le cayó el veinte.
Un hombre sensato asintió Patricia, triunfal. ¿Todavía esperas algo, después de todo lo que nos habéis hecho? ¿Te recuerdo cómo llamabas a mi niña?
¿Todo bien, Patricia? dos agentes municipales, mandados por su padre, aparecieron por arte de magia.
Nada grave respondió Patricia, sonriendo como si hubiera ganado la Lotería. Por favor, acompañen a estas personas fuera de Madrid.
Pero
Sin peros cortó el más fornido. Los Fernández emprendieron la retirada con cara de funeral mientras Patricia se iba a casa con la moral por las nubes. Pero antes de abrir la puerta, se le cruzó un pensamiento:
Será mejor mantener vigiladitos a estos Fernández No vaya a ser que me la líen otra vez. Se lo diré a papá, por si acaso.







