Mira, ahí está. Te lo aseguro, es ella susurró una mujer de porte altivo a un hombre sencillo. Observemos un par de minutos.
En esos veranos abrasadores de antaño, una niña de apenas cinco años jugaba apacible en la arena de un parque de Madrid, concentrada en construir un castillo digno de cualquier princesa de cuento. Por más que aquello pareciera tan solo un cúmulo de arena, Leonor rechazaba toda ayuda: ¡ella podía sola! No debía olvidar tampoco excavar un foso ni preparar una cueva para el dragón que habría de custodiar aquel pequeño reino.
El sol reinaba sobre la plaza y sólo Leonor, cobijada bajo la lona que su madre había desplegado, parecía estar cómoda. Su madre, Teresa, temiendo un golpe de calor para la pequeña, prefería refugiarse bajo la sombra de los castaños, mientras enviaba a su marido en busca de horchata y helados. Un inoportuno telefonazo despistó a Teresa, que perdió a su hija de vista apenas un instante; instante suficiente para quienes acechaban cerca.
Hola, niña la desconocida se agachó descaradamente junto a Leonor, lo que provocó que la niña se apartara, asustada. Perdiendo el equilibrio, cayó sobre su propio castillo, desmoronándolo casi por completo. Se le anegaron los ojos en lágrimas: todo el esfuerzo desaparecido en un suspiro. No llores, cariño, si esto es sólo un montón de arena. Si quieres, yo te hago un castillo de verdad.
¡MAMÁ! gritó Leonor con todas sus fuerzas, recordando cada consejo de la guardería y los de sus padres sobre desconocidos.
De un salto, la pequeña salió de la arena, eludiendo por milagro los brazos de un hombre desconocido que intentó sujetarla.
El desgarrador alarido puso a Teresa en pie, quien salió corriendo y olvidando el móvil en el suelo. Su interlocutor, al otro lado de la línea, aún pudo escuchar durante unos segundos.
Mi niña Teresa abrazó a su hija temblorosa. ¿Qué ha pasado, pequeña?
Ahí… balbuceó Leonor entre sollozos. Una señora rara, y un señor… Quería cogerme. ¡Mamá, tengo miedo!
En ese momento, llegó el padre. Comprobando de un rápido vistazo que la niña estaba bien, se volvió hacia la pareja que tanto la había asustado.
La mujer, rondando los sesenta, apretó los labios, observando la escena familiar. No albergaba dudas: esa niña era su nieta, con el cabello y los ojos de su hijo. Era como ver a Miguel de pequeño, pero en versión femenina.
Te has ido lejos, ¿eh? empezó la mujer con desprecio, evaluando a la que fuera su nuera. ¿Y con qué derecho has sacado a mi nieta de la ciudad?
Marco, lleva a Leonor a casa. Yo manejo esto ordenó Teresa, entregando con confianza “su tesoro” a su marido. Llama a mi padre, por favor. Que mande a alguien de los suyos.
¡Eh, no te atrevas! Quiero ver a mi nieta protestó la mujer, aunque sin intentar retener al fornido Marco. ¿Para qué? ¿Qué iban a hacer contra un tipo de semejante tamaño? Piensa que tendrían que haber averiguado antes si Teresa se había vuelto a casar
Doña Remedios, Teresa arrastró el nombre con desdén frente a la mujer. ¿De qué nieta habla? ¿No recuerda nada o ya la memoria le falla? Permítame refrescárselo…
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¿Y cómo va mi futuro nieto? preguntó impaciente Remedios al hijo y la nuera, de vuelta del hospital.
Va a ser una niña, ya se lo dije sonrió con rigidez Teresa, deseando que su suegra regresase a su casa de una vez. Aquella mujer apenas dormía fuera y era preciso refugiarse en el dormitorio esgrimiendo indisposiciones.
El médico se equivoca declaró Remedios, rotunda. En la familia de los Olmedo, sólo nacen chicos.
¿Por eso desterró a su hijo mayor? Porque tuvo una hija con su mujer ironizó Teresa, cansada de escuchar siempre la misma cantinela.
¡Esa cría no es suya! Remedios se enfureció, sin querer recordar aquel episodio desagradable. Esa tal María lo engañó. ¡A mí no me quiso oír! Se dejó manipular por una cualquiera escupió.
María tiene la prueba de ADN, y usted lo sabe. Revisó el documento mil veces. No convenció a Alejandro de que era un montaje.
¡Pues era falso! ¿Cómo te atreves a dudar de mí? Niñata…
Voy a descansar un poco. Me duele la cabeza zanjó Teresa, cerrando la puerta del dormitorio tras de sí, y preguntándose una vez más en su fuero interno si casarse con Miguel había sido un error. Sí, le quería, pero aguantar a esa suegra Su madre tenía razón: habrían hecho mejor alejándose de aquella mujer.
Había preguntado a Miguel por mudarse, pero él lo rechazó de pleno, incapaz de dejar sola a su madre. El padre, ausente y sin iniciativa, nada aportaba; el hermano, enfrentado a la madre, tampoco contaba.
Así que suplicó a Miguel al menos un poco de cordura: que su madre no se entrometiera tanto.
¡Mi madre sólo quiere lo mejor! Da buenos consejos y te ayuda en casa, deberías agradecérselo. Deja de esconderte replicó Miguel.
¡Me encierro en la habitación porque no aguanto a tu madre más! Si no se aparta, te juro que me voy con la niña. Mi padre, que no es cualquiera, me ayudará. Te dejo más que claro.
Tras aquel estallido, Remedios bajó el tono. No dejó de acudir a diario, pero empezó a ennegrecer menos el ambiente. Pero Teresa sabía que era cuestión de tiempo antes de que todo volviese a estallar.
Lo más doloroso era el rechazo absoluto de Remedios ante una nieta. ¡Ella ansiaba un varón! En su familia, solo niños. Y toda la pelea con el hijo mayor por el mismo motivo, era el reflejo de esa obstinación.
Miguel pensaba igual. Sólo podía tener un hijo varón. Veía la ecografía con abierto desprecio.
Si nace una cría, os echo a las dos llegó a decir Miguel bajo los vapores del vino. Significará que esa niña no es mía. Yo no soy Alejandro.
Esa noche Teresa supo que era el final de aquel matrimonio. Su padre, hombre influyente, se encargaría del divorcio.
Así fue como nació la pequeña Leonor. Miguel armó una escena en el hospital, gritó delante de todas y fue expulsado por seguridad.
Al día siguiente llegó Remedios a la clínica, vomitando improperios. Hasta que un guardia civil, enviado por el abuelo de Teresa, la obligó a marcharse, avisando de que la denunciarían si seguía con calumnias.
Miguel corrió a presentar demanda de divorcio y, al ver que la ley impedía la separación antes de que la niña cumpliera un año, negó la paternidad y exigió pruebas. El abogado, al escuchar que su motivo era porque en su casa sólo nacían varones, casi se echa a reír.
Lo tiene complicado, señor Olmedo admitió el abogado. Su propio hermano tiene una hija. Y hay pruebas de ADN.
¡Falsas! ¡Esa niña no es mi hija!
En realidad, no llegó a hacerse ninguna prueba. Teresa prefirió cortar para siempre; aceptó la demanda y pidió la custodia exclusiva. Mejor madre soltera que atada a semejantes.
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¿Ya recuerda? ¿Por qué no está Miguel aquí?
Miguel falleció musitó Teresa con pesar. Tu nieta es lo único que queda de él. Pero no se preocupe, la crio bien, será una persona de bien…
¿Usted? ¿Criarla? ¿Con qué derecho? espetó Teresa, furiosa. Ni usted, ni su hijo son nadie para la niña, y así lo declaró el juez. Si la veo cerca otra vez, denuncio. Intento de secuestro. Y mi padre es muy respetado en esta ciudad.
Teresa, no entiendes, no nos queda nadie.
Tienen a su hijo mayor. Que vayan con Alejandro y su hija.
Él no nos quiere ver murmuró Remedios, bajando la mirada. Solo entonces entendió su error.
Qué gran hombre respondió Teresa. Ya nos han hecho bastante daño. ¿Recuerda cómo llamaba a mi niña?
¿Teresa Sánchez? ¿Problemas? unos guardias municipales, al reconocer a la hija de su jefe, se acercaron.
Unos leves. Por favor, asegúrense de que estas personas abandonan la ciudad.
Pero
Sin peros intervino el agente, dando un paso adelante. Remedios y su acompañante se retiraron de inmediato, mientras Teresa sonreía satisfecha. Vamos, acompáñenos.
Con el ánimo renovado, Teresa volvió a casa. Solo un pensamiento la hizo fruncir el ceño:
Tendré que vigilar a los Olmedo, que no vuelvan a pisar Madrid. Se lo diré a padre, él sabrá qué hacer…





