Una mosca zumbaba con ese tono fino y pelma en la ventana. Nacho abrió los ojos. Un rayo de sol, juguetón, le recorría la almohada y le hacía cosquillas en la naricilla. Sonrió y se estiró a gusto. Bajo el edredón se estaba de lujo. Había que levantarse, pero… ¡qué pereza!
¡Mamá! llamó en voz baja. Y luego, más fuerte: ¡Maaamá!
Mamá entró en la habitación, secándose las manos en el delantal.
¿Ya te has despertado? ¿Por qué gritas? se acercó a la cama, se agachó y le plantó un beso dulce en la nariz respingona. ¡Buenos días, chiquitín! ¡Arriba, dormilón!
Nacho le pasó los brazos por el cuello. Olía a leche, a pan y a algo más: un aroma de casa y de mamá. Antes, cuando vivían en la gran ciudad, su padre era el encargado de levantarlo cada mañana y llevarlo al cole. Entre los dos hacían ejercicio, se lavaban los dientes, salpicaban agua por todas partes y se morían de la risa, mientras mamá se quejaba y los metía prisa. Pero después todo cambió.
Un día papá no pasó a buscarle a la guardería. Tuvo que quedarse con el conserje hasta muy tarde. Mamá llegó casi de madrugada, la cara roja e hinchada de llorar, y le dijo que papá ya no estaba, que ahora él era el hombre de la casa. Qué había pasado, nunca lo supo exactamente, pero al escuchar los rumores de los mayores pilló que papá murió en un accidente, con un coche que ni era suyo. Por ese coche, unos tipos muy rancios les quitaron el piso. Así, terminaron mudándose al pueblo con la abuela.
El pueblo era grande, estirado a lo largo del río, y acababa en el bosque. Justo al ladito del monte vivía abuela Pilar, y ahora, también ellos. El abuelo había muerto cuando Nacho era chiquitín, así que, si había que elegir un hombre de la familia, pues él, claro.
La abuela y mamá trabajaban en la finca. Ahora Nacho lo sabía: la finca era una especie de caserón donde vivían cerdos, vacas… ¡y hasta caballos! Mamá le había presentado a todos los bichos cuando lo llevó a trabajar con ella, pero a Nacho la finca no le hizo ni pizca de gracia. ¡Vaya pestazo! Él se tapaba la nariz, y mamá y la abuela se partían de risa…
Salió trotando en pijama y se enfundó unas zapatillas heladas para ir corriendo al baño, que estaba fuera. La fresca de una mañana de domingo de agosto le hizo dar un respingo. Por ahí, de vez en cuando, se oían los gallos haciendo karaoke. De lejos llegaban los ladridos de algún perro peleón. La abuela apareció resoplando desde el corral.
Otra vez han intentado colarse en el gallinero. ¿Habrá sido el duende ese de las cabras, o qué?
“Pronto será otoño” pensó Nacho, un poco nostálgico y serio. “¡Qué ganas de empezar el cole!” Solo de pensarlo, el corazón le daba un brinco. Todo estaba ya listo para la vuelta al cole, mochilón nuevo incluido. Este verano por fin aprendió a leer, aunque escribir… bueno, era otra historia.
Desayunaron gachas y tortitas, de esas que solo hace la abuela y saben a gloria.
Nacho, hemos pensado ir a por setas hoy mamá le guiñó un ojo a la abuela. ¿Te vienes o eres todavía un canijo?
¡Voy con vosotras! protestó, con la boca llena de tortita y la leche helada batiéndole los dientes.
Se pusieron en marcha casi al mediodía. El bosque los recibió con ese frescor tan suyo, todo verde aunque fuera ya finales de agosto. Las setas salían por todas partes ante los ojos de Nacho, pero mamá le enseñó que no todas eran iguales y le explicó cuáles eran buenas y cuáles, veneno puro. Pasearon un buen rato. Al final, la abuela desapareció entre matorrales y no respondía al ¡Eh! de mamá.
El sol ya se inclinaba para irse cuando mamá decidió volver a casa. La cesta y las bolsas iban a reventar de tanta seta. Hasta el cubo de Nacho pesaba, pero él no soltó ni un quejido ¡que para algo era el chico de la casa! El problema era: ¿y ahora por dónde salimos? Mamá empezó a ponerse nerviosa. Parecía que se habían perdido.
¡Nacho, no te retrases! le dijo, arrastrando la cesta.
Fueron en una dirección y, ¡zas!, un barrizal, en otra, pues troncos caídos por todas partes. Volvieron sobre sus pasos. El bosque se reía de ellas, dándoles vueltas como a turistas en Madrid. Empezaron a llamar a la abuela, pero sólo se oía el temblor de las hojas al viento. Mamá se dejó caer en la hierba, sin idea de qué hacer. Pasaron cinco minutos de angustia. Y de repente: ¡crac, crac, crac! Algo se movía detrás del follaje. Los arbustos se apartaron y apareció… ¡una bruja de verdad! Bueno, una versión camuflada en señora mayor y bizca, con un hatillo de leña a cuestas.
¿Qué pasa? ¿Asustados? Venga, que hace siglos que no desayuno niños pequeños dijo, guiñando el ojo a mamá y soltando una carcajada tan fea y estridente como para romper los cristales de la iglesita. De la nariz ganchuda, colgando un lunar, ni hablamos.
¿Que os habéis perdido? ¿De quién sois vosotras, las de Maruja, quizá? preguntó, o igual ya se lo sabía todo, y antes de que respondieran, se echó la leña al hombro y se marchó delante.
¿Qué hacéis ahí parados como pasmarotes, venga, venid!
Mamá y Nacho, resignados, siguieron con sus setas a la bruja. Ella avanzaba tan segura entre la maleza que en nada aparecieron en un claro desde el que se veía el pueblo, con sus tejados rojos al fondo. Justo al otro extremo apareció la abuela Pilar, despelujada y sofocada. La bruja soltó una risa sátrapa, saludó con la mano y se fue encorvada bajo el peso de la leña.
Gracias… musitó mamá, aunque la bruja tampoco se iba a dar por aludida, y continuó a paso campechano.
La abuela se acercó resollando.
¡Pero mamá, ¿dónde te metes!? le soltó mamá, entre enfadada y aliviada. Que nos hemos perdido, menos mal que esa vieja nos ha sacado del lío.
¡Ay, hija! Pero si ese trozo de bosque lo conoces desde cría. Ni que fuera el Amazonas…
Abuela, ¿esa era de verdad una bruja? susurró Nacho, entre fascinado y aterrorizado.
Qué va, hijo se rió la abuela. Esa es la Petra la Gorda. Más mala que la carne de pescuezo, pero bruja, lo que se dice bruja, ¡no!
Esa noche, durante la cena, Nacho no se pudo contener.
Abuela, ¿por qué a Petra la llaman así?
Pues mira, de eso ni idea, pero decían que ya de pequeña era más redonda que una sandía. Sus padres, que tenían más tierras que el cura, le daban pan con chorizo todos los días, y manteca, y hasta azúcar. Los críos descalzos se le quedaban mirando mientras ella se ponía morada, pero compartir, ni hablar Así que amigos, los justitos. Gorda como un tonel, siempre por delante el tripón. Los chicos la llamaban petrolera y la oronda.
¡Mira que te va a explotar la tripa! le gritaban.
Yo la recuerdo ya de mayor, tendría ella treinta y tantos y yo, cerca de los diez. Novio tuvo, el Pedro, que era tractorista y más joven. Era recia, no guapa pero tampoco fea. Y eso sí, nariguda. Se casaron, tuvieron un niño. El pobre, con ocho años, se cayó al río jugando en los troncos del aserradero, que flotaban por la corriente. Los mayores podían subirse, pero el niño era delgado y no pudo salir. Tardaron tres días en encontrarlo. Petra perdió la cabeza. Pedro se dio a la botella… Una noche de ventisca, al volver de la taberna, no llegó a casa; lo encontraron helado junto al bosque.
A Petra, cuando la soltaron del psiquiátrico, nunca volvió del todo. Lleva como cincuenta años sola, sin hablar con nadie, sólo con su cabra y las hierbas que usa de remedio para media comarca.
La abuela se quedó callada. Mamá recogió los platos.
Vaya la vida no regala nada dijo mamá, pensativa.
A Nacho le entró penilla por Petra.
Llegó septiembre, radiante y fresco por las mañanas; a veces había hasta escarcha, pero luego salía el sol y parecía un día de julio cualquiera. El bosque se disfrazaba de rojo y dorado. Recogieron patatas del huerto. Nacho empezó el cole, y no olvidará jamás aquel día ni a la profe nueva, Doña Mercedes, dulce y firme, que lo llevó de la mano desde la fila porque era el más bajito. Las notas no se ponían aún, pero siempre le echaba flores y le decía que tenía que entrenar la mano para escribir bonico. Se hizo colega de dos vecinos, Pablo y Rodrigo, que iban un año por delante. A la salida, cruzaban juntos el descampado, rodeando el huerto de Petra, camino a casa. A veces le esperaban la abuela o mamá a la salida.
Un día Nacho tuvo suerte: la profe le puso dos pegatinas de estrella y le hicieron socio de la biblioteca. Le prestaron La palabra mágica. De vuelta a casa, Pablo y Rodrigo tenían clase extra y Nacho se fue solo por el descampado, ese que siempre está lleno de latas y de trastos viejos.
De golpe oyó un ruido raro. Levantó la cabeza y ¡madre mía! Delante, una jauría de perros. Eran tropecientos. Echó a andar hacia atrás, pensando en salir corriendo, pero ya le rodeaban. El más grande, con pinta de jefe, se acercó, olisqueó el suelo y empezó a gruñir. Nacho chilló como si hubiera visto a la bruja de antes, pero al perro eso le dio igual y se presentó de un salto. Nacho intentó blandir la mochila de escudo, pero el perro la agarró y la hizo trizas. El niño cayó, se protegía como podía, pero enseguida sintió un mordisco en el hombro y se apagó la luz.
No vio cómo Petra la Gorda salió corriendo del huerto, encorvada pero rápida, con una pala en la mano. Pegó un salto, cruzó la verja y le dio zurriagazos a los perros. Ellos dudaron, pero olieron sangre y eran muchos. La rodearon de nuevo. Petra chillaba peor que ellos, agitando la pala como una fiera. El jefe se le enganchó en la chepa. Con el último hilo de fuerza, Petra se tiró encima de Nacho, cubriéndolo con su cuerpo y la falda hasta los tobillos…
En ese momento, el pueblo estaba medio vacío, los niños en la escuela y los mayores en la faena. Venía el veterinario del ayuntamiento con su ayudante, tras cerrar algunas vacunas. Vieron los ladridos y la trifulca y pegaron un volantazo hacia el huerto de Petra. Lo que vieron les heló la sangre: un mar de sangre en la hierba, papeles rotos, libros en pedazos. Petra tirada boca abajo, la mano hasta el hueso, un perro sobre ella batallando para romperle el cuello. Los hombres se lanzaron al ataque, dando palos y gritos. Los perros se revolvieron, mordían piernas y brazos. El veterinario alzó la pala sangrienta y pegaba a diestro y siniestro. Los perros gritaban, chillaban. Por el camino llegaba más gente con horcas y escopetas, disparando al aire. El jefe de la manada, herido, huyó al bosque, y todos lo siguieron.
Petra gimió. Sólo entonces vieron que bajo el cuerpo de la vieja había otro más pequeño. Nacho estaba pálido, ensangrentado, desconectado del mundo…
Un rayo de sol del otoño resbaló por la almohada y le hizo cosquillas a Nacho en la nariz. Abrió los ojos. Las paredes blancas del hospital imponían. ¿Dónde estaba? Poco a poco volvió en sí, se movió despacio.
Su madre, sentada al lado, se le iluminó la cara:
¡Nacho, cariño, has vuelto! y rompió a llorar.
Le dolía mucho el brazo vendado y el hombro. Recordó todo.
Mamá, ¿me han arrancado el brazo los perros? ¿Ya no voy a poder escribir?
No, cariño. Sólo está roto, nada más. Te operaron, pero para cuando te cases estarás de cine intentó bromear mamá. Da gracias a Petra, que te tapó con su cuerpo. Duerme, mi cielo…
A Petra la enterro todo el pueblo. Los perros le habían destrozado las dos manos y una pierna. Su corazón no aguantó la operación.
Al día siguiente, los más brutos del pueblo, sin dar parte a la Guardia Civil, despacharon a toda la manada en una cuneta: cuarenta bichos, enterrados bajo una loma. Al pie del bosque encontraron camadas de cachorros; los vecinos se los repartieron para domesticarlos.
Nacho sólo se saltó un trimestre. El brazo aún iba torcido, pero lo ejercitaba cada día. Mercedes, la profe, siempre le animaba. Los amigos le miraban como a un héroe.
Él y su madre fueron al cementerio y dejaron un ramo enorme en la tumba de Petra.
En la tablilla del cruceiro ponía que de verdad se llamaba Petra Ramírez Benito y, justo el día de su muerte, había cumplido noventa años. Mamá lloró:
¡Qué vueltas da la vida! Gracias, Petra. Gracias por el bosque y, sobre todo, gracias por salvar a mi hijo. Que la tierra te sea leve…
Cuando llegó Navidad y salió la bruja en la función del cole, Nacho se puso a llorar y se fue del aula. Le dolía el brazo, pero aún más el recuerdo. Petra no se le iba a olvidar nunca.







