Julia estaba sentada junto al portal. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 2ºA se había marchado para largo, y ahora en el barrio había una perra firme en su decisión de esperarles, llueva, nieve o caigan chuzos de punta.
Esto ocurrió a principios de los años noventa en una pequeña ciudad de provincia, digamos Ávila. Era una mañana temprana de junio y, justo delante de la librería de la esquina, se escuchó un frenazo tan seco que hizo temblar hasta los escaparates. Las dependientas salieron disparadas, pero la calle estaba silenciosa… En apariencia.
Junto al bordillo yacía una perra. Gemía lastimosamente e intentaba incorporarse, pero las patas traseras simplemente habían dicho: Hoy no trabajamos.
La más valiente de las chicas, Vera, se lanzó al animal. Le hablaba con mimo, le acariciaba el hocico y la espalda, intentando descifrar el drama.
¿Qué le pasa, Vera?
Nerea y la encargada, Doña Carmen, miraban desde más lejos, temiendo algún espectáculo desagradable, aunque por fuera la perra no tenía heridas. Pero esas patas inertes… Muy mala señal.
Llevarla a la trastienda, chicas propuso Vera. A ver si se recupera. Aquí no puede quedarse.
Nerea buscó la mirada de Doña Carmen, que dudó un instante pero cedió:
Vale, busca una manta… ¿La podrás coger tú sola?
Claro, ni que fuera un toro, respondió Vera, cogiendo bien el bulto.
Era una mestiza de tamaño medio, con aire de podenco perdido, flaca, sucia, sin collar de calle, vamos.
Todo el día lo pasó la perra en la trastienda; cerca de la tarde, algo mejorada, bebió agua y devoró lo que le ofrecieron, pero sin levantarse. Moverse era una utopía.
Al día siguiente, Vera convenció a su padre para recogerla en la pausa del almuerzo y llevarla al veterinario.
En el pueblo sólo había una clínica diminuta. Nada de chismes sofisticados, ni radiografías ni gaitas, así que el veterinario, con la sabiduría de quien ha visto todo y nada, sentenció:
Puede que, con buen cuidado, sobreviva. Es joven y dura como una roca. Pero caminar… Lo veo más negro que una noche sin luna.
Volvieron en silencio. Vera atrás, abrazando a la perra, su padre miraba el retrovisor y suspiraba. Por la noche, en la cena, lanzó la advertencia:
Vera, pero no te encariñes. Ni la acostumbres a casa. En otoño nos vamos.
Lo sé, papá casi susurró Vera.
La bautizaron como Julia, y así se quedó viviendo en la trastienda de la librería. Las dos primeras semanas apenas se levantaba, luego empezó a reptar por el patio las patas arrastrándose como si fueran un par de fideos.
¿Qué hacemos con ella? Fuera se perderá, en casa nadie se atreve… murmuraban las dependientas. Menos mal que Doña Carmen se apiada y nos deja tenerla aquí.
La propia Julia no parecía muy agobiada por su discapacidad; exploraba el patio, olisqueaba todo, hacía sus cuestiones perrunas y se volvía a su rincón.
Los fines de semana las chicas se la llevaban a casa por turnos. Sólo Vera se negaba: pronto se mudaría a Barcelona durante dos años, por una transferencia de su padre, y la familia iba tras él. El consejo del padre tenía su lógica: encariñarse sólo complicaría el adiós.
Pero Vera sentía que ya era tarde. Desde aquel primer cruce de miradas en el asfalto, todo era un hecho. Y Julia la miraba como sólo miran los perros que eligen a alguien.
Un día, le tocó a Vera llevarse la perra, sí o sí, porque ninguna otra podía.
Solo por esta vez, ¡palabra! se excusaba ante la mirada inquisitiva de su padre. Que las demás se van de viaje, de barbacoa, de lo que sea…
Que nosotros también íbamos a la casa del pueblo, ¡eh! se oyó desde la cocina la voz de mamá.
Julia fue directa allí, como si oliera a la matriarca. Las patas arrastrando causaban ternura, pero Julia añadió el extra: mirada triste, profesional en pedir comida. Y a los dos minutos, mamá ya suspiraba:
Pobrecita… ¿No le dais de comer en la tienda? Nada, te vienes al pueblo. Que papá va a hacer costillas y seguro que te caen.
Vera miró a su padre, triunfante. Él resopló en resignación.
En el pueblo, Julia era feliz: costillas, aire puro y un perro vecino, Pancho, que la aceptó sin papeleo. Al volver a casa, se hizo un hueco bajo la cama de Vera como si toda la vida hubiera dormido allí.
Por eso, la mañana en que la devolvieron a la tienda, la perra se quedó desorientada. Anduvo inquieta toda la jornada y, al soltarla al patio a mediodía, desapareció.
Las dependientas la buscaron, la llamaron, pero Julia no regresó cuando cerraron.
Vera estaba hecha polvo. Fue caminando, gritando su nombre por cada esquina:
¡Julia! ¡Julia, por favor, vuelve!
Y Julia apareció justo delante del portal de Vera, exhausta, pero viva. Por fin, al ver a Vera, se desató la fiesta: grititos, lametazos, giros de cola (lo que podía mover). Ni hablar de devolverla a la tienda ella ya había decidido.
¿Y ahora qué? preguntó el padre, viendo a Julia feliz a los pies de su hija.
Pues que la voy a curar, papá. Y espero que me ayudes…
Una semana después empezaba el verano y Vera tenía vacaciones; pensaba dejar el trabajo y dedicarle los dos meses y pico a Julia antes de mudarse.
Su padre las llevó varias veces al hospital veterinario de Salamanca, que al menos tenía rayos X. Los médicos no prometían nada, pero aceptaron operar, así que esperanza había.
Vera y Julia se mudaron al pueblo. Vera se desvivía: pastillas, masajes, ejercicios diarios. Julia daba clase particular de aprender a caminar.
Al principio, ni pizca de mejora. Pero los padres, que iban a verlas cuando podían, notaban los mínimos avances: las patas se arrastraban menos, aunque parecían serpientes.
Al mes, Julia corría tras Pancho, tambaleante pero contenta. Al segundo mes, sólo quedaba una mínima cojera.
Vera se alegraba por ella, pero el corazón se encogía pensando en la despedida. El tiempo se esfumaba.
La vecina, dueña de Pancho, ofreció ayuda:
Déjala aquí. Con el otro perro estarán entretenidos, y así no sufre cambio de país…
El día de la mudanza, Vera llevó a Julia a visitar a Pancho. Esa noche, la familia ya viajaba en tren hacia Madrid. Luego avión hasta Barcelona y finalmente Sant Joan Despí.
Al llegar y organizar las cajas, Vera llamó a la vecina. Y, como temía, se confirmó la sospecha.
Esa noche, Julia notó que algo raro pasaba y empezó a cavar bajo la valla. Por la mañana, Pancho estaba solo en el patio. Viendo que era inútil esperar, la vecina fue a casa de Vera.
Y allí estaba Julia, por supuesto sentada en la puerta del portal. La perra la reconoció, pero gruñó, como diciendo ni te acerques, yo espero aquí. Los vecinos miraban curiosos: todos sabían que los del 2ºA se habían ido lejos. Pero ahí estaba Julia, dispuesta a esperar lo que hiciera falta.
Vera llamaba ahora a otra vecina: Doña Blanca del 2ºB. Ella le mantenía al tanto:
Tu Julia sigue de centinela en el portal, ¡no deja acercarse ni a la Guardia Civil! La vecina del pueblo intentó llevársela con chorizo y jamón, pero nada de nada.
Vera trató de enviar dinero para la comida de Julia, pero Doña Blanca lo rechazó:
Por Dios, Vera… Si aquí la alimenta todo el barrio. ¡Qué euros ni qué euros!
Llegó el invierno. Los vecinos, incluida Doña Blanca, dejaron entrar a Julia al portal a calentarse. La perra subía al tercer piso, donde estaba el 2ºA, y se tumbaba en el felpudo, como si supiera perfectamente que faltaban sus dueños. Apenas se sentía calor, volvía a la calle, a su guardia inquebrantable.
Vera mantenía contacto con las chicas de la librería. Estas también se acercaban de vez en cuando a visitar a la famosa perra del barrio. Julia las recibía alegre, se comía los regalos, pero negaba la partida con cabezonería castellana.
Vera estaba rota. Quería dejarlo todo y volver, pero los euros pesaban y la situación no era fácil. Los años noventa no fueron precisamente el festival del bienestar, y cada cual sobrevivía como podía.
Hasta junio no pudo regresar. Al acercarse al portal, vio a Julia. La perra estaba rígida, las orejas en alerta y el cuerpo temblando sabía que Vera estaba cerca, pero dudaba creerlo para no sufrir otra decepción.
Después hubo abrazos, lágrimas y la sensación de vivir un milagro. Vera creía que el corazón se le saldría, y al perro, también.
El verano voló. En agosto volvieron los padres el de Vera tenía un mes de vacaciones, pero en septiembre tocaba otra mudanza, otro año fuera. Vera rogaba llevar a Julia con ellos. Su madre miraba a su padre, él sólo fruncía el ceño y suspiraba pesadamente. El viaje sería largo y duro, incluso para las personas; imagina para la perra, casi novata en transportes y ciudades bulliciosas.
El ambiente tenso se mascaba. Julia lo sentía y se pegaba a Vera como lapas. Hasta que una mañana el padre anunció:
Coge a la perra y prepárate. Que vamos a hacerle los papeles. Sin vacunas, ni tren ni avión la admiten.
El veterinario local, por media docena de botes de espárragos, fabricó un pasaporte canino retroactivo y puso todos los sellos pertinentes. No había tiempo para trámites legales.
Esa noche, el padre cosió un bozal casero para Julia y conseguir accesorios para perros en ese tiempo era deporte extremo. Julia, que nunca había llevado nada de eso, se dejó poner el bozal sin rechistar, como entendiendo que aquí se jugaba su destino. Y parecía feliz.
Pues nada, te vienes dijo el padre, poniendo el último pespunte. Y no nos falles, Julia…
Julia nunca falló. Nunca se arrepintió la familia de llevársela. Fueron viajes en tren, aeropuertos, escalas y, ya puestos, Julia fue en aviones militares desde Barcelona hasta Canarias y Melilla. Un año después, la familia volvió a casa.
Julia vivió trece años inolvidables, llenos de cariño y aventuras, siempre al lado de Vera, fiel como sólo puede serlo una perra castellana. Donde iba Vera, ahí iba Julia, y así fue feliz hasta el último día.





