“El yerno parásito, o cómo mi hija cambió el sentido común por amor”
Cuando mi Lucía trajo por primera vez a su novio a casa, se me encogió el corazón. Había algo en la mirada de ese chaval engreído, en su forma de comportarse, en esa falsa seguridad, que me puso en alerta al instante. No era un hombre, era un pavo real: bien vestido, hablador, con una sonrisa de oreja a oreja, pero detrás de todo ese teatro, solo había vacío. Irresponsable, frívolo, siempre descontento. Cambiaba de trabajo más que la gente de zapatos. En unos le pagaban poco, en otros el jefe era “un incompetente”, y en otros el horario “no le cuadraba”. O sea, siempre era culpa de los demás, nunca suya.
Intenté hacer entrar en razón a mi hija. Lloré, le supliqué, le expliqué que un hombre debe ser un apoyo, sobre todo en el matrimonio. Pero Lucía estaba ciega de amor y no me escuchaba. Mi marido, su padre, se lavó las manos: “Ya es mayor, que aprenda por las malas; nuestro papel es estar ahí”. Yo también intenté aguantar. Al fin y al cabo, su felicidad era más importante que mis malos presentimientos. Pero ¿cómo iba a estar tranquila si la había criado con esfuerzo, le había dado todo, y de pronto se ata la vida a ese vago sin iniciativa?
Hicimos todo por ella: estudió en una universidad prestigiosa, le compramos un piso en Madrid, le regalamos un buen coche. Todo para que tuviera una vida cómoda. ¿Y ella? ¡Con 25 años se casa con un tipo que no sabe hacer nada más que quejarse!
La boda se celebró. Yo fui, pero sin ilusión, solo por ella. Luego empezó su vida en común. Al principio, más o menos llevadero. Mientras Lucía trabajaba, se apañaban. Pero cuando se quedó embarazada… empezaron los problemas. Llamadas: “Mamá, ¿nos echas una mano con la compra?”. Claro que ayudé. Es mi hija, y sé lo dura que es la maternidad. Pero… ¿dónde estaba su marido? ¿Qué hacía él?
Pronto se vio claro: el yerno volvió a dejar el trabajo. Y no por falta de oportunidades. Es que no quería trabajar. Se pasaba el día en el sofá, con el móvil o la tele, inventando excusas. Sus padres vivían en algún pueblo de Extremadura, ni siquiera fueron a la boda, y de ayuda, cero. Todo caía sobre nosotros.
Aguanté mucho tiempo. Sabía que cualquier crítica contra él acabaría en pelea. Pero un día, exploté. Les dije las cosas claras: “Javier, eres un hombre adulto, pero actúas como un crío. No quieres trabajar, no ayudas en casa. ¿Para qué, entonces?”
Después de eso, Lucía se enfadó, montó un numerito. Javier, de pronto, “recordó” que era hombre y encontró trabajo. Pero como siempre, duró dos meses. Luego lo dejó: “ambiente tóxico”, “compañeros insoportables”, “sueldo miserable”. Y mi hija, como un loro, justificándolo: “No lo entiendes, mamá, era un infierno…”.
Hasta que un día, llegando con bolsas de la compra, lo vi otra vez en el sofá con el mando, y a Lucía, con el niño en brazos y ojeras hasta el suelo. Entonces, no pude más. Le solté: “¿Y de repartidor? Tienes coche y carnet”. Me miró como si le hubiera pedido cavar zanjas. Dijo que ese trabajo “no era para él”. Le pregunté: “¿Y cuidar de tu hijo sí lo es?”. Y me soltó que “eso tampoco es cosa de hombres”.
Ahí tomé una decisión. Dura. Impopular. Pero necesaria: “O te pones las pilas y asumes tu responsabilidad, o se acabó la ayuda. No vamos a cargar con vosotros”. Lucía armó otro escándalo, nos llamó egoístas. “¡Lo quiero!”, gritaba. Sí, tres años llevamos oyendo lo mismo. Pero quizás ya es hora de que ella misma se dé cuenta.
A mi hija y a mi nieto no los abandonaremos. TodosSiempre tendrán las puertas abiertas en nuestra casa, pero Javier ya no será bienvenido.







