**Diario de un padre agobiado**
Isabel recorría su pequeño piso en Madrid con el móvil apretado en la mano, donde una nueva notificación de retraso en el pago le hacía sentir un nudo en el estómago. ¿Cómo iba a mantener a su familia ahora que su hija y su yerno pesaban como una losa? Todo empezó cuando su hija mayor, Lucía, de diecinueve años, anunció que esperaba un bebé y quería casarse.
Antes, Isabel trabajaba junto a su compañera Rosa, una mujer sensata y cariñosa. Rosa criaba sola a sus dos hijas: Lucía, de diecinueve años, y la pequeña Ana, de diez. Hasta entonces, Rosa no se quejaba. Lucía estudiaba con dedicación en la universidad, Ana destacaba en el colegio. Ambas eran obedientes, ejemplares, y Rosa se sentía orgullosa, a pesar de las dificultades de ser madre soltera.
Pero en segundo año, Lucía conoció a su primer amor, Adrián. El chico venía de otra provincia, pero Rosa, tras conocerlo, aprobó la relación. Adrián le parecía amable, sincero, no de los que se aprovechan. Pronto, los enamorados decidieron vivir juntos. Para evitar alquilar, se mudaron con Rosa. A ella no le gustaba esa prisa: su hija solo tenía diecinueve años, debía terminar sus estudios, ser independiente. Pero no hubo alternativa.
Rosa vivía en un piso de tres habitaciones, pero eran pequeñas y ya faltaba espacio. La llegada de Adrián, su futuro yerno, empeoró las cosas. Rosa aguantó, hasta que descubrió la razón de su urgencia: Lucía le confesó que estaba embarazada y que querían casarse. Rosa sintió que el suelo se abría bajo suspies. Su hija, apenas adulta, sería madre.
Adrián no trabajaba. Como Lucía, era estudiante a tiempo completo, y ninguno quería cambiar a clases online. Aun así, organizaron una boda de ensueño, como de película. Eligieron uno de los restaurantes más caros de Madrid, invitaron a medio mundo, y Lucía encargó un vestido de alta costura, como si desfilara en Pasarela Cibeles. Rosa intentó protestar, explicando que no podía pagarlo, pero Lucía, con la mano en el vientre, lloró:
Mamá, ¿quieres privar a tu nieto?
Rosa, con los dientes apretados, pagó todo. Gastó sus ahorros, vació la hucha y hasta pidió un crédito. Esperaba que, tras la boda, los jóvenes asumirían responsabilidades, buscarían trabajo, serían autónomos. Pero sus esperanzas se desmoronaron como un castillo de naipes. Lucía y Adrián siguieron viviendo en su casa, sin buscar empleo.
Los padres de Adrián les regalaron un coche de segunda mano. El paseaba como si estuvieran de vacaciones, mientras los suegros pagaban la gasolina, sabiendo que su hijo no tenía un duro. Pero lo demáscomida, facturas, ropacaía sobre Rosa. Los jóvenes ni sabían cuánto costaba una barra de pan. Cuando Rosa mencionaba los gastos, Lucía ponía los ojos en blanco:
Mamá, estamos estudiando, ¿qué quieres que hagamos?
Lucía no quería ahorrar. Mostró a su madre un catálogo de carritos y cunas, los modelos más caros y modernos. Rosa, con su sueldo justo, se quedó sin aliento.
Lucía, ¡no puedo pagar eso! Tengo tu préstamo universitario, a Ana que cuidar
¿Estás de broma? se indignó la joven. ¿Vas a ser abuela y te pones así?
Rosa sentía una rabia sorda. ¿Ellos elegían tener un hijo, pero ella debía mantenerlo? Sostenía a toda la familia, trabajaba hasta el agotamiento, y el dinero nunca alcanzaba. El crédito de los estudios de Lucía pesaba como una espada de Damocles, Ana necesitaba atención, y los jóvenes vivían en un cuento de hadas.
Un día, Rosa estalló. Llegó del trabajo, exhausta, tras un regaño por llegar tardehabía tenido que hacer la compra para todos. En casa, la escena la dejó helada: Lucía y Adrián, riendo, hojeaban una revista de bebés, eligiendo una cuna que costaba medio sueldo. Ana, en un rincón, dibujaba en silencio, mientras los platos sucios amontonaban en el fregadero.
¿También tengo que fregar por vosotros? rugió Rosa, tirando las bolsas al suelo.
¡Mamá, por favor! exclamó Lucía. ¡Nos ocupamos del bebé!
¿Vosotros esperáis un bebé, pero yo pago? Rosa temblaba de ira. ¡Basta! ¡O encontráis trabajo, o os vais!
Lucía rompió a llorar, Adrián palideció, pero Rosa no cedió. Les dio un mes para encontrar aunque fuera un trabajo sencillo.
Si no, os vais a casa de los padres de Adrián. Que os mantengan ellos.
Lucía y Adrián intentaron ablandarla, pero Rosa ya no caía en lágrimas. Amaba a su hija, pero entendió: sin límites, la arruinarían. Ana, viendo su dolor, un día la abrazó y susurró:
Mamá, yo nunca haré esto.
Rosa sonrió entre lágrimas. Por su pequeña, lucharía. ¿Y Lucía y Adrián? La realidad les esperaba, y Rosa ya no sería su salvavidas.
**Lección:** A veces, querer es dejar caer. Si no pones límites, otros te los pondrán a tien la cuenta bancaria.







