Las vacaciones de Navidad llegaban a su fin. Después de tantos días de comidas abundantes, los dulces y los platos festivos ya habían cansado, así que Alicia decidió preparar avena para el desayuno. Era hora de volver a la comida sencilla y cotidiana.
Los tres desayunaban cuando sonó el tono del móvil de su marido. Él salió de la cocina. Alicia, sin querer, escuchó sus respuestas, intentando adivinar quién llamaba y por qué.
Cuando Javier regresó, Alicia notó que no parecía molesto, sí preocupado, pero no disgustado.
—Mmm… —empezó él—. Ha llamado mamá. Me ha pedido que vaya, tiene la tensión alta.
—Claro, ve —asintió Alicia.
Mientras él se vestía, recordó sus palabras al teléfono: «¿Ahora mismo? ¿No será mejor esperar? Bueno, vale». Cuando su suegra llamaba exigiendo su presencia, Javier solía ir sin dudar. «Estoy exagerando», se reprendió Alicia.
—Vuelvo pronto —gritó Javier desde el recibidor antes de que la puerta se cerrara.
—Come, anda —apresuró Alicia a su hijo, que jugueteaba con la cuchara, esparciendo la avena por el plato.
—¿Vamos a la colina? Lo prometiste —Marcos recogió un poco de avena con la cuchara y la miró largo rato antes de llevársela a la boca.
—Cuando vuelva papá, iremos. ¿Vale? —Sonrió—. Pero solo si terminas el plato.
—Vale —dijo el niño sin entusiasmo, llevándose otra cucharada a la boca.
—Si en cinco minutos no está limpio, no vamos —advirtió Alicia con firmeza antes de levantarse a lavar los platos.
Mientras planchaba y Marcos jugaba en el suelo con sus coches, sonó la cerradura de la puerta.
«Por fin —pensó Alicia, dejando la plancha—. ¿Por qué tarda tanto en quitarse el abrigo?» Fue a recibirle.
En la puerta apareció una niña de unos diez años, mirándola con curiosidad. Detrás de ella, Javier, con expresión culpable, apoyó las manos en los hombros de la pequeña y levantó la barbilla con desafío.
—Esta es mi hija Lucía —dijo, bajando la mirada—. Mamá me pidió que la trajera hasta mañana.
—Ya veo. ¿Y su madre? ¿Se fue al sur con otro novio? —replicó Alicia con sarcasmo.
Javier encogió los hombros, pero antes de que pudiera responder, Alicia volvió a la tabla de planchar.
—Pasa —oyó decir a Javier, y por el rabillo del ojo vio a Lucía acercarse a Marcos, que jugaba en el suelo.
—¿Queda avena? —preguntó Javier.
—Yo no quiero avena —intervino Lucía—. Quiero macarrones con salchichas.
Javier miró a Lucía, luego a su esposa. Alicia se encogió de hombros y señaló la cocina con un gesto, como diciendo «ve y prepáralo, yo estoy ocupada».
Minutos después, Javier la llamó desde la cocina.
—¿Tenemos macarrones? No los encuentro.
—Sí, ahí están las sobras. Acabo de planchar, iré al supermercado —respondió Alicia con reproche.
—No me mires así. Yo tampoco sabía que…
—¿En serio? ¿Y tu madre no te dijo por qué te llamaba? —El silencio de Javier le dio la respuesta—. ¿No podías avisarme? ¿Preparar a Marcos? Ahora competirán por tu atención.
Como si la confirmara, un llanto surgió de la habitación. Alicia corrió, seguida por Javier.
—Ahí lo tienes. Arréglalo —dijo, abriendo los brazos.
Marcos se abrazó a ella. Lucía miraba al suelo, enfurruñada.
—¿Qué pasó? —Javier se acercó a su hija.
Alicia sintió un pinchazo al ver que no iba primero con su hijo.
—Me qui… quitó el coche… —sollozó Marcos.
El sonido del agua hirviendo los distrajo, y Javier corrió a la cocina. «No puedo regañarla —pensó Alicia—. Es una invitada. La pobrecita, como dice mi suegra. ¿Y yo qué hago?»
—¿Quieres ver dibujos? —preguntó a Lucía, haciendo un esfuerzo por sonar amable.
La niña asintió, y Alicia, aliviada, encendió la televisión. Ambos niños se sentaron en el sofá.
—¿Tu madre vuelve a las andadas? ¿Quiere arruinar nuestro matrimonio? No soporta que tengamos a Marcos. Me contaron cómo gritó cuando nació, diciendo que solo Lucía era su nieta. ¿Esto es una prueba para ver cómo trato a tu hija? —susurró Alicia en la cocina.
—Está enferma de verdad —defendió Javier.
—¿Y qué impedía que Lucía la ayudara? Podría haberle traído agua o llamado al médico. A su edad yo ya hacía tortillas.
—¡Basta! —cortó él, golpeando la cuchara contra la mesa—. ¡Lucía, ven a comer!
—Papi, tráemelo aquí —respondió la niña con calma.
—Papi —repitió Alicia, rodando los ojos—. Ve con ella —dijo, saliendo de la cocina sin mirar a Lucía.
Finalmente, Javier llevó a su hija a comer. Alicia se sentó con Marcos, aunque no prestaba atención a la pantalla. El niño se acurrucó contra ella, buscando su mirada. «Debo controlarme —pensó—. Marcos nota que no me gusta Lucía. No es justo». Le sonrió forzadamente.
La irritación hervía en su interior. Desde la cocina llegaban las risas de Javier y Lucía, mientras ellos se sentían excluidos. «Debo tener cuidado. Lucía le contará todo a mi suegra, y ella envenenará a Javier otra vez…»
—Mamá, ¿cuándo vamos a la colina? —preguntó Marcos.
—Ahora no sé. Tenemos visita —respondió, acariciándole el pelo.
Lucía apareció masticando. Javier lavaba su plato en la cocina. «Ni una vez lo ha hecho por mí o por Marcos —pensó Alicia con amargura—. Al menos sabe que ha metido la pata».
—¿Vamos a la colina? —preguntó Javier, entrando animado.
—Sí. Pero solo tenemos un trineo.
—No importa. Usaremos la bolsa de plástico y nos turnaremos —dijo, mirando a Lucía.
—Marcos, vamos a vestirnos —suspiro Alicia.
En el camino, intentó convencerse de ser amable con Lucía. «No hay niños ajenos… No es su culpa que nadie la quiera. Ni siquiera su madre».
En la colina, Lucía ocupó el trineo al instante. Alicia puso a Marcos en la bolsa. Mientras él subía con dificultad, Lucía ya bajaba de nuevo. Alicia lanzó una mirada fulminante a Javier, quien evitó su rostro.
—¡Vamos, es tu turno! —animó a Marcos, que observaba a Lucía con tristeza.
—Tú después, o usa la bolsa —le dijo a la niña.
Javier empujó el trineo con Lucía.
—¿Y yo? —protestó Marcos, buscando consuelo en su madre.
—Mañana vendremos solos, y podrás usar el trineo —prometió Alicia.
—¿Adónde vas? —preguntó Javier cuando ella empezó a bajar.
—Tengo frío —mintió, apresurándose.
Por la tarde, acostó a Marcos.
—No subas el volumen, ¿vale? —pidió a Lucía antes de salir a comprar.
Al volver, encontró a Javier en la pu







