La gente tiene cosas de lujo. Frigoríficos inteligentes que te contestan. Coches que pitan si re…

La gente tiene cosas lujosas.
Frigoríficos que te responden con voz metálica.
Coches que pitan si respiras un poco torcido.
Herramientas de jardín que cuestan más que la fianza de mi primer piso en Lavapiés.
¿Y yo?
Tengo un viejo cortacésped con la pintura descascarillada, una cuerda de arranque tan arisca como una cabra montesa, y el alma testaruda de un toro de lidia.
Ella apareció en mi vida como suelen hacerlo los utensilios de supervivencia: por accidente y por pura necesidad.
Mi ex la compró hace años por unas monedas sueltas en un mercadillo de barrio, cuando nuestra vida aún era nosotros, cuando aún creíamos en el para siempre y pagábamos los recibos sin retraso. Cuando llegó el divorcio, repartimos lo que pudimos.
Él se fue con las cosas grandes, esas que quedan bien en las fotos.
Yo me quedé con lo que mantenía la vida en marcha.
Unas cuantas ollas y sartenes.
Una aspiradora que sonaba como si estuviese pidiendo auxilio.
Y el cortacésped, porque la hierba no entiende de cuentas corrientes ni dramas personales.
No lo conservé por nostalgia.
Lo conservé porque no podía permitirme reemplazarlo.
Después el tiempo hizo su magia, esa magia extraña y un poco burlona.
La vida de mi ex se desmoronó como las hojas secas en la Castellana cuando sopla el viento de noviembre: malas decisiones, excusas cada vez más ruidosas, y pensamientos más raros aún. Me llegaban las noticias a través de gente que hablaba con un cuidadoso tacto, como si fueran equilibristas con una figurita de Lladró.
Perdió las cosas grandes.
Las impresionantes.
Las que aparentaban poder.
Mientras tanto, yo seguía con el cortacésped.
Y los años se amontonaban.
Once años de ser quien lo maneja.
Once años aprendiendo a hacerlo todo sola, sin mano extra.
Once años arreglando, improvisando y haciéndolo funcionar.
Lo curioso es que no tengo trastero cubierto.
Nada de cobertizo acogedor.
Ni garaje con calefacción.
Ni sitio adecuado para guardar cacharros.
Así que pasa los inviernos a la intemperie, bajo la lluvia, el hielo y el sol abrasador de agosto, justo donde las estaciones pueden mordisquearla sin piedad.
El invierno en Madrid no tiene la fama del canadiense, pero aun así pela.
Ese frío que hace crujir el plástico y hace doler el hierro.
Ese viento que susurra amenazas y una nieve que, aunque esquiva, pesa en el ánimo.
Cada año temo lo peor.
Cada primavera salgo a mirarla como quien se acerca a una amiga que lleva demasiado tiempo sin ver.
Le quito el polvo de la carcasa.
Saco las hojas muertas atascadas donde nunca deberían estar.
Reviso la gasolina igual que una enfermera toma un pulso.
Presiono varias veces ese pequeño botón blandoel corazóncito de goma que bombea gasolina al motor.
Hace un ruidito.
Una promesa en miniatura.
Luego viene el ritual.
Planto los piestalla 38, no son botas de mecánico, pero sirven.
Agarro el manillar.
Doy un tirón fuerte.
Nada.
Segundo tirón.
Sigue sin vida.
Tercer tirón y, casi sin darme cuenta, susurro algo dramático al aire, como si negociara con los antiguos dioses íberos:
Por favor. Este año, no. Hoy, tampoco.
Porque si no arranca, no es solo una molestia.
Es un gasto nuevo.
Otro problema.
Otro recordatorio de que la vida puede complicarse de un día para otro.
Y entonces, como ofendida porque alguna vez dudé de ella,
ruge de nuevo.
Sin educación.
Sin delicadeza.
Arranca con ese gruñido vibrante que parece decirme:
Aquí sigo. Vamos allá.
Todas las primaveras.
Once primaveras.
Tras lluvias, heladas, barro, canícula, y lo que sea que el cielo le lanza, ella despierta y cumple.
Y cada vez, no sé cómo, me invade esta gratitud un poco tonta y tierna.
No porque sea un cortacésped cualquiera.
Sino porque es la prueba.
Prueba de que algo puede ser viejo, imperfecto y aún así estar, ser fiel.
Prueba de que la resistencia no es bonita.
Prueba de que sobrevivir no necesita brillo, sólo mucho empeño.
Poco se habla de las pequeñas victorias.
Las grandes transformaciones llaman más la atención.
El coche nuevo, piso nuevo, vida nueva.
Pero a veces lo importante es diminuto:
Una máquina que se niega a morir.
Una mujer que mantiene su vida a flote.
Un césped cortado porque alguienyosiguió decidiendo encargarse.
Tengo ya cincuenta.
La espalda se queja.
La paciencia también.
Mi presupuesto sigue bailando el chotis.
Pero cuando arranca el cortacésped, sonrío como una boba, manos al manillar, el pelo hecho un cuadro, escuchando cómo suena como si me aplaudiera.
No sabe mi historia.
Pero ha formado parte de ella.
Así que sí.
Quiero a mi cortacésped.
No porque sea elegante.
Sino porque es leal.
Y en un mundo donde todo se despega, la lealtad es casi un milagro. Así termina cada temporada: yo de pie, el césped recién domado, los pájaros reanudando sus charlas en las ramas. Nadie lo ve, nadie lo celebra, pero ahí está: otra parcela del mundo bajo control, otra batalla silenciosa ganada.

El motor se apaga poco a poco, con ese resuello satisfecho de quien ha hecho lo suyo. Paso la mano por su carcasa caliente y me digo, medio en broma, medio en serio: Si yo resisto, tú también.

Quizá llegue el día en que no arranque nunca más. Cuando ocurra, lo lloraré un segundo y compraré lo que pueda, como hice con tantas cosas perdidas y remendadas por el camino.

Pero hoy no. Hoy la hierba bajó la cabeza y la vieja máquina sigue a mi lado, como un perro fiel en la puerta de casa.

No importa el ruido del mundo, ni el lujo ajeno, ni los triunfos brillantes de quien nunca aprendió a valorar lo que dura. Yo tengo mi milagro cotidiano. Y de fondo, en el eco del jardín, todavía revuela ese rugido testarudo que me acompaña: no sólo corta césped;

también me recuerda que sigo aquí.

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MagistrUm
La gente tiene cosas de lujo. Frigoríficos inteligentes que te contestan. Coches que pitan si re…