Hasta aquel día, mi mundo cabía entre una cocina tibia, un sofá junto a la ventana y las manos de Clara.
Yo era una gata pequeña, completamente blanca, con dos ojos verdes que mi humana comparaba con aceitunas bajo el sol. Me llamaba Nube porque, según ella, mi pelo parecía espuma de leche. Vivíamos en un barrio tranquilo de Zaragoza, en un piso que siempre olía a pan tostado, canela y al perfume de vainilla que Clara se ponía antes de salir a trabajar.
Cada mañana me dejaba sentada en el alféizar.
—Cuida la casa, Nube. Esta noche cenamos juntas.
Yo respondía con un maullido solemne, como si de verdad entendiera la importancia de mi misión.
Pero un jueves de abril, la puerta del portal quedó mal cerrada. Mientras Clara subía las bolsas de la compra, un ratoncillo cruzó frente a mí y desapareció escaleras abajo.
No pensé. Salté tras él.
Atravesé la puerta, corrí junto a unos contenedores y me metí entre dos coches. Cuando levanté la cabeza, el ratón ya no estaba. Tampoco veía el portal. Todos los edificios parecían iguales. Las voces, los motores y los ladridos se mezclaban en un ruido enorme.
Volví sobre mis pasos, pero cada esquina me alejaba más.
Al caer la tarde, tenía las patas negras y el estómago vacío. Me refugié debajo de un banco en una placita donde olía a humo de parrilla. Allí me encontró don Mateo.
Era un hombre delgado, de más de setenta años, con una boina gris y una bolsa de tela llena de verduras. Al verme, dejó la compra en el suelo.
—Pero bueno… ¿de dónde has salido tú?
Me encogí contra las tablas.
Don Mateo no trató de agarrarme. Se sentó a cierta distancia, abrió una lata de atún y puso un poco en la tapa.
—No tengas miedo. Los dos estamos demasiado viejos para andar persiguiéndonos.
Su voz era áspera, pero tranquila. El hambre pudo más que la desconfianza. Salí despacio. Comí sin dejar de mirarlo.
Cuando acabé, él extendió una mano.
—En casa tengo calefacción. Y prometo no hacer preguntas hasta mañana.
Me dejé recoger.
Su piso era pequeño y estaba lleno de libros. Había una fotografía de una mujer sonriente sobre el aparador y dos tazas colocadas junto a la cafetera, aunque solo vivía una persona. Don Mateo me secó las patas con una toalla, calentó un poco de leche y preparó una caja con una manta vieja.
—No es un palacio —dijo—, pero estarás segura.
Aquella noche dormí sobre su pecho. El corazón le latía despacio, acompañado por un silbido leve al respirar.
A la mañana siguiente, Mateo llamó a varias clínicas veterinarias. También preguntó en los comercios del barrio. Nadie conocía a una gata blanca perdida.
Mientras tanto, Clara recorría calles pegando carteles. Llevaba dos noches sin dormir. Preguntó a vecinos, repartidores y barrenderos. Publicó mi fotografía en grupos de animales perdidos.
“Se llama Nube. Es muy querida. Puede estar asustada. Por favor, ayúdenme a encontrarla”.
Don Mateo vio el anuncio tres días después, en el escaparate de una farmacia.
Se quedó inmóvil.
En la fotografía estaba yo, dormida sobre el cojín azul de Clara.
Arrancó uno de los papelitos con el número de teléfono, pero no llamó de inmediato. Volvió a casa más despacio de lo normal.
Yo lo esperaba junto a la puerta.
—Ya sé quién eres —susurró.
Se sentó en el sofá y me acarició durante mucho rato.
—También sé que alguien te está buscando.
Había tristeza en su voz. Durante aquellos tres días, había vuelto a hablar en voz alta. Había abierto las ventanas, cocinado pescado y hasta tarareado mientras barría. Desde que su esposa, Amalia, murió, nadie lo esperaba al regresar.
Esa tarde, el teléfono de Clara sonó.
—¿Es usted la dueña de una gata blanca?
Clara apenas pudo responder.
Veinte minutos después llamó al timbre de Mateo. Cuando él abrió, ella entró sin quitarse siquiera el abrigo.
—¡Nube!
Corrí hacia ella. Me arrodilló entre sus brazos, llorando, besándome la cabeza y repitiendo mi nombre.
Don Mateo permaneció junto a la puerta, con las manos en los bolsillos.
—Gracias —dijo Clara, mirándolo—. No sé cómo pagarle esto.
—No hay nada que pagar. Solo cuídela.
Clara notó que la voz del anciano temblaba. Vio la caja con mi manta, el plato comprado para mí y un ratón de tela cosido a mano.
—¿Vive usted solo?
Mateo miró la fotografía de Amalia.
—Desde hace cuatro años.
Clara guardó silencio. Luego me dejó en el suelo.
Yo caminé hasta Mateo y me senté sobre sus zapatos.
—Parece que ella todavía no se ha despedido —dijo Clara.
Mateo apartó la mirada.
—Se acostumbrará.
—Tal vez no tenga que hacerlo.
Acordaron que yo regresaría con Clara, pero que los sábados visitaríamos a don Mateo. Al principio fueron visitas breves. Después, Clara empezó a llevar tortilla, rosquillas o café. Mateo preparaba pescado para mí y contaba historias de cuando trabajaba en Correos.
Con el tiempo, dejó de ser “el señor que encontró a Nube”. Se convirtió en el abuelo Mateo.
Llegó la Navidad y Clara lo invitó a cenar. Él apareció con una caja envuelta torpemente.
Dentro había un collar blanco con una pequeña chapa. En una cara se leía mi nombre. En la otra, dos números de teléfono: el de Clara y el suyo.
—Por si vuelve a escaparse —explicó.
Clara lo abrazó. Don Mateo cerró los ojos y apretó los labios, intentando que no se notara que lloraba.
Un año después, sufrió una caída en la cocina. Como no respondió a las llamadas, Clara fue a verlo y avisó a emergencias. Los médicos dijeron que unas horas más tarde habría sido demasiado tarde.
Durante su recuperación, yo pasé casi todos los días sobre su cama.
—Mira tú —murmuraba él, acariciándome—. Creí que te había salvado aquella noche.
Yo ronroneaba contra su brazo.
Tal vez los humanos nunca comprendan que no siempre somos nosotros quienes nos perdemos. A veces encontramos una puerta abierta para llegar justo a la persona que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien regresara.
Y desde entonces, cada vez que Clara cuenta cómo desaparecí, don Mateo sonríe y la corrige:
—Nube no se perdió. Solo vino a buscarme.







