Mi querida libreta,
Hoy fue uno de esos días en Madrid en los que sientes el invierno colarse entre las baldosas y el alma. No dejo de pensar en la gata que, intuyendo la desesperanza y la tristeza del niño, se subió suavemente a su regazo y, ronroneando de manera tranquilizadora, le miraba a los ojos y rozaba con su naricilla sus mejillas.
Recuerdo la antigua manta de lana, ya deshilachada, que la abuela Carmen había tendido con mimo en el sótano de nuestro edificio, justo debajo de la tubería de calefacción. Allí, tumbada, la gata observaba inquieta a sus gatitos. La pequeña ventana apenas dejaba pasar la luz, pero el viento frío de la Castellana, cuando lograba entrar, helaba el rincón donde dormían los mininos.
Ellos, inconscientes del frío, jugaban entre sí, agarrando pedazos de lana arrancados de la manta. Un nuevo soplo gélido les empujó hasta acurrucarse contra la tubería caliente y el costado tibio de su madre, maullando bajito.
Ella, mientras les acicalaba, pensaba, no sin angustia, en lo que les depararía el futuro. La vida apacible que había conocido había acabado. Hacía tres días que la abuela Carmen no venía a verles ni a llevarles comida. ¿Estaría enferma? ¿Quizás algo peor? Ahora tocaba buscar alimento para todos, una vez más.
La gata suspiró resignada, reunió a sus crías y, tras pedirles con una mirada que se portasen bien, saltó con sigilo al alféizar. Un escalofrío le erizó el pelo cuando el viento sopló fuerte. Pero, aun así, se lanzó al exterior y, pisando las baldosas húmedas y frías, salió en busca de comida.
Cerca del mercado del barrio probó suerte, y consiguió compartir un poco de pienso húmedo con otra gata callejera. Fue poco, y no podía llevar nada de vuelta, tampoco se atrevía a traer a sus pequeños hasta allí; era demasiado peligroso.
En la carnicería, el carnicero tiraba restos de carne en una caja de cartón, pero había tanto animal hambriento que la gata ni se acercó. Además, un perro se coló y se lo llevó todo en un suspiro.
Las patas ya entumecidas, decidió regresar al sótano con las manos vacías. No obstante, de camino, vio un edificio grande decorado con luces de colores. A su alrededor, la gente iba y venía con alegría.
La curiosidad pudo con ella. Agazapada sobre una pata, observó cómo los adultos y niños entraban alegres. Se coló detrás de ellos y caminó pegada a la pared. Se refugió bajo una silla en un gran salón iluminado por una impresionante decoración navideña.
Los niños, vestidos de fiesta, daban vueltas alrededor de un árbol de Navidad, cantando villancicos. Los padres les miraban sonriendo, las luces y los adornos multiplicaban la magia de aquel lugar.
Entonces entró un hombre con barba larga, blanca y un saco al hombro. Bromeaba y repartía regalos. Al terminar, los invitados se marcharon, solo quedaron el hombre de la barba y una mujer joven que vestía un elegante vestido azul.
La gata, cómodamente caliente al abrigo del salón, no se movió de ahí y acabaron por verla.
***
Ayer llegó Javier, cadete de la Academia Militar, que volvía de permiso navideño. Le recibieron con alegría en el orfanato; la directora, Doña Inés, y la propia gata, a la que todos llamamos Señora. Los niños se le tiraron encima para contarle mil historias. Señora, con esa calma suya, aguardaba a un lado, afilando la mirada verde. Cuando Javier pudo, la tomó en brazos y la abrazó mientras escuchaba su ronroneo suave y constante.
Es curioso; cuando la rescató junto a sus crías, también se salvó a sí mismo. Aprendió a confiar en la bondad y se sintió más fuerte, menos solo.
Hoy fue con Lucía, la chica que acabó el instituto y sueña con estudiar medicina. Su padre, Don Antonio, jefe de pediatría del Hospital del Niño Jesús, les propuso algo:
La Navidad debería ser una fiesta hermosa para todos. Mis pequeños pacientes solo la ven a través de la ventana. ¿Por qué no les montáis una función? Les haría felices y seguro que sanan antes.
No lo dudaron. Con la ayuda de Doña Inés, y usando disfraces de los que sobraron en la fiesta anterior, organizaron una función que resultó tan divertida que la repitieron para los peques del orfanato. La alegría fue absoluta.
Tanto que la directora del Centro Cultural de Chamartín, patrocinadora del orfanato, asistió y les pidió unas cuantas funciones más. Y claro, ¿cómo negarles algo así a los niños?
Mira, Lucía, ¡nos queda una espectadora más! Javier se quitó la barba postiza y señaló discretamente a la gata bajo la silla.
No se ha ido. Eso significa que le ha gustado más que a nadie, rió Lucía. ¿Tienes algo para regalarle?
Primero debe comer algo, dijo Javier buscando su fiambrera.
Lucía sacó un trozo de embutido envuelto en papel de plata. La gata, seducida por el olor, no huyó.
Toma, bonita, le ofreció Lucía un círculo de chorizo.
La gata se puso en pie y atrapó el bocado, pero no lo devoró de inmediato. Pensó en sus crías y, tras maullar quedamente, miró hacia la salida, suplicando con la mirada a los humanos.
Tranquila, come aquí, le susurró Lucía acariciándole el lomo. Nadie te lo va a quitar.
Debe de estar muerta de hambre, musitó Javier.
No comerá aquí, pensó Javier en voz alta, atento a la gata. Tiene cachorros en algún rincón, los alimenta primero. Como hacía nuestra Señora.
Entreabrió la puerta y la gata se escabulló hacia la calle helada.
La observamos en silencio cruzar la plaza nevada y desaparecer por la ventana del sótano del edificio de enfrente.
¿Tenemos más bocadillos? preguntó Javier cerrando la puerta.
Sí, aún queda alguno, ¿quieres uno?
Mejor déjaselos a la gata. ¿Te acuerdas de dónde ha ido?
Los gatitos devoraron en segundos el trozo de chorizo y la miraron lastimosos, pidiendo más; ella se apartó y fingió dormir, intentando calmar el vacío en su estómago, saboreando el rastro del festín que ni había probado.
No pudo dormirse. Pronto se oyeron pasos y una voz familiar llamó suave:
¡Misu, misu Gatita, sal, que te traemos comida!
Eran los mismos, el mismo aroma. De un salto acudió a la ventana: junto al marco, círculos de chorizo, perfectamente colocados. Los dos jóvenes aguardaban lejos, para no asustarla; ella cogió una ración y volvió deprisa a su refugio.
Ahí guarda a sus crías, dijo Javier observando el ventanuco.
Hoy ya han comido. Mañana volveremos respondió Lucía, cubriéndose la nariz con el guante. Pero no basta. Necesitan un hogar. Javier, haz algo. Para eso eres nuestro Papá Noel. ¡Un mago!
Hecho. ¿Dónde se entra a ese sótano…?
***
Al día siguiente, frente al Centro Cultural, Papá Noel daba la bienvenida a los niños y padres. Javier habló discretamente con unos cuantos adultos y luego, sonriente, corrió hacia Lucía: ¡los cachorros ya tenían hogar, los tres!
Durante el espectáculo se repartieron regalos, y tres suertudos fueron agraciados con los gatitos, con la envidia del resto. Javier elegía con el corazón; niños buenos, cuyas madres sabían lo que significa cuidar. El instinto de orfelinato no falla nunca.
La gata no se resistió. Sabía que eso era lo mejor. Pero en su pequeño corazón quedaba aún ternura, ganas de cuidar, la necesidad de sentirse útil. Lucía y Javier, aún disfrazados, se sentaron junto a ella en un banco y la acariciaron despacio.
Entonces se les acercó un hombre empujando la silla de ruedas de un niño de unos seis años, con ojos tristes. El pequeño mantenía la mirada fija en la gata y ella levantó la cabeza, intrigada.
Disculpad, dijo el hombre. ¿Quedan gatitos? Sergio soñaba con recibir uno de manos de Papá Noel antes de Año Nuevo. Hubiera sido un milagro. Si lo hubiera sabido…
Ya no quedan, lamentó Lucía. El hombre suspiró con pesar.
No le hace falta un gato dijo entonces Javier, mirando a Sergio. Ahora tiene a la mejor amiga del mundo.
La gata, sintiendo la soledad del niño, se subió suavemente a su regazo y comenzó a ronronear, mirándole a los ojos, rozando su mejilla con el hocico, como prometiendo consuelo y protección.
Todo estará bien Ya verás como sí. Yo te cuidaré, decían sus ronroneos.
Sergio sonrió feliz, la abrazó fuerte y enterró la cara en su suave pelaje.
Solo pudo susurrar:
Misi mi MisiA su alrededor, la plaza bullía de luces y alegría, pero en ese rincón, bajo el manto cálido de la gata y el abrazo callado de Sergio, el tiempo se detuvo. Lucía miró a Javier y, sin palabras, entendió que entre milagros y casualidades existe algo simple y verdadero: el poder de un gesto, de una caricia silenciosa, de un animal que regala toda su confianza a quien más lo necesita.
La gata cerró los ojos y apretó el morro contra Sergio, como sellando un pacto antiguo. El niño, por primera vez en semanas, rió bajito, con ese hilo de esperanza que sólo despiertan las pequeñas cosas grandes. Los demás se acercaron cautos, y en torno a él y su nueva amiga se formó un pequeño círculo donde nadie temía el frío ni la soledad.
Más tarde, mientras los villancicos flotaban lejos y los copos de nieve empezaban a caer sobre Madrid, la gata no regresó al sótano. Esa noche eligió quedarse junto al niño, dormida sobre sus pies en la cama del hospital, vigilante, ronroneando sueños donde todo, absolutamente todo, podía empezar de nuevo.
Al otro lado de la ventana, la ciudad resplandecía, y por un segundo, pareció que la Navidad era justo eso: un pequeño milagro que cabe en la palma de una mano, el consuelo tibio de un animal y la promesa cierta de que, pase lo que pase, nadie volverá a estar solo.
Y así, mientras fuera la noche se hacía más blanca, adentro una nueva familia comenzaba a latir bajo los latidos suaves y persistentes del corazón de una gata.





