Ir sola con la hija a la playa da miedo, ya sabes agitó la suegra con la mano. Dos mujeres que no hablan el mismo idioma, si ocurre algo y añadió. Con vosotras dos ya no es tan terrorífico. Estaremos cerca, por si acaso.
Almudena no imaginaba cuán cerca acabaría estando.
Qué lástima suspiró.
Los planes de vacaciones con Maximiliano, Victoria y Ciro se habían tejido hacía medio año. El hermano del futuro marido y su esposa formaban la compañía perfecta: con ellos era fácil ir a un bar, a la playa o a cualquier sitio, porque compartían intereses y la idea de un descanso ideal.
Dos veces el año pasado habían escapado juntos y ambas veces quedaron satisfechos. Ahora
Acusar a la futura nuera de estar enferma en el momento equivocado jamás se le habría ocurrido a Almudena. Pero, ¿no tiene derecho a estar molesta?
¿Y ahora qué? Tendréis que andar solos por ruinas de siglos pasados exclamó Ciro, suspirando.
El hermano de Max también lamentó los planes deshechos, pero, por conciencia, no podía abandonar a su esposa enferma para irse de fiesta. Nadie le exigiría eso. Lo que sí dolía era el dinero de las reservas: ya no se podía devolver el importe completo en euros, y el desaire de los planes era otra cosa.
Max, Almudena, tengo una idea brillante intervino esa misma noche la madre de Maximiano y Ciro.
Elas visitas de Elvira no eran raras; Maxim y su madre siempre habían sido muy cercanos. Elvira, aunque algo anticuada, era una mujer decente, con los típicos consejos de suegra tradicional, intentando enseñar a Almudena a llevar la casa. Sus críticas eran ligeras, y a veces útiles, así que Almudena no la consideraba una enemiga.
Elvira sugería: llevar a su hija menor, Paula, comprar las reservas al segundo hijo y su mujer, y lanzar al hijo mayor y a su futura esposa a Marruecos para calentar los huesos y vivir nuevas experiencias.
Ir sola con la hija da miedo, ya sabes repetía la suegra, gesticulando. Con vosotras dos ya no es tan terrorífico. Estaremos cerca, por si acaso.
Almudena no había imaginado lo cerca que acabaría estando. Si lo hubiese sabido, jamás habría aceptado la compañía de la futura suegra y la nuera. Sin embargo, había visto a los futuros familiares antes de casarse, no después, cuando los papeles y los trámites podrían haberlos separado. Así, la joven se libró de una pequeña tragedia.
Al aceptar el viaje conjunto, sus amigas dudaban de su cordura: «¿Quién se va de vacaciones con su suegra, aunque sea la futura?». Decían que la suegra acabaría convirtiéndose en la directora del espectáculo, obligando a la nuera a bailar al son de su voluntad. Y que, al viajar con la hija, la niña tendría que ser entretenida por cualquiera de ellas.
Almudena replicó que Paula ya era una mujer de diecinueve años, que no necesitaba animadores familiares. En la vida cotidiana, Paula apenas hablaba con Almudena: saludaban, se despedían y, en la comida, le pedían que le pasara la sal o el azúcar. Sus diálogos eran tan escasos que era improbable que la futura cuñada se encendiera de ganas de charlar durante el viaje.
En cuanto a Elvira, claro que habría que planear el descanso con una mujer de mediana edad en el grupo, pero no debería convertirse en un problema enorme. Si surgían pequeñas molestias, bastarían dos semanas de paciencia; después, cualquier inconveniente se disolvería bajo la excusa de que no se puede seguir viajando con la suegra, pero con un pretexto amable. Negarse sin haber probado nada sería una falta de educación, según le habían enseñado.
Los amigos de Almudena la juzgaban, comparándola con sus propias suegras, que eran un caos total. Decían que, frente a esas, Almudena y la madre de su futuro marido tenían mucha suerte. Ahora, sin embargo, los consejos cambiaban de repente, instándola a rechazar el viaje en el momento en que la suegra ya estaba entusiasmada y Maximiano sonreía, feliz de llevar a su madre a Marruecos.
El primer toque de alerta sonó en el avión. Paula tomó el asiento junto a la ventana; nadie se opuso. Almudena, habituada a los viajes de negocios, veía el ventanal como un objeto corriente. A Maxim le aburría la vista, prefería la pantalla de la aerolínea. Almudena, por su parte, optó por el pasillo, para poder levantarse rápido sin molestar a los que dormían.
Al pasar, se sentó Elvira, nerviosa. Cuando la turbulencia sacudió el avión, contuvo las lágrimas. Almudena no pudo negarle el cambio de asiento, aunque después, cuando los «buzos del aire» dejaron de sacudir, nadie quiso devolverle el sitio. Elvira, con interés fingido, miró la película de Maxim y, al final, se quedó dormida, apoyando la cabeza del hijo en el hombro.
No te enfades se justificó Almudena. Probablemente, si hubieras sentido ese miedo, no querrías volver a cambiar de asiento. Además, es indecoroso despertar a alguien que duerme.
Una voz interior le susurró que el hombre dormido no se despertaría justo cuando empezaron a repartir la comida en el pasillo. Elvira podría haber cambiado con Paula, que ya no le interesaba la ventana y, con la persiana cerrada, también veía la película. La escena familiar provocó en Almudena una creciente irritación, que se intensificó al aterrizar.
Maxim ni la miró, se lanzó a ayudar a su madre con el equipaje y a buscar la máquina de agua. Almudena sintió que era una invitada invisible, una sombra que no merecía ser notada.
¡Ah, hermana! exclamó la madre. No eres superflua, no inventes cosas. Es tu primera vez en un país desconocido y ya has visto cómo reacciona tu madre con los vuelos
Almudena se contuvo de responder. La voz interna, esa que su madre había inculcado «debes ceder a los mayores, compadecer a los débiles y pensar en los demás» le recordó que ella también era una mujer sana, que no necesitaba andar siempre a la zaga. Pero la madre del futuro marido sí había sufrido estrés, y Maxim, como buen hijo, la consolaba.
Nada malo le ocurrió a Almudena mientras Maxim le ayudaba con las maletas y le preguntaba si necesitaba algo. Sin embargo, lo ocurrido en el avión y en el aeropuerto era sólo el preludio de los problemas que vendrían.
Al día siguiente, la madre del futuro marido, con pompa y fanfarria, se instaló en su habitación, marcando el inicio de una extraña noche







