La Fortuna Inesperada

El jefe de ventas Gonzalo estaba soltero, así que al ver a la joven y guapa Julia, se enamoró al instante. Era su primer día en el departamento, y él se acercó de inmediato.

—Buenos días, compañera— dijo con una sonrisa tan cálida que Julia no pudo evitar sostenerle la mirada.

—Buenos días— respondió ella con voz dulce, devolviéndole el gesto.

—Muy bien, empieza con tus tareas. Cecilia, que es la más antigua aquí, te explicará todo— señaló hacia ella—. Revisa el manual de funciones. Te deseo suerte, espero que nos entendamos bien.

Las compañeras, casi todas mujeres, lo miraron con curiosidad. Cuando salió, Cecilia le susurró a Verónica:

—¿Desde cuándo nuestro Gonzalo se interesa por las nuevas?— Ambas soltaron una risita.

Julia, aunque joven, no era ninguna ingenua. Con solo veintidós años, ya había deshecho un par de matrimonios. Hasta tuvo un lío en la universidad con un profesor mucho mayor, hasta que él, asustado por los rumores que llegaban a su esposa, cortó por lo sano.

Pasó el tiempo y, un día, Gonzalo le propuso salir después del trabajo.

—¿Por qué no? Usted es mi jefe, y con los jefes hay que llevarse bien, ¿no?— respondió con una sonrisa encantadora.

Al principio, él creyó que bromeaba, pero se alegró cuando aceptó. Gonzalo tenía treinta años, nunca se había casado, y aunque había tenido relaciones, nunca llegaron a nada serio. Con Julia todo fue rápido: se enamoró, empezaron a salir y, de pronto, sorprendió a todos anunciando su boda.

La vida matrimonial de Gonzalo

Cumplía cada capricho de Julia, incluso aceptó su condición:

—Nada de hijos por ahora. Quiero vivir para mí. Cuando esté lista, te lo diré. Mientras tanto, nada de pañales ni bodys.

Él pensó que, con el tiempo, ella cambiaría de opinión. Pero los años pasaban, y Julia no quería ni oír hablar de bebés. Cada vez que él sacaba el tema, ella lo cortaba en seco:

—Gonzalo, te lo dije desde el principio. No me agobies. No estoy preparada.

Hasta que un día la vio salir del baño con una prueba de embarazo en la mano.

—¿Julia? ¿Estás…?— Ella asintió.

Él, feliz, la levantó en brazos, pero ella rompió a llorar.

—No quiero ser una vaca gorda. Tienes que solucionarlo— protestó entre sollozos.

—No llores, cariño. ¡Esto es una bendición!— la besó en las mejillas mojadas—. ¡Vamos a ser padres!

Pero Julia estaba decidida. Fue al médico y consiguió cita para interrumpir el embarazo. Gonzalo corrió al hospital y llegó justo a tiempo, sacándola entre protestas.

—Por favor, Julia. Déjalo nacer. Te ayudaré en todo— suplicó.

Ella aceptó, con una condición: no cambiaría pañales ni se levantaría por las noches. Durante el embarazo, él la mimó como a una reina. Y cuando llegó el día, la llevó al hospital. Al nacer una niña sana, respiró aliviado.

Feliz, se fue a casa a descansar. Pero al día siguiente, al volver, le dijeron:

—Su mujer se ha ido. Dejó a la niña.

—¿Qué?— no lo creía—. A lo mejor salió un momento…

—No, se marchó. Aquí dejó una nota— le entregó la enfermera un papel doblado.

Julia desapareció. No contestaba llamadas, cambió de número. Mes y medio después, llamó:

—Recoge mis cosas. Vendrá mi Adrián a buscarlas. Tú inicia el divorcio, yo no apareceré.

Ni una palabra sobre la niña. No la quería, como tampoco a Gonzalo. Así que él se convirtió en padre y madre de Alba. Por suerte, su madre vivía cerca y le ayudaba.

Sofía

Cuando sonó el teléfono, Sofía contestó. Era Marina, la profesora de Dani, su hijo de segundo curso.

—Venga ahora mismo al colegio. Su hijo ha armado un lío— colgó sin dar detalles.

Sofía salió corriendo del trabajo, preguntándose qué habría hecho Dani, un niño tranquilo que nunca daba problemas.

Dani había nacido contra todo pronóstico. Su marido, Enrique, le advirtió antes de casarse:

—Soy estéril, tengo los papeles que lo prueban—. Era su tercer matrimonio.

Ella lo amaba y aceptó, pensando que, si no tenían hijos, podrían adoptar. Pero, contra todo pronóstico, quedó embarazada. Corrió a contárselo, con el informe médico en mano:

—¡Enrique, mira! ¡Ocho semanas! ¡Vamos a ser padres!—

Él, en vez de alegrarse, le dio una bofetada.

—¿De qué te alegras? ¿De haberme puesto los cuernos?— gritó.

Ella lloró en silencio. Más tarde, él dijo:

—Bueno, en casa hace falta un niño, aunque no sea mío—.

Dani nació, idéntico a Enrique, pero él no lo veía. Al principio lo toleró, pero luego empezó a gritar:

—¡Dile a tu padre verdadero que te mantenga!—

Sofía hizo una prueba de ADN que confirmó la paternidad, pero él siguió acusándola de haberla falsificado.

Harta, se fue con Dani a casa de su madre. Pero Enrique los encontró. Se mudó al otro extremo de la ciudad, y él volvió a aparecer. Finalmente, pidió el

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