La firme franqueza de una colega que siempre dice la verdad

Hace tiempo, en una oficina de Madrid, trabajaba una mujer llamada Irene Valdés, conocida por su carácter fuerte y su lengua afilada. Sus colegas siempre la recordaban como alguien que decía las verdades sin importar si dolían o no.

Por ejemplo, estaba Lucía, que pasaba la mañana coqueteando con el nuevo técnico mientras terminaba sus pedidos a toda prisa. Hasta que Irene soltó: *”Oye, ¿sabías que su esposa está en el hospital de parto?”* Y así, el coqueteo se esfumó en un instante.

O estaba Marta, que llevaba meses intentando dejar de fumar. Usaba parches, chicles, hasta un cigarrillo electrónico milagroso. *”¿Has visto los ingredientes de ese ‘milagro’? Tampoco yo. Como nadie. Qué raro, ¿no?”* La frase de Irene la dejó helada.

Todos evitaban cruzarse con ella. Nadie quería su sinceridad brutal. Pero a Irene le daba igual. La verdad era la verdad, aunque a veces fuera innecesaria.

Cuando se marchó a una formación en Barcelona, todos respiraron aliviados. Fumaban en la calle, flirteaban con clientes, celebraban fiestas los viernes y hasta se besaban en los rincones de la oficina, casados o no.

Tres semanas después, Irene volvió. Siempre impecable, con tacones, perfume intenso y maquillaje perfecto. Pero esa mañana entró con unos vaqueros gastados y un jersey enorme, sin maquillaje, el pelo recogido y gafas de sol que no se quitó hasta encerrarse en su despacho. En lugar de su perfume habitual, llevaba un leve aroma a *Truth* de Calvin Klein.

Lo más sorprendente fue que no regañó a la recepcionista por los documentos sin preparar, ni al técnico por hablar con su esposa. Pasó de largo ante las cajas de archivos donde el abogado revolvía papeles. Todo quedó sin comentarios.

*”No superó la formación”*, dijo el abogado.
*”Está enferma”*, sugirió la recepcionista.
*”¡Se ha enamorado!”*, soltó Lucía entre risas.
*”¿Y por eso el jersey tres tallas más grande?”*, comentó la traductora.
*”Da igual, en una hora hay reunión. Mejor prepararse que cotillear.”*

Pero Irene no apareció. La esperaron, impacientes, hasta que el técnico, junto a la ventana, exclamó: *”¡Mirad! ¡Ahí está!”*

Al otro lado de la calle, en una cafetería, Irene estaba sentada con un hombre. Reía. *Ella. Reía.* Todos miraban fascinados. Esta no era la Irene gruñona que conocían.

*”No encontré mi blusa esta mañana”*, le dijo al hombre, sonriendo. *”Por eso me puse tu jersey.”*
*”Prefiero verte sin nada”*, respondió él.
Irene enrojeció y le dio un suave golpe. *”Cállate.”*
*”No puedo”*, susurró él, acercándose. *”Deberíamos irnos. A mi casa o a la tuya, da igual. Desde que nos conocimos en el aeropuerto, todo ha cambiado.”*
*”Sí.”*
Él sonrió. *”Por cierto… llevas el jersey al revés.”*
*”¡Maldita sea!”*
*”Así que definitivamente hay que ir a mi casa para quitártelo.”*

Ella rio, sacó el móvil y marcó un número. En la oficina, sonó el teléfono de recepción.

*”¡Buenos días! ¿Irene Valdés? Ah… ¿Que no viene? ¿Que está enferma? ¡Pues que se recupere!”*

La recepcionista entró corriendo en la sala. *”¡Nuestra Irene está enferma!”*
*”Ya lo vemos”*, dijo el técnico, mirando cómo Irene, perfectamente sana, se subía al coche con aquel desconocido. *”Desaparecerá unos días. Mejor no llamarla.”*
*”¿Por qué?”*, preguntó la recepcionista.

Lucía sonrió. *”¿Nunca has ido a trabajar con la ropa del revés y gafas de sol para ocultar lo bien que pasaste la noche? Cuando no te importa ir sin maquillaje porque tu cabeza sigue en otra parte…”*

Todos asimilaron la información. Lucía se encogió de hombros y salió de la sala.

*”Enferma… Suspensión de formación… Ya dije que era amor. Y ahora nuestra Irene es otra.”*
*”¿Por cuánto tiempo?”*, preguntó el técnico, sombrío.

Lucía lo miró con complicidad. *”Eso, querido, depende de vosotros, los hombres.”*

Y con eso, se fue.

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