LA FELICIDAD TAN ANSIADA
El sol caía suavemente sobre Madrid, y para Victoria Ramos aquel día fue el más dichoso de su vida. Su rostro resplandecía como nunca. ¿Cómo no iba a hacerlo? Doce años había esperado este momento, doce años en los que la maternidad parecía un sueño inalcanzable. Y hoy, al fin, la noticia llegó. Un hijo crecería en su vientre. No existe dicha mayor para una mujer, como refrendaría cualquiera que haya probado la dulzura de ser madre.
Victoria caminaba por la Gran Vía, sintiéndose en la gloria. No podía evitar llevar la mano a su vientre y, sonriente, susurrar palabras cariñosas al pequeño que ya empezaba a habitarla, apenas de dos meses y medio.
De jovencita, Victoria conoció a su esposo, Miguel Fernández, en la Universidad Complutense de Madrid. Compartieron años de estudios, con las tardes de cafés y sueños en Malasaña. Tras graduarse, sólo pasaron tres meses hasta que celebraron una boda íntima en Alcalá de Henares. Eran felices, profundamente enamorados, con la esperanza del futuro brillando ante ellos. Pero medio año después de casarse, la inquietud se apoderó de Victoria. Miguel, paciente, intentaba calmarla. No te preocupes, amor, aún es pronto. Los niños llegarán cuando tengan que llegar, le repetía, confiado en los designios del destino.
Pasaron dos años y la esperanza de Victoria comenzó a flaquear. Consultó médicos, pero no hallaron problemas que explicaran su infertilidad. Miguel, comprensivo, se volcó en ella: salidas al Retiro, veladas en casa, atenciones diarias. Pero la tristeza se instaló en Victoria; el hogar, aunque cálido, parecía incompleto. Así transcurrieron doce años. La plenitud familiar nunca llegaba.
Fue en un cálido día de julio, mientras Miguel trabajaba en el banco, cuando Victoria decidió dar un paseo por las calles de Chamberí. Caminaba sin rumbo, distraída, sumida en sus pensamientos como tantas veces. La cabeza baja, ajena al bullicio madrileño.
De pronto, una vocecita la sobresaltó:
¿Tú eres mi mamá, verdad?
Victoria se detuvo, impactada como por un trueno. Levantó la vista y vio a un niño de tres años, delgaducho, agarrado con sus manitas a la reja del patio de un centro de acogida. Sus ojos oscuros la miraban con una sinceridad que desarmaba.
La confusión la paralizó. Poco a poco, recobrando el control, se acercó despacio. Al fondo, distinguía otros niños correteando bajo la supervisión de las cuidadoras.
Victoria contemplaba al pequeño, sin encontrar palabras. Su mente se agitaba: sentía, de algún modo, que aquel instante podía cambiar su vida para siempre. Mirando sus ojos grandes y tristes, preguntó:
¿Recuerdas cómo era tu mamá? ¿Cómo te la imaginas?
No, nunca la conocí. Por eso espero aquí. Seguro que me reconoce si pasa cerca.
Sí, tienes razón murmuró Victoria, conmovida y esperanzada, sintiendo que quizá el destino la ponía en el camino de ese niño.
¿Cómo te llamas?
Mario.
La decisión nació en ella como un fuego. Tenía claro que haría todo lo posible por adoptar a ese niño. Aquel encuentro era una señal.
Hace unos años perdí a un hijito, también se llamaba Mario. Aún lo busco. ¿Eres tú, quizás?
El niño se animó, sus ojos brillaron con júbilo y gritó con fuerza:
¡Sí, sí! ¡Eres tú mi mamá! ¡Te reconocí! ¡Eres tú!
Con lágrimas temblando en sus pestañas, Victoria alargó sus brazos y abrazó a Mario a través de la reja, apretándolo contra sí.
Entonces, vamos juntos a hablar con la directora. Te llevaré a casa.
¡Bien! exclamó el niño, saltando de alegría.
Entraron juntos en el centro de acogida. La cuidadora, doña Carmen, miró a la pareja emocionada:
Por fin Mario tendrá una mamá dijo, contenta por ambos.
Comenzaron trámites, papeles, entrevistas, inspecciones interminables que para Victoria transcurrían como en una niebla. Mario, entretanto, sentía en su corazón que su madre le había encontrado al fin. Victoria preparaba a Miguel para la llegada del nuevo miembro; juntos pintaron la habitación, compraron muebles y juguetes. Miguel, al ver por primera vez en años la luz en los ojos de Victoria, apoyó sin reservas la adopción.
Y llegó el tan esperado día. Mario era ahora su hijo, legalmente y en el corazón. Los tres salieron del centro cogidos de la mano, radiantes. El hogar que había guardado silencio durante tantos años se llenó del bullicio de pasos diminutos y la voz fresca de Mario gritando ¡PapáMira!. Victoria volvía a vivir. Toda la ternura acumulada fue para aquel niño, y Miguel se transformó en el padre que Mario necesitaba.
El tiempo pasó, Mario creció, feliz y amado. Hasta que una mañana, Victoria sintió un malestar. Miguel, preocupado, decidió acompañarla al médico. Fue allí donde les comunicaron una noticia inesperada: Victoria sería madre biológica. ¡No había palabras suficientes para la alegría!
Esperaron con ilusión el nacimiento del segundo hijo. El día llegó: nació una niña sana a la que llamaron Jimena. Por fin la familia estaba completa.
Victoria sabía que aquel milagro había ocurrido por una razón. Sólo sucedió porque un día no pasó de largo junto a un niño tras la verja de un centro de acogida. Los gestos nobles siempre son recompensados. La felicidad, entendía ahora, nunca llega con puntualidad exacta; sólo se revela ante quienes abren el corazón a dar amor sin límites ni condiciones.






