La felicidad ajena
26 de marzo. Este año la primavera ha llegado pronto a nuestro pueblo en la sierra de Salamanca. Apenas estamos a finales de marzo y ya ha desaparecido toda la nieve de la huerta. Sé que aún vendrán días fríos, pero mientras el sol calienta, he salido al patio con ganas de hacer cosas: apuntalar la valla torcida, reparar el cobertizo de la leña. Tengo que pensar en traer unas gallinas y un cochinillo; igual también un perro y un gato. Me sonrío por dentro; ya he hecho bastante en esta vida. Ya está bien de tentar a la suerte.
Hoy, mientras metía las manos en la tierra húmeda y mullida, me ha entrado el deseo de abrir pronto los surcos del huerto, como cuando era un chiquillo, y correr descalzo, sintiendo la tierra cálida y pegajosa entre los dedos. Todavía se puede disfrutar susurré, sin saber muy bien a quién se lo decía.
Buenos días.
Di un respingo. En la cancela estaba una chica, apenas una adolescente. Llevaba una gabardina barata, de las que reparten en los institutos de la Junta, unos zapatitos débiles y medias color carne que poco abrigan en estos días. Pobre cría, pensé, con el frío que hace todavía, se va a resfriar. Esos zapatos no durarán ni dos inviernos.
La pequeña cambiaba el peso de un pie al otro, insegura.
Buenos días gruñí casi, más por costumbre que por descortesía.
¿Perdone, podría usar su baño?
¿Ah, sí? Claro, pasa, todo recto y después a la izquierda.
La observé correr hacia el fondo, menuda y tímida.
Gracias, de verdad. Me ha salvado usted. Estoy buscando una habitación, ¿no la alquilará usted por casualidad?
No pensaba hacerlo, pero ¿para qué la necesitas?
Es que no quiero ir a la residencia. Ahí beben, fuman, y los chicos no dejan de merodear
¿Y cuánto podrías pagar?
Veinticinco euros No tengo más.
Anda, entra mujer, venga.
¿Puedo volver al baño, por favor?
Corre.
¿Cómo te llamas? le pregunté mientras entraba en casa.
Marina susurró como un ratón.
Marina, ¿qué asunto raro te trae hasta aquí? No mientas, dime la verdad.
Yo la habitación
No me engañes niña, ¿quién te ha mandado?
Nadie, yo sola. ¿Usted es María López García?
Sí soy yo.
No me reconoce ¿mamá? Soy yo, Marina tu hija.
Me quedé clavado en la silla. Ni un músculo se movía en mi cara tostada por el sol y castigada por los inviernos de la meseta.
Marina hija me salió del alma, como un lamento.
Sí, mamá, soy yo. En el centro no querían darme tu dirección, decían que no estaba permitido. Pero convencí a mi profesora, doña Inés, que es buenísima. Ella me ayudó, hizo una petición oficial y así conseguí averiguar tu nombre. Luego encontramos el domicilio y por fin he llegado, mamá.
Me quedé ahí, sin apenas respirar, sintiendo cómo las lágrimas resbalaban por las mejillas. Marina, mi hija. Mi niña Marina.
Mamá, cuánto te he buscado Me decían que me habías abandonado, que era un trasto para ti, pero yo no les creía Yo sabía que no era verdad, mamá.
Con torpeza, la abracé. Mis manos hinchadas y llenas de callos temblaban al rodearla, acariciando su rebeca de lana gruesa. Así nos quedamos, sin decir palabra, Porque ya todo estaba claro.
(Pasó el tiempo. Hacía lo que me enseñó mi abuela: hervir agua, preparar infusiones de manzanilla, mimar a mi hija, cuidar de su salud y prepararle su vida nueva. Marina, mi hija, mi razón para seguir viviendo. El Señor apiada, me dije. Hay motivos para mirar adelante.)
***
Mamá
¿Qué pasa, cielo?
Mamá, me he enamorado.
Ay, pero bueno
De verdad, mamá. Se llama Manuel. Es tan bueno, quiere conocerte.
Ay, hija no sé si estoy preparada.
Sonreí, resignada: la felicidad parece que hay que pagarla. El Destino da, el Destino quita.
No te vayas a preocupar, mamá.
El chaval resultó ser de los de toda la vida, del pueblo, trabajador y cabal. Todo bien, se quedó a vivir con nosotras. Con la costura me arreglé. Cuando cerraron la fábrica, me fui al taller cooperativo y nunca nos faltó dinero. Marina y Manuel vestían bien, no nos íbamos a la cama sin cenar.
Manuel es de los que no paran quietos: cambió la valla, arregló dos veces el tejado, levantó un gallinero. La casa empezó a tener vida y risa, mucho más desde que llegó Marina, tan estupenda y guapa.
Mi corazón se deshizo al ver la alegría de esta nueva vida. Los recuerdos malos se adormecieron. A veces, por la noche, regresaba la pena, pero ya no tenía fuerza para hundirme.
Mamá, ¿te encuentras bien?
Sí, hija, duerme tranquila
¿Puedo dormir contigo?
Claro, ven, mi niña, aquí tienes hueco.
Amor de madre, eso es lo que por fin he sentido. Gracias, Dios mío, por este regalo.
Celebramos la boda en el pueblo. Marina y Manuel se quedaron conmigo; yo florecía de pura felicidad. Hasta en el taller decían que tenía otro color en la cara y no me cabía la sonrisa.
Voy a ser abuela susurré a mis compañeras. No puedo aguantar la emoción.
Marina tuvo un niño: le llamaron Antonio, como mi madre, doña Antonia, mujer firme pero buena. No había tenido bebés en brazos desde Marina. Sostenerle era tocar el cielo.
Todo mi mundo giraba ya alrededor de Antonio, tan listo y guapo. Manuel prosperó con su empresa de reformas junto a sus hermanos, hasta abrieron una ferretería. Vivíamos sin lujos, pero felices.
Y pronto vino más alegría: nació mi nieta, Lucía. A esa niña le hice vestidos de todos los colores y formas. Se escuchaba la risa infantil en la casa a todas horas.
Pero últimamente un fuego me quemaba el pecho. La fatiga me hacía temer lo peor.
Mamá, ¿qué tienes? ¿Dónde te duele?
Tranquila, hija. No pasa nada, sólo cansancio
***
Demasiado tarde, la enfermedad fue más fuerte.
Doctor, doctor, no puede ser. Es mi madre
Lo siento, hija, no puedo hacer más.
***
Hija, Marina, me tengo que ir pronto, perdona que haya vivido tanto. Tú me salvaste, viniendo ese día
Mamá, por favor
Hija, quiero decirte una cosa No interrumpas. No soy tu madre de sangre, Marina. Perdóname
¡Mamá! Nunca más digas eso. Eres y serás mi única madre, ¿me oyes?
Sí hija mía. En el escritorio está mi diario. Perdóname, Marina. Te quiero, mi vida
Y yo a ti, mamá Mamá
***
Marina, ¿has comido?
Sí, Manu, luego bajo vete tranquilo.
Marina se quedó en mi habitación, leyendo mi cuaderno. Allí estaba mi vida: cruda, torcida, triste y llena de momentos alegres. Mi madre, doña Antonia, mi padre murió en la guerra civil. Yo, María, la pequeña de la casa.
Me enamoré de un hombre malo; me fui con él, era todo peligro y pasión, pero la vida se torció. Pronto me quedé sola, sin hijo ni ilusión, la casa vacía. Los años pasaron, la soledad era mi castigo.
Un día, el Señor me mandó una alegría inesperada; no iba a dejar escapar esa oportunidad. Quería ser madre, por poco tiempo, por un instante aunque sea, sentir esa luz. Y entonces llegó Marina, la niña de mi alma. Viví para ella, trabajé, sufrí, recé que me dejaran verla crecer, ser abuela.
Al principio temí que descubriera la verdad: que sólo compartíamos apellido, que todo era una casualidad. Pero al final aprendí a vivir, a creerme digna de ese cariño. Perdóname, hija mía, por haberte robado a tu verdadera madre. Esta es mi felicidad robada
Mamá llora Marina. Mamá mía, sé que me escuchas. Yo lo supe casi desde el principio. Me avisaron en casa de que los datos no cuadraban y encontré a la otra Ana, la de verdad. Me rechazó, no me quería, ni siquiera quiso verme. Sólo pensaba en su nueva familia.
Dinero me dio, sí. Fui yo la que no quise. Huí, y me enfermé de pura pena. Mamá, gracias a Dios te conocí, nunca te cambiaría. Te quiero, mamá, eres mi única madre.
Quizá allá arriba sabían lo que hacían, lo que necesitábamos realmente. Gracias a ese error, encontré mi hogar. ¿Y ahora, cómo vivir sin ti, mamá?
***
Abuela, ¿la abuela María era buena?
Muy buena, hija.
¿Y guapa?
La más guapa, Lucía.
¿Quién la llamó así?
Creo que tu bisabuelo, o tu bisabuela
¿Y yo? ¿Me llamáis Lucía por tu madre?
Sí, tu padre y yo, porque él quería mucho a su abuela.
¿Ella me ve?
Claro que sí, siempre está a tu lado y te cuida.
Te quiero, bisabuela María susurra la niña, dejando una corona de margaritas en la tumba.
Y yo a ti, cariño susurra el viento en los chopos, todos te queremos, repiten las ramas al sol.
Hoy, al terminar este diario, comprendo que la felicidad siempre será ajena si no la acoges y agradeces como un milagro tuyo. El amor de madre, aunque llegue de la forma más inesperada, da sentido a todo y hace que cualquier herida quede sanada.





