Ayer, después de una mañana fría en Madrid, entré en mi cafetería favorita en la calle Luchana. Me senté en el sofá de la esquina, pedí un café con leche y una napolitana de crema, como suelo hacer para animarme antes de ir a la oficina.
Fuera, caía una lluvia fina y persistente. Disfruté del primer sorbo caliente. En la mesa de al lado se sentaban dos chicas, conversando animadamente. Intuí enseguida que eran amigas de toda la vida.
Tía, el otro día me crucé con la nueva novia de mi ex. De verdad, no sé qué le habrá visto. ¡Menuda pinta! decía una, bajando la voz pero sin poder disfrazar el sarcasmo.
¿Será que cocina unas lentejas de muerte? O a lo mejor en la cama es una fiera bromeó la otra, soltando una carcajada.
Qué va, ni eso. Mira la foto que tiene en Instagram. No hay por dónde cogerla…
Las dos se rieron, y sentí un nudo en el estómago. Me vinieron a la memoria las palabras de mi madre, que escuché a escondidas cuando tenía siete años, hablándole a mi padre en la cocina: “Nuestra Lucía no ha salido guapa. Que se esfuerce y valga por lo que haga…”
De adulta, siempre he cuidado mi aspecto. Me compro ropa arreglada, nunca salgo de casa sin un poco de rímel y colorete. Aun así, algo dentro de mí me susurra que no basta. Mi madre me repetía muchas veces: “Ánimo, hija. No eres de anuncio, pero tienes inteligencia. Esfuérzate y no te quedes sola.”
En el colegio sentía vergüenza de mi cuerpo, tan recto y sin curvas, sin ese aire femenino que parecía natural en otras chicas. En la universidad aprendí a vestirme con un poco de estilo, a maquillarme y hasta logré novio. Pero él se permitía bromas sobre mi trasero tabla y mis pies de gigante. Entendí, con resignación, que tampoco el interés ni el ingenio serían suficientes para que alguien me quisiera de verdad.
Acabé el café y la napolitana, recogí mis cosas y salí rumbo al trabajo. A mediodía debía pasar por casa de mi amiga Mercedes a alimentar a su gato y regar sus plantas. Se había ido dos semanas a Lanzarote, y su marido apenas pisa la casa. “Aunque por una casualidad se crucen, ni siquiera mirará a Lucía”, pensó Mercedes, tranquila antes de viajar.
Ya en el piso de Chamberí, lo primero que hice fue echarle pienso al adormilado Donato. Después, entre macetas y helechos, empezó a sonar una canción de Sabina en la radio de la cocina. No pude evitar tararear: “Quién me ha robado el mes de abril…”, y de pronto noté un bienestar extraño, como si el momento me envolviera en una burbuja cálida. Sin darme cuenta bailé unos pasos ligeros, admirando el aroma de las flores y, quizá por primera vez, sintiéndome cómoda siendo simplemente yo.
De repente, oí voces tras la puerta. Me giré y vi a dos hombres en el umbral. ¡Era Jaime, el marido de Mercedes! No venía solo. Ambos parecían sorprendidos. Sentí cómo se me encendían las mejillas de vergüenza.
¡Hola, Lucía! Este es mi amigo, Álvaro. Hemos venido a por unos papeles. Bailabas tan bien que nos hemos quedado boquiabiertos. Perdón si te hemos interrumpido.
Yo… Bueno… Mercedes me pidió que…
Me acerqué rápido a la puerta y, sin mirar, tropecé con Donato. Caí de bruces y solo recuerdo el zumbido en los oídos.
Desperté después en una habitación de hospital, con el pelo revuelto y la cabeza palpitante.
Buenos días. ¿Cómo te encuentras? preguntó la mujer de la cama de al lado, sonriente Soy Pilar. Te has llevado un pequeño susto, pero el médico dice que estás bien. Han venido a traerte flores y un repartidor con una bolsa de cosas ricas.
Gracias apenas pude responder.
Me levanté despacio y miré el paquete: manzanas, zumo de naranja y una caja de napolitanas. Sin duda, Mercedes y su marido.
Me acerqué a las flores, unas margaritas blancas, y encontré una nota: Lucía, recupérate pronto. No hay lugar para una chica tan simpática como tú en un hospital. Te invito a la exposición de flores del Retiro. No se acepta un no como respuesta. Álvaro.
Hundí la cara en las margaritas, cerré los ojos y sentí el corazón ligero. Abrazando a Pilar, me dije a mí mismo que la belleza nunca es cuestión de brillo o escaparate. Cada persona tiene la suya, y a veces, basta una tarde bailando entre geranios para descubrirla por fin.





