La familia política de mi marido quiso “autoinvitarse” a nuestra casa de campo en vacaciones, pero no les di las llaves: una navidad en la que, por fin, puse límites (y defendí nuestra paz familiar)

Pues hemos pensado que, para qué va a estar vuestra casa de campo vacía. Nos vamos nosotros con los niños estas Navidades. Hay aire puro, la pista de trineos cerca, prenderemos la chimenea. Total, Belén, tú siempre estás a tope en el trabajo, y a Ricardo le hace falta descansar, pero no quiere venirse, dice que sueña con dormir sin que nadie le despierte. Así que suelta las llaves, que mañana por la mañana pasamos a por ellas.

La voz de Almudena, cuñada de Belén, resuena altísima y mandona desde el móvil, casi obligando a Belén a apartárselo de la oreja. Está de pie en medio de la cocina, secando un plato recién lavado, intentando digerir lo que acaba de oír. La desfachatez de la familia política de su marido hace años que es tema de conversación entre sus amigas, pero esto ya supera lo imaginable.

A ver, espera, Almudena responde Belén con voz fría, controlando la rabia por no gritar. ¿Y eso lo habéis decidido así, sin más? ¿Quién lo decidió? Esa casa del campo no es un refugio público ni una residencia turística. Es nuestra, de Ricardo y mía. Y para tu información, pensábamos ir nosotros.

¡Ay, venga ya! le corta Almudena masticando algo. Que sí, que Ricardo le ha dicho a su madre que os quedabais en Madrid, tirados en casa. Si queréis venir, ni vamos a estorbaros, hay sitio de sobra, dos pisos. Pero mejor que no, porque nuestra cuadrilla es alegre, ya sabes. Miguel llamará a unos amigos, haremos carne a la brasa, pondremos música Contigo y tus libros seguro que nos das un corte.

Belén siente los mofletes ardiendo. Visualiza sin esfuerzo al marido de Almudena, Miguel, amante del flamenco y el pacharán, a los dos hijos adolescentes que ignoran lo que significa la palabra prohibido y a la pobre casa del campo, donde Belén lleva cinco años invirtiendo todo su esfuerzo y sus ahorros.

Almudena, no responde tajante. Las llaves no las doy. Ahora mismo la casa no está lista para visitas, la calefacción tiene su truco, y el filtro del pozo es delicado. Y francamente, no quiero a tanta gente yendo y viniendo por ahí.

¿Cómo que no quieres? ¿Nos llamas extraños? grita la cuñada dejando de mascar. ¡La hermana de tu marido, tus sobrinos! Anda que vaya corazón de piedra se te está poniendo con tanto balance de cuentas. Ahora mismo llamo a mamá, ya verá ella lo bien que tratas a la familia.

El pitido de la llamada suena a disparo. Belén deja el móvil sobre la mesa con las manos temblorosas. Sabe que esto sólo acaba de empezar. Pronto atacará la artillería pesada: su suegra, Teresa López, vendrá con todo su arsenal.

Ricardo entra al minuto, con la sonrisa de quien finge no haberse enterado de nada. Sí, claro, lo ha escuchado todo, pero ha preferido escapar al salón, esperando que su mujer arregle el lío.

Belén, ¿no crees que fuiste un poco brusca? dice, acercándose y queriendo abrazarla. Almudena es muy suya, pero es familia. Se lo tomarán a mal.

Belén aparta su brazo con cansancio férreo.

Ricardo, ¿te acuerdas del puente de mayo pasado? pregunta, muy seria.

Ricardo hace una mueca como de agujetas dentales.

Bueno, ya pasó

¿Ya pasó? La voz de Belén sube de nivel. Dijeron pasamos sólo dos días, hacemos barbacoa, nada más. Y acabaste plantando otro manzano porque rompieron el de mi padre. El salón quemado de chispas, alfombra hecha polvo, pila de platos grasientos y ni la lavavajillas servía porque, por lo visto, eso tampoco lo sabían usar. Y la vajilla que rompieron, los lirios del jardín pisoteados

Eran los niños jugando balbucea Ricardo mirando al suelo.

¿Niños? ¡Al chaval le quedan dos veranos para la universidad! Y la niña está en plena adolescencia. Sabían perfectamente lo que hacían. ¿Recuerdas cuando ahumaron toda la sauna porque olvidaron la trampilla? Casi queman media casa. ¿Y tú quieres dejarlos allí solos? ¿Una semana? ¿En pleno diciembre?

Prometieron que tendrían cuidado Miguel dijo que lo vigilaría todo.

Miguel vigila sólo que no falte el anís corta Belén secamente, mirando por la ventana. No, Ricardo. He dicho que no y es definitivo. Esa casa es nuestra, y lo es por derecho y esfuerzo. He metido en la reforma todo el dinero de la venta del piso de mi abuela. Sé dónde va cada tornillo que puse. No voy a dejar que la conviertan en un gallinero.

Terminan el día en un silencio gélido. Ricardo enciende el televisor, lo apaga unos minutos después y se va al dormitorio. Belén bebe el té frío y recuerda cada etapa de la reforma. Aquella casa rural, herencia de sus padres, era mucho más que una segunda vivienda. Era su refugio personal contra el estrés de Madrid. Había aprendido a lijar, a pintar, se privó de viajes y caprichos durante años. Allí leía, cosía cortinas, elegía azulejos con mimo. Para la familia política de Ricardo era sólo un chollo de residencia rural.

La mañana siguiente, sábado, suena el timbre. Belén, al mirar por la mirilla, suspira resignada. Ahí está Teresa López, su suegra, emperifollada con su abrigo de visón y pintalabios rojo, arrastrando una bolsa enorme de la que asoma la cola de una merluza congelada.

Abre, Belén, tengo que hablar contigo ruge Teresa entrando como si fuera el salón de plenos del ayuntamiento. Ricardo aparecen del despacho, entre asustado y esperanzado.

¡Mamá! ¿Pero cómo no avisas antes?

¿Ahora hay que pedir cita para ver al hijo? espeta Teresa mientras le tira a Ricardo el abrigo. Pon la tetera, y dame valeriana, que el corazón me va fatal sólo de pensar en esta situación.

En la cocina, la suegra toma el control. Belén le sirve bollos en silencio.

Cuéntame, a ver, nuera empieza Teresa sorbiendo el té. ¿Qué le ha hecho Almudena para que la trates así? La hermana de tu marido, la sangre. Sólo querían pasar las Navidades decentemente mientras les acaban el maldito techo. Los niños están en el polvo y el frío, y ahí tenéis el palacio vacío. ¿Tanto cuesta ser generosos?

Señora Teresa, no es un palacio, es una casa normal que pide cuidados. Almudena lleva cinco años con la obra. No es excusa para invadir la nuestra. Y no he olvidado lo que hicieron la última vez. Todavía no logré sacar el olor a tabaco de las cortinas del dormitorio, por mucho que avisé que no se fumara dentro.

¡Oh, ni que fuera tan grave! Se ventila y listo. Demasiado materialismo tienes tú, Belén, te olvidas de las personas. Nosotros educamos a Ricardo en la generosidad y tú lo has convertido en un tacaño. La casa no te la vas a llevar al cementerio.

Mamá, Belén ha metido muchas horas y euros ahí… dice Ricardo tímidamente.

¡Silencio! le corta su madre. Siempre haciendo lo que quiere ella. ¿Tu hermana y tus sobrinos tienen que quedarse en la calle? El cumpleaños de Miguel cae el tres de enero, cumple cuarenta y cinco, lo iban a celebrar en la naturaleza. Hay invitados, la carne ya comprada. ¿Ahora qué hacemos, quedar en ridículo?

Eso no es mi problema, por invitar a gente a una finca ajena sin consultar responde Belén seca. Eso se llama falta de respeto.

Teresa se pone roja. Acostumbrada a arrasar cualquier resistencia, sobre todo la de Ricardo, desmonta la escena.

¿¡Falta de respeto!? clama llevándose la mano al corazón. Te abracé como a una hija y ahora ¡Ricardo! ¡¿Estás oyendo cómo me trata tu esposa?! Si no entrega las llaves, no piso vuestra casa nunca más. ¡Lo juro!

De todos modos nunca venía porque no soporta las malas hierbas masculla Belén por lo bajo.

¡Serás víbora! Teresa salta tirando la silla. ¡Ricardo, dame las llaves! Se las doy a Almudena yo misma. ¿Quién manda aquí?

Ricardo mira de un lado a otro, partido por dentro. Teme las broncas de su madre desde la infancia, pero también quiere a su mujer y a decir verdad, también siente cariño por la casa. Recuerda haber tenido que reparar el porche tras el desastre de Miguel y la barbacoa bajo la lluvia.

Mamá, las tiene Belén consigue balbucear. Además quizás vayamos nosotros.

¡Mentiroso! truena Teresa. Mira, mañana Almudena viene a por las llaves y quiero instrucciones de la chimenea. ¿O no consideras que soy tu madre? Belén, acuérdate de este día. Todo se paga.

Teresa se marcha dando un portazo que retumba. En casa sólo queda el tictac del reloj.

¿No vas a cederle las llaves? pregunta Ricardo en voz baja al cabo de un rato.

No, Ricardo. Y te digo más: mañana salimos temprano para allá. Los dos.

Si ni lo teníamos planeado Tú querías terminar los informes.

Ahora lo importante es que no nos usurpen la casa. Si no la ocupamos nosotros, lo harán ellos por la fuerza. Sé cómo es tu hermana: capaz de meterse por la ventana si le encapricha. Si estamos ahí, no le quedará más remedio que irse.

Pero esto ya es una guerra

No, Ricardo. Es custodiar lo nuestro. Prepara una maleta.

Salen de madrugada, todavía de noche. Madrid se ve precioso bajo las luces navideñas, pero entre la pareja reina la tensión. Ricardo va mirando el móvil a cada rato; Belén le ha pedido que lo silencie.

Hora y media de viaje, y finalmente alcanzan la finca. El pueblo duerme bajo una manta de nieve. Su casa, de madera clara, con el tejado nevado, parece sacada de un cuento. Belén exhala: al fin se siente a salvo.

Prenden la calefacción y el suelo radiante, Belén saca cajas de adornos y pronto la casa huele a pino y mandarina. Poco a poco el ambiente se va relajando. Ricardo limpia la entrada de nieve, disfrutando en silencio de la tranquilidad antihistérica.

El estallido llega a las tres.

Pitidos de claxon insistentemente delante del portón. Dos coches: el viejo todoterreno de Miguel y uno desconocido. Se bajan todos: Almudena con abrigo fucsia, Miguel desaliñado, los dos niños, otra pareja con un mastín enorme sin bozal, y Teresa, majestática.

Ricardo bloqueado, pala en mano.

¡Abrid, que llegamos los invitados! berrea Miguel y su voz retumba en el pueblo.

Belén se pone el abrigo, se calza las botas y sale a la escalinata. Ricardo está en la verja, sin atreverse a abrir el cerrojo.

¡Ricardo, abre ya, estamos helados! grita Almudena, tirando de la puerta. ¡Belén, sal ya! ¡Sorpresa! Si estáis aquí, ¡mejor, celebramos juntos!

Belén pone la mano en el hombro de Ricardo y dice alto, para que todos la oigan:

Buenas. Lamentamos, pero no esperábamos visitas.

¡Venga ya, mujer! Miguel gesticula, oliendo a pacharán desde varios metros. Es una sorpresa, hombre. ¡Traemos carne, anís! Mira, Toño y su mujer vinieron con la perra, es buenísima. ¡Déjanos pasar, hombre!

¿La perra? Belén ve cómo la mastina levanta la pata junto a su abeto recién plantado. ¡Fuera de ahí, que me matáis los árboles!

Tranquila, mujer, sólo es un pino se burla Almudena. Venga, abre, que los niños tienen prisa.

La gasolinera queda a cinco kilómetros, allí tienen baño articula Belén cada palabra. Os lo dije ayer: la casa está ocupada, estamos disfrutando en pareja, no hay sitio para diez personas y un perro.

Silencio al otro lado de la verja. Los parientes tardan en digerir lo que pasa. Solían funcionar así: llegar y poner a todos ante el hecho consumado, y con la abuela de testigo menos iban a echarlos.

¿Que no nos dejas pasar? Teresa tiembla de ira. ¿Vas a dejar a tu madre pasando frío? Ricardo, di algo.

Ricardo gira la vista suplicante a su mujer.

Belén, por favor… Ya que han venido, ¿cómo les decimos que no?

Así, Ricardo su esposa le clava la mirada. Si abres esa verja, en una hora esto parecerá una romería, la perra habrá destrozado el jardín, los niños desmontarán el piso de arriba, tu hermana me dará lecciones en mi cocina y tu cuñado se fumará la casa. ¿Quieres tener por fin un fin de año tranquilo conmigo o prefieres ese caos? Decide ahora.

Ricardo mira a la cuadrilla al otro lado, a Miguel pateando la rueda, Almudena insultando, los niños lanzando bolas de nieve contra las ventanas y su madre allí, inmóvil.

De pronto, Ricardo se acuerda de los destrozos del mayo pasado, de la vergüenza del salón quemado, y del ansiado descanso frustrado.

Da un paso adelante, sujeta la pala como bandera y dice, sin gritar, pero firme:

Mamá, Almudena. Llevo avisando: no hay llaves y no hay visita. Marchaos.

¿¡Qué estás diciendo!? gritan todos a una.

Como lo oís. Es mi casa también y no quiero jaleo. Daos la vuelta.

Te vas a enterar tú amenaza Miguel agarrando la verja.

Vete, Miguel Ricardo ni tiembla. Si sigues intento llamar a la Guardia Civil. Aquí hay seguridad privada.

¿¡Extraños!? se ahoga Teresa. ¿Tenemos que irnos así? ¡Mal hijo y mala víbora, los dos! ¡Que nunca vuelva yo a esta casa!

¡Vámonos! grita Almudena llevándose a su familia. Están locos. Nos vamos a casa de Toño, que por lo menos se está en paz.

¡Sí, a la mía, mejor ambiente! añade Toño, avergonzado.

Los motores rugen. Los coches se alejan entre patinazos. Almudena asoma la mano por la ventanilla y hace un gesto indecente. Teresa, con cara de estatua enfadada, mira al frente.

Al poco vuelve el silencio. Sólo queda el rastro de pisadas en la nieve y una mancha amarilla sobre el protector del abeto.

Ricardo deja la pala y se sienta, abatido.

Qué vergüenza, por Dios Mi propia madre

Belén se sienta a su lado y le abraza fuerte.

No es vergüenza, Ricardo. Es madurar. Hoy has protegido nuestra familia. Ya era hora.

No lo olvidará jamás.

Lo olvidará cuando le interese. Cuando quiera ayuda. Son así. Pero ahora ya saben dónde está la puerta. Y poco a poco aprenderán a respetarte. Lo sé.

¿Seguro?

Clarísimo. Y si no más tranquilos viviremos. Entra, que te hago un vino caliente.

Entraron en la casa, Belén cerró las cortinas, aislando aquel pequeño mundo de las tonterías del exterior. Ya de noche, sentados frente al fuego, no decían nada. Pero era un silencio cálido, de complicidad.

Los días pasaron felices, leyendo, cocinando, paseando por el bosque. Nadie llamó; la familia estableció el boicot.

El tres de enero, como predijo Belén, Ricardo recibe una foto de Almudena: un cobertizo destartalado, botellas por el suelo, migas de carne, todo caos. El comentario dice: Nos apañamos sin vosotros. ¡A joderse!

Belén mira la foto, el mugriento mantel y la cara descompuesta de Miguel, y luego a Ricardo, dormido plácidamente frente a la chimenea.

Aquí no hay nada que envidiar, Almudena susurra, y borra el mensaje para no desconcertar a su marido.

Una semana después, ya en Madrid, Teresa llama. Voz seca y resentida, pero pide a Ricardo que la lleve al ambulatorio. Ni una palabra de la casa. La frontera ya quedó establecida. Apenas habría más escaramuzas: la fortaleza había resistido.

Belén comprendió la lección: a veces hay que ser la mala para los demás, para ser buena para uno mismo y proteger lo esencial. Y las llaves, ahora, descansan en la caja fuerte. Por si acaso.

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MagistrUm
La familia política de mi marido quiso “autoinvitarse” a nuestra casa de campo en vacaciones, pero no les di las llaves: una navidad en la que, por fin, puse límites (y defendí nuestra paz familiar)