La familia de mi marido me tachó de “sin dote”, pero luego vinieron a pedirme dinero prestado para construir su chalet

Pues ya está, hijo, mira a quién has traído a nuestra casa, que Dios nos perdone, una cualquiera sin bienes ni fortuna. Ni tierra, ni casa, sólo sueños y una maleta repleta de sábanas gastadas. ¡Ya te lo advertí! Que conviene buscar una igual, no recoger la primera que encuentres tirada. Con ella hasta vergüenza dará mirar a la gente a los ojos.

María Dolores, la madre de Fabián, lo decía alto y claro, en mitad del salón, mientras revisaba con desdén el modesto equivalente al ajuar que Lucía había traído consigo del piso compartido donde vivía. Lucía, con el rostro pálido y las manos aferradas a la vieja bolsa como si de aquello dependiera su vida, deseó hacerse invisible, desaparecer, no soportar la mirada fría y mordaz de la suegra ni la risa ácida de la cuñada, Inés, probándose a modo de burla la que era la única chalina decente de Lucía, pavoneándose ante el espejo.

Fabián, demasiado joven aún para plantar cara a su madre, enrojecía hasta las orejas.

Mamá, basta ya balbuceó, intentando quitarle a su madre el pequeño montón de toallas. Lucía es mi esposa. Viviremos aparte, ya lo sabes. Sólo hemos traído unas cosas, estamos buscando piso.

¿Aparte? María Dolores gesticuló dramáticamente. ¿Y con qué dinero, dime? ¿Con la paga mísera de ingeniero? ¿O es que esta pelada trae euros escondidos? Ay, Fabián, ya te hartarás de lágrimas. Pueblo es pueblo: sin gusto, sin maneras, sin un real.

La palabra pelada quedó adherida a Lucía como una mancha. En cada comida familiar donde los invitaban sólo para servir de blanco a las bromas, se la recordaban; la suegra y la cuñada nunca perdían ocasión para echarle en cara si el salmorejo tenía los trozos demasiado grandes (de aldea), si el vestido era horterada o el regalo les parecía barato.

Lucía aguantaba. La habían educado para respetar a los mayores, y siempre pensaba que una paz frágil valía más que una buena pelea, además amaba a Fabián con locura. Él era su bastón, aunque vivía entre la espada y la pared, queriendo contentar a su madre y proteger a su mujer.

Los primeros años fueron duros. Realmente vivían de alquiler, gastaban lo justo; Lucía, tecnóloga textil, trabajaba en una fábrica por turnos dobles y por las noches remendaba pantalones, cosía cremalleras, hacía cortinas para los vecinos. Fabián aceptaba cualquier trabajo extra: hacía portes, arreglaba ordenadores.

La familia de Fabián, más bien acomodada, nunca les ayudó. El padre, ya fallecido, les había dejado un piso grande en el centro y una casa en la sierra, e Inés se había casado con un empresario de medio pelo. Pero para críticas y consejos nunca faltaban.

Cuando se les averió la nevera y las compras tuvieron que ir colgadas en una bolsa por la ventana, Fabián pidió un pequeño préstamo a su madre, hasta cobrar.

No hay dinero cortó María Dolores por teléfono. Y si lo hubiera, me lo pensaría. ¡Sois unos manirrotos! Seguro que tu mujer, otra vez gastando en trapos. Que aprenda a llevar una casa, que yo a su edad hacía milagros con un hueso.

Aquella noche, Lucía se juró no volver a pedir ni un céntimo a esa familia.

Pasó el tiempo, suavizando unos recuerdos pero no el resentimiento. Lucía no se rindió. Su habilidad y su tesón empezaron a dar frutos. Primero alquiló un pequeño rincón en un mercado para montar su taller de arreglo de ropa. Los clientes apreciaban el esmero: costuras impecables, caídas exquisitas. El boca a boca hizo el resto. Fueron llegando clientes nuevos.

A los tres años, abrió su propio pequeño atelier. Fabián, viendo el éxito de Lucía, dejó su trabajo y se ocupó de la parte administrativa: compras, cuentas, logística. Formaron un verdadero equipo, fuerte, sólido.

Cinco años después, la pelada Lucía Gutiérrez López era dueña de varios salones de alta costura y textil para el hogar. Tenían con Fabián un piso moderno y amplio, un buen coche y una casa de campo diseñada por ellos mismos.

Durante ese tiempo, la relación con la familia política se limitó a mínimos saludos telefónicos en fiestas y alguna visita de compromiso al año. María Dolores envejecía amargada; Inés, divorciada de su empresario (incapaz de soportarla más), había vuelto con la madre, perdiendo el brillo pero no la soberbia. Vivían gastando ahorros y quejándose de la mala suerte.

Los avances de Lucía y Fabián los ignoraban, o los despreciaban. Cuando Fabián llegó un día con coche nuevo, Inés torció la boca:

Será a plazos, ¿no? Todo el mundo debe hasta el cuello.

Lucía, simplemente sonreía. Ya no necesitaba demostrar nada. Sabía cuánto costaba cada euro y cada noche sin dormir.

Hasta que una tarde otoñal sonó el móvil: María Dolores, leyó Lucía, extrañada. Su suegra nunca le llamaba.

¿Sí, Lucía? su voz, melosa, casi empalagosa. Hola, cariño, ¿cómo estáis?

Bien, gracias, María Dolores. Fabián está en el trabajo, le avisaré de llamar.

No, no busco a Fabián, te llamo a ti, hija su suegra forzaba ahora el papel familiar y tierno. Con Inés hemos pensado que ya no compartimos mesa como antes. Nos gustaría ir a ver cómo os ha quedado el piso, dicen que ya habéis terminado la reforma

Lucía se tensó, con ese sexto sentido que sólo da la experiencia.

Claro, venid. ¿El sábado al mediodía os viene bien?

Perfecto, querida. Sonrió la suegra al otro lado. Os esperamos.

El sábado, Lucía preparó la mesa, no por aparentar sino porque en su casa comer bien era lo normal: lomo asado, ensaladas, empanada de setas, su postre favorito para cuando los ánimos necesitaban paz.

Llegaron puntuales. María Dolores, apoyada en un bastón, e Inés con un vestido chillón y apretadísimo. Al entrar, sus ojos recorrieron cada rincón: paredes con molduras elegantes, parquet de roble, muebles italianos, cuadros auténticos. No era sólo mirada de curiosidad, era evaluación pura, de anticuario que busca tesoros.

Vaya, vaya musitó Inés, incapaz de contener la envidia. Menuda vida de lujo, ¿eh?

Pasad, lavaos las manos invitó Fabián, ayudando a su madre con el abrigo.

Al sentarse a la mesa, María Dolores e Inés no paraban de lanzar comentarios venenosos disfrazados de cumplidos:

Muy rico, Lucía, riquísimo. Se nota que la carne está buena, caro habrá salido Nosotras ya ni olerla podemos. Las pensiones no dan ni para la compra suspiró la suegra, con tono lastimero. No como vosotros, que vivís a lo grande.

Mamá, por favor protestó Fabián.

Si yo ¡nada! Me alegro de veros con la vida resuelta, de ver qué mujer tan luchadora elegiste.

Con el café y la tarta, cuando el clima se distendió o se adormeció por el estómago lleno, María Dolores se miró con su hija, carraspeó, y soltó:

Gracias por vuestra hospitalidad, hijos. Pero venimos también por algo serio, familiar.

Lucía enderezó la espalda. Había llegado el momento.

Pensamos poner en condiciones la casa de la sierra prosiguió María Dolores, secándose los labios. Aquello se cae, el tejado gotea, los suelos podridos Imposible quedarse. Pero necesitamos aire puro, yo ya no puedo con la ciudad, Inés necesita estar tranquila.

¿Y? preguntó Fabián, intuyendo lo obvio.

Queremos construir una casa nueva se adelantó Inés, ilusionada. Calefacción, dos plantas, terraza, ventanales, de diseño. Ya tenemos proyecto, hasta presupuesto. Pero son ciento setenta mil euros, una locura. ¿De dónde las dos, solas, vamos a sacar esa suma?

Silencio. Sólo se oía el viejo reloj del pasillo.

Entonces intentó Fabián.

Queremos pedir vuestra ayuda lo interrumpió la madre, clavando los ojos en Lucía. Vosotros podéis permitíroslo. Para vosotros ciento setenta mil no es tanto. Para nosotras es la vida. Podríais venir de vez en cuando, los nietos disfrutarían. ¡Sería la casa familiar!

Lucía apuró el té frío. Sintió ganas de reír. La casa familiar. Justo donde no la dejaban ni acercarse para no manchar.

¿Pedís un préstamo? preguntó Lucía con calma. ¿En qué plazos?

María Dolores e Inés lo negaban de antemano.

Ay, hija, ¿préstamo? ¿Cómo voy a devolverte con la pensión? E Inés está ahora en un paréntesis, buscando su verdadero yo. Pensábamos familiarmente. No os va a dar hambre por eso. Ya abrís un tercer local, ¿para qué queréis tanto dinero? Del otro mundo no os lo llevaréis. Pero aquí podríais ayudar a la madre.

¿Queréis que os regalemos ciento setenta mil euros para la casa del campo? la voz de Fabián era de acero.

No es regalar protestó Inés, ofendida. Es invertir. Algún día esa casa será para vosotros, cuando mamá falte.

Ojalá viváis muchos años, María Dolores dijo Lucía. Pero dejemos las cosas claras: queréis ciento setenta mil euros. A fondo perdido. Para que podáis vivir cómodamente.

¡También será para vosotros! saltó la suegra.

Lucía se levantó. Miró el otoño al otro lado de la ventana; las hojas caían amarillas, como sus viejas sábanas de hace quince años. Decidió enfrentarlas.

Recuerdo el día de mi boda dijo, bajando la voz. Recuerdo cómo rebuscabas en mi bolsa, María Dolores. Recuerdo que me llamaste pelada. Que decías que iba a arruinar la vida de tu hijo.

Bueno, hija, quién mira ya el pasado la suegra agitaba las manos, incómoda. Éramos jóvenes, se dice cualquier cosa. Yo sólo quería lo mejor. Mírala ahora ¡una señora!

Lo soy no gracias a vosotros, sino pese a vosotros Lucía no alzaba el tono. Todo lo que tenemos lo sudamos. No hubo veranos de vacaciones, sólo trabajo y más trabajo. Cuando os pedimos mil euros hasta fin de mes, dijisteis que no teníais.

¡Porque no los teníamos! saltó Inés.

Claro que sí, Inés. Por entonces estrenabas abrigo nuevo. Ahora venís, coméis en mi mesa, y exigís que la pelada os solucione la vida.

¡No exigimos, pedimos! chilló la madre, perdiendo la compostura. ¿No tienes corazón? ¿Vas a dejar a tu madre en la calle? Eso no es de buena cristiana.

Tenéis un piso de tres habitaciones intervino Fabián, firme. Tenéis techo. La casa de campo es un capricho.

¡Cobarde! ¡Dominado! aulló María Dolores, poniéndose en pie. ¡Te ha sorbido el seso! ¡Una víbora, es lo que es! Llena de oro hasta las cejas y tu madre pudriéndose. ¡Malditos seáis!

Basta de dramas, mamá Fabián destilaba serenidad. No habrá ayuda. Ni préstamo ni regalo. Si queréis casa, vendéis el piso, compráis uno pequeño. Sacad un crédito. Vivís según lo que podéis.

¿Así? Inés volcó la taza de café, manchando el mantel. ¡Pues que os atragantéis! Ya nos ayudará alguien mejor. Y cuando estéis en ruina, ¡ya correréis a pedirnos favores! ¡Dios os castigue por tacaños!

Fuera Lucía lo dijo como una sentencia.

¿¡Cómo!? se atragantó la suegra.

En mi casa, no quiero volver a veros. Jamás.

María Dolores quedó boquiabierta, nunca lo vio venir. Pensó que Lucía callaría, que finalmente les compraría la aceptación. Se equivocaba.

Vámonos, mamá la cuñada tiró de la madre. Aquí todo huele a podrido. Sólo tienen dinero y egoísmo.

Salieron taconeando, lanzando improperios. Fabián les tendió el abrigo sin disculparse ni una palabra. Sabía que, tras esa puerta, esas mujeres eran ya sólo extrañas.

El silencio, tras el portazo, fue un bálsamo.

Lucía recogió el mantel manchado y lo tiró. Luego se sentó, tapándose la cara con las manos. No lloraba. No temblaba. Sólo sentía una paz cansada, como si una herida antigua, por fin, supurase.

Fabián se sentó junto a ella, rodeándola.

Perdóname murmuró, hundido.

¿Por qué? Lucía levantó la mirada.

Por dejar que pasara esto. Por ellos Me avergüenzo.

No eres responsable de su actitud respondió ella, suave. Hoy has estado a nuestro lado, eso es lo que importa.

Fíjate Fabián forzó una sonrisa amarga, creí que venían a vernos por cariño. Soy idiota, ¿verdad?

No. Eres buena persona, simplemente.

Ciento setenta mil euros ¡y aún tendrán el descaro de pensar que con eso nos ganan!

No, Fabián afirmó Lucía. Sólo buscarían tenernos atados y despreciarnos aún más, esta vez por tener lo que ellos nunca lograron. Primero éramos pobres, ahora somos ricos y mezquinos. No les bastará nunca.

Siempre tienes razón.

Fabián se levantó, destapó una botella de buen vino.

Brindemos, Lucía. Por nosotros. Por nuestra fortaleza. Por no deber nada a nadie.

Sentados en su acogedor salón, brindaron y vieron cómo caía la noche. Los teléfonos apagados. Sabían que María Dolores ya comenzaba a llamar a medio pueblo contando su versión dramática de una nuera despiadada y un hijo ingrato. Ya no les afectaba.

Al mes, Lucía supo por terceros que Inés convenció a la madre para hipotecar el piso y empezar la obra. Contrataron unos albañiles, cobraron adelanto y desaparecieron, dejando sólo un agujero como testimonio de sus ambiciones truncadas. Ahora litigaban en juzgados, devoradas por deudas y disputas.

Intentaron llamar a Fabián, él no respondió. Finalmente cambió de número.

Lucía, en su atelier nuevo, se detenía a acariciar el satén y pensaba: la vida, al final, es justa. Cada uno recoge lo que siembra. La pelada construyó su mundo y su casa, llena de amor y respeto. Los de la cuna y las apariencias terminaron solos con su rencor.

Comprendió, entonces, que el verdadero ajuar no lo forman los bienes ni el dinero, sino el carácter, el empeño y la capacidad de amar. Ese tesoro, a ella, nunca se lo podrán arrebatar.

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MagistrUm
La familia de mi marido me tachó de “sin dote”, pero luego vinieron a pedirme dinero prestado para construir su chalet