Los parientes de mi marido cayeron en mi chalet en plan vacaciones, y yo les di azadas y rastrillos
¿Pero qué haces parada? ¡Abre ya la verja, que los invitados están a la puerta! la voz de mi suegra, clara y mandona, retumbaba por encima incluso del monótono zumbido del cortacésped del vecino. ¡Venimos con cosas ricas y con buen humor, y aquí parecemos atrapados en un búnker!
Isabel se detuvo en mitad del bancal de fresas, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Los guantes, embadurnados de tierra negra, le dejaron una raya oscura en la mejilla, pero no le importó en aquel instante. Se irguió despacio y se giró hacia la imponente valla de matal.
Aquella visita ni siquiera estaba dibujada en el aire.
Isabel miró a su marido. Miguel, que estaba junto al cobertizo con un martillo, tenía la misma cara de desconcierto. Se encogió de hombros, meneando los labios en silencio: «No los he llamado».
¡Miguelito! tronó desde la calle, ahora con un deje de reproche. ¿Estás dormido o qué? ¡Que han venido tu madre y tu hermana y vosotros os escondéis!
Isabel suspiró hondo, se quitó los guantes y los tiró en el cubo. Sus fantásticos planes de pasar el fin de semana volcada en el huerto se disiparon en un suspiro, arrastrados al eje de la nada. Asintió a su marido, resignada: que abra, ya estaba hecho.
La verja se abrió y, como una nave plateada, entró el todocamino, reluciente bajo el sol. Bajaron de él los parientes, como si aterrizasen en una tierra extraña. Primero, por supuesto, la doña Sofía, imponente, ruidosa, luciendo un vestido floreado y un sombrero de ala ancha. Detrás salió la cuñada, Carmen, con sus shorts blancos y top, enseñando su manicura reciente. Y cerrando la fila, el marido de Carmen, Antonio, desperezándose al sol, con cara de no haber encontrado el chiringuito.
El maletero abierto exhibía bolsas de carbón, cervezas y bandejas de carne adobada en tarrinas de plástico.
¡Menudo calor! Sofía se abanicó con el sombrero. Isa, hija, ¿qué pinta llevas? Venimos de sorpresa, llamé a Miguel y ni caso. Así que nos hemos animado: un poco de barbacoa, tomar el sol… ¿Aquí no tenéis un río cerca?
Isabel contemplaba la escena, sintiendo hervir una neblina de irritación en su interior. Ese chalet de Colmenar se lo había dejado su abuela, era su refugio, su mundo, el sitio donde cada palmo tenía historia. Tras casarse con Miguel, el campo estaba perdido, y durante tres años puso allí su energía y su sueldo. Miguel ayudaba sin mucho entusiasmo, más por compromiso. Y la familia… solo venía cuando brotaban las flores y había frutos, a disfrutar del festín y de la hamaca.
Buenas, doña Sofía intentó no sonar tajante. La sorpresa era monumental. Nosotros estamos en faena…
¡El trabajo nunca se acaba! se carcajeó Antonio, sacando una caja de cervezas. El campo no corre. Los findes son para descansar, ¿no? Miguel, saca la barbacoa, que vamos a vivir bien.
Carmen ya inspeccionaba el jardín con el ceño arrugado.
Oye, Isa, ¿y las tumbonas? ¡Quiero ponerme morena! ¿Tienes ya las frambuesas maduras? ¿Puedo coger alguna?
Aún están verdes respondió, seca. Las tumbonas están en el cobertizo. Y llenas de polvo.
¡Pues Miguel que las limpie! sentenció doña Sofía, mientras se encaminaba a la terraza. Y tú, Isa, anda, lávate la cara y ponte presentable. No se puede ir así, como una peona. Ve poniendo la mesa, que venimos con hambre. Haz un salmorejo, saca tus tomates y hierbas. De la carne se encargan ellos, los hombres.
Sofía se acomodó en el sillón de mimbre que Isabel tenía para sus tardes de lectura, y contempló el césped.
Menuda selva tienes aquí, hija dijo con desdén. Ya lo cortará Miguel luego.
Isabel miró a su marido. Miguel, de pie, balanceándose en silencio, sabía que tenían aquel fin de semana al milímetro: remover bancales, pintar la valla, desmontar el invernadero. Incluso había pedido estiércol para esa tarde. Ahora solo le pedían que se pusiera el delantal, cortara ensaladas y sirviera a los veraneantes.
Pasó algo por dentro, algo frío e impasible.
Miguel le llamó. Miguel se sobresaltó, ven aquí, por favor.
Caminaron juntos hasta el pozo.
¿Tú les habías avisado? preguntó Isabel bajito.
¡Te lo juro que no! susurró Miguel, mirando de reojo a su madre. Me llamó por la mañana, preguntó dónde estábamos. Le dije que en el chalet, pero no dijo nada de venir. Ahora, ¿qué hacemos? Son familia… aguantamos un rato, asamos la carne y ya…
¿Aguantamos? Isabel se sonrió de lado. El sábado pasado perdimos el día porque tu madre nos pidió llevarla a La Vaguada. El otro, el cumple de Carmen. Pero la temporada no espera. Si hoy no hacemos lo previsto, pierdo las plantas y la valla no llega al invierno.
Vamos, Isa…
Nada de Isa. Este es MI chalet. Aquí mando yo. Si quieren comer y disfrutar del campo, que ayuden. Trabajar al aire libre rejuvenece.
Sin más, se dirigió al cobertizo. El estruendo del metal llamó la atención de todos. Volvió al porche cargada de azadas, rastrillos, un rodillo y un cubo de pintura.
Mirad, queridos invitados su voz, tensa pero férrea, ya que habéis venido sin avisar, vamos a juntar placer y utilidad. Hoy toca jornada de mantenimiento.
¿Cómo que de mantenimiento? refunfuñó Carmen, retirando el pie de la azada. ¿Vas en serio? ¡Venimos a descansar!
Y yo no soy ni animadora ni camarera Isabel, implacable. Este fin de semana estaba reservado para el trabajo. Si queréis quedaros, echad una mano. Quien no ayuda, no come. Como dice el refrán.
Sofía se quedó muda con la manzana entre los dientes.
¡Pero qué estás diciendo, Isa! ¡Somos invitados! ¡Venimos a visitar a mi hijo! ¡Miguel, di algo! ¡Está loca, me hace trabajar!
Miguel se acercó al porche, juto a su mujer, y guardó silencio.
Seamos claros, doña Sofía cortó Isabel. Esta finca es mía, la recibí antes de casarme, y lo sabéis. Aquí mando yo. Miguel me ayuda porque somos pareja. Vosotros solo venís cuando hay fiesta. ¿Queréis barbacoa? Pues aquí abajo la faena.
Repartiendo los aperos, cortó los suspiros de protesta.
Antonio, la azada para ti. Te toca cavar ese trozo junto a la valla, hay mucha arcilla. Hasta que termines, nada de encender la barbacoa.
Antonio tosió con la cerveza atragantada.
¿Pero Isa, estás de broma? Que estoy de vacaciones, me duele la espalda…
El ejercicio viene bien para la espalda. El mango es ergonómico. Carmen, tu turno con el rastrillo: recoge el césped cortado tras el cobertizo y llévalo a la compostera. Ah, y quita las malas hierbas de las zanahorias. Ya verás el moreno que te sale. Y homogéneo.
¡Ni hablar! gritó Carmen. ¡Que me hice la manicura ayer, y me costó 50 euros! ¡Mamá, dile algo!
Sofía se levantó, grande y solemne como una nube negra.
Se acabó la tontería. Miguel, recoge todo esto. Nos vamos a poner a preparar la comida. Y tú, señaló a Isabel si no aguantas nuestra presencia, dilo. ¡Pero obligarnos a trabajar es el colmo! ¡Ya somos mayores!
La semana pasada presumía usted de aguantar tres horas de zumba, doña Sofía dijo Isabel con sorna, así que puede con el rodillo. Encárguese de pintar la valla del jardín. La pintura es ecológica, la brocha nueva. Adelante.
¡Nos vamos! bramó Sofía. ¡Antonio, coge las cosas! ¡Aquí no piso más! ¡Miguel, mira con quién te has casado! ¡Tu madre expulsada de la casa!
Isabel cruzó los brazos, tranquila.
Yo no expulso a nadie. Propongo un trato justo: ayuda a cambio de hospitalidad. Si no queréis ayudar, por lo menos no molestéis. No voy a cocinar mientras otros dormitan. Tengo mi horario.
¡Miguel! chilló Sofía. ¿Eres hombre o una alfombra?
Miguel miró el rostro rojo de su madre, la boca fruncida de su hermana, a Antonio sopesando el regreso con las cervezas. Posó los ojos en Isabel, cansada, llena de barro, pero firme. Recordó sus tardes planificando siembra, celebrando cada brote, soñando con un invernadero nuevo.
Mamá dijo muy bajito. Isabel tiene razón.
¿Quééé? saltaron los tres a la vez.
Isabel tiene razón repitió, seguro. Es su finca. Venimos aquí a trabajar. Lo prometí. Vosotras habéis aparecido de la nada. Si queréis fiesta, hay una casa rural a cinco kilómetros. Allí hay tumbonas, cocineros, bar. Aquí, trabajo.
El silencio fue absoluto, se oía claramente el zumbido de un abejorro en un rosal. Sofía buscaba aire, muda de furia. Lo de su hijo fue peor que un azadón.
Bueno, pues… siseó al fin. Muchas gracias, hijo. Muy atento. ¡Antonio! ¡Recoge todo! Aquí nos quedamos sin aire.
La marcha fue furiosa. Antonio recogió resignado las cervezas. Carmen se largó taconeando. Sofía, antes de cerrar la puerta, fulminó a Isabel con una maldición mudada en ojos.
¡Ya vendrás a pedirnos ayuda! gritó. El coche se fue, dejando una nube de polvo tras la verja.
Miguel e Isabel se quedaron en el centro del patio. El silencio, por fin de vuelta, le supo a miel. El cuerpo aún le temblaba, y se sentó en los escalones de la terraza.
Miguel se sentó a su lado, le apretó la mano, cálida y algo húmeda.
¿Cómo estás? susurró.
Bien… soltó Isabel. Pensé que me linchaban. O que me excomulgaban.
Bueno, maldecir seguro que sí, sonrió Miguel. Pero mamá es así, se le pasa pronto. Carmen aguantará más.
Sobreviviré apoyó la cabeza en su hombro. Gracias por estar ahí. Pensé que… bueno, que harías lo de siempre.
¿Lo de siempre, callarme? Miguel suspiró. Ya basta. Los vi y sentí vergüenza. Solo vienen a pedir, a mandar. Tú aquí, currando sola. Es tu casa. Aquí nada es gratis.
Isabel sonrió.
Nuestra casa, Miguel. Si quieres implicarte de verdad.
Quiero asintió. Por cierto, Antonio dejó la azada tirada. Voy a darle a ese bancal de arcilla. Dijiste que era importante.
Cogió la azada y fue al bancal. Isabel lo miró irse, llena de calor por dentro. Por primera vez en mucho tiempo se sintió parte de un equipo: no solo compañeros de techo, sino compañeros de frontera.
Se levantó y se limpió los pantalones. El sol seguía bien alto y había mucho por hacer. Pero ahora el trabajo no era un castigo.
Una hora después, Miguel, sudoroso pero orgulloso, terminaba el bancal cuando Isabel llegó con una jarra de limonada fresca.
Descanso ordenó.
Se sentaron en la misma terraza, donde poco antes volaban trifulcas.
¿Sabes? dijo Miguel pensativo, bebiendo un trago largo. No se han enterado de lo esencial.
¿De qué?
Que la cuestión no es el trabajo. Si hubieran preguntado: «¿En qué ayudamos?», en una hora estarían de cervezas en el sofá. Pero ese llegar exigiendo…
Es cuestión de respeto, Miguel. No se puede llegar a casa ajena y poner las normas. Y mucho menos dar por hecho el esfuerzo del otro.
El móvil sonó. Mensaje. Miguel lo leyó, rezongando.
De mamá anunció. «Estamos en la casa rural. Habitaciones caras, comida mala. No tenéis corazón».
Isabel soltó una carcajada.
Bueno, al menos están de vacaciones. Sin azadas ni rastrillos.
Y sin nuestro asado añadió Miguel. ¿Tenemos carne?
Se la llevaron. Pero tenemos patatas nuevas, un poco de bacalao y tranquilidad.
La tarde se deslizó por el chalé como una caricia. Solo se oían grillos. Acabaron de pintar la verja al caer la noche, sucios de pintura, riéndose mientras cenaban patatas cocidas que les sabían a manjar.
Ha sido un buen aprendizaje dijo Isabel, mojando pan en aceite.
¿Para ellos?
Y para nosotros. Aprender a decir no no es tan terrible.
Da miedo admitió Miguel. Pero merece la pena. Oye, Isabel… ¿y si el finde que viene no dejamos entrar a nadie? Solo tú y yo. Sin faena. Solo estar.
Hecho asintió ella. Pero el invernadero hay que desmontarlo sí o sí.
En ese momento, un coche se oía acercarse. Isabel se tensó, el tenedor en alto. ¿Volvían? Miguel miró por la cortina.
Nada, Isa, es para el vecino, don Aurelio.
Isabel se rió aliviada. El miedo se había ido. Ya sabía que su marido podía dar la cara, y que ese chalet era más fortaleza que nunca: ni los parientes entrometidos lo derribaban.
Y la historia aún no había acabado. El miércoles siguiente, ya en Madrid, sonó el timbre. Sofía estaba en la puerta, sin sombrero, sin Carmen, con una bolsa pequeña en la mano. Tenía un aire casi tímido.
¿Puedo pasar? preguntó.
Isabel se apartó, sorprendida.
Pase, por favor.
La suegra fue a la cocina, se sentó en el filo de una silla. Puso la bolsa sobre la mesa.
He traído empanadillas de espinacas. Las he hecho yo.
Miguel apareció en la puerta, sorprendido.
Hola, mamá. ¿Ha pasado algo?
Sí suspiró Sofía. Estoy avergonzada. Llevo la semana dándole vueltas. Mi vecina Pilar me contó que su nuera la largó de casa cuando fue a mandonear. Pensé: yo igual. Fui allí, mandé y vosotros currando. La finca, Isa, está preciosa; nada que ver con antes.
Jugueteando con el asa del bolso, continuó.
Perdonadme, de verdad. Me acostumbré a que Miguelito me obedeciera. Pero ya es mayor. Y tú, Isa, tienes carácter. Eso es bueno. Hoy en día hace falta.
Isabel y Miguel se miraron. No esperaban disculpas jamás.
No se preocupe, doña Sofía dijo Isabel, poniendo a hervir agua para el té. No guardamos rencor. Solo pedimos que entiendan que nosotros también tenemos vida y planes.
Lo he entendido. No aparezco más sin avisar. Ni mando, ni protesto, ni nada. Carmen sigue enfadada; que si las uñas, que si el sol ya madurará la chiquilla.
Aquel rato, entre té y empanadillas, costó, fue lento, pero el hielo se rompió. Los límites que Isabel trazó aquel sábado no destrozaron la familia; la sanaron. El respeto conseguido con azada y firmeza resultó mucho más sólido que la resignación callada.
Ahora, las azadas ocupaban el sitio más visible del cobertizo, recordando que el trabajo dignifica y, de paso, transforma a los gorrones en familiares respetuosos. Al mes siguiente, los parientes avisaron antes de venir, y preguntaron: «¿En qué ayudamos?» Isabel supo que la muralla aguantaba; la victoria era suya.
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