Cuando hay familia, hay líos, dice el refrán.
Yo, Nuria, nací en un pueblecillo de la provincia de Zamora. Desde siempre soñé con escapar de aquel entorno campesino; jamás me imaginé como lechera, ni como recolectora de aceitunas, ni como pastora. A los dieciséis años, con el corazón apretado y una maleta de segunda mano, compré el billete de tren a Valladolid y juré ante mí misma: «no volveré a este rincón olvidado, pase lo que pase».
Me matriculé en el instituto técnico de la ciudad y me asignaron una cama en el residuo del alumnado. Dos años después conseguí trabajo como operaria de grúa torre en la constructora del puerto. Ya era hora de pensar en el matrimonio. Durante los fines de semana, los viernes por la noche, yo y mis amigas íbamos al parque del centro a bailar. Allí conocí a Joaquín, un joven que, al parecer, también buscaba una compañera de baile para toda la vida. No tardamos en pasar del salón de baile al Registro Civil: fuimos, firmamos, y envié una carta al pueblo de mi infancia: «¡Mamá, papá, me caso! ¡Venid!».
Mis padres no pudieron venir; la noche anterior habían arreglado el matrimonio de mi hermana mayor y la logística era imposible. Mi madre contestó: «Iremos después, queremos ver a los nietos». Así se celebró la boda y empezó la rutina. Joaquín y yo nos mudamos a la casa de los suyos, un modesto piso de tres habitaciones. Vivían allí su madre, su hermana Ana con su hijo, y su cuñado Carlos con su esposa, además de mí; éramos una verdadera colmena.
Afortunadamente, Joaquín y yo nos llevábamos bien. Nos asignaron la habitación más pequeña, pero mi suegra apreciaba mi actitud dócil y trabajadora, y le gustaba que no dijera palabras de más. Ella tenía cinco hijos; dos de sus hijas ya estaban casadas y vivían aparte. La más joven, Lucía, era una fuente constante de problemas. Trajo a su hijo, Damián, al bajo del techo y, tras la boda, el padre del niño desapareció sin dar explicaciones, dejándola sola. Joaquín tuvo que recoger a su hermana y al bebé del hospital, y la enfermera, con una sonrisa forzada, le dijo: «Ahora serás tío de toda la vida». Nos reímos, pero la carga era real.
Con el tiempo, Lucía trajo a su marido a la casa y la tensión aumentó. Lucía, que había venido de un pueblo remoto, no tardó en odiar a Nuria. «¡Vengo de una aldea donde se cazan hombres para casarse!», gruñía entre dientes. Yo me mantenía al margen, soportaba en silencio y no le contaba nada a Joaquín, porque mi suegra me repetía: «Nuria, no te enojes con Lucía. Ella solo siente celos y soledad. No le hagas daño a tu marido».
Al cabo de un año, nació mi hija, Lila. La maternidad me llenó de alegría, pero Lucía se volvió aún más furiosa; los enfrentamientos eran diarios, por cualquier motivo. Ya no podía quedarme callada. Cuando la pelea se salió de control, le dije a Joaquín que bastaba. Sin pensarlo mucho, cogió una plancha y la apuntó a Lucía; la plancha falló, y el susto dejó a Lucía temblorosa y silenciosa.
Lucía, sin embargo, no tardó en buscar amantes y abandonaba a su hijo Damián para ir a sus citas. Damián se volvió un chico rebelde: hurtaba dinero a su abuela, hacía travesuras, y siempre tenía una moneda tintineando en el bolsillo. Yo, irritada, le dije: «¡Ocúpate de tus estudios y deja de ser un bandido!». Tenía apenas nueve años cuando su madre le gritó: «¡Me casaré y me ocuparé de Damián!».
Cuando mis padres vinieron a ver a Lila, quedaron horrorizados al ver la estrechez del piso y escuchar los gritos. Mi padre, con voz cansada, me dijo: «Nuria, vuelve a la casa de tu padre. Aquí te volverás una desquiciada». Mi madre, bajo su aliento, susurró: «Vuelve, que Violeta (mi hermano) siempre viene a la puerta del patio a buscarte. Te recibirá con alegría». Yo respondí: «Mamá, no vine a la ciudad para volver a trabajar en la tierra con tractores. Esperaré; pronto Joaquín, como ingeniero, nos conseguirán un apartamento».
Tres años después, tras mucho esfuerzo, la empresa donde trabajaba Joaquín nos otorgó un piso propio. La felicidad rebosaba. En ese mismo periodo nació nuestro hijo, Alejandro. Mudamos toda la familia al nuevo hogar; aunque era frío y vacío, al fin sentíamos que era nuestro nido.
Al año siguiente falleció la madre de Joaquín. Lucía, tras la pérdida, envejeció prematuramente, se volvió gris y se reprochó a sí misma por los viejos pleitos. Cada día visitaba la tumba, cerraba la verja y se sentaba en el banco, mirando al vacío y murmurando palabras apenas audibles. La gente le advertía: «No cierres la verja, te quedarás atrapada». Ella respondía: «Me da igual». Con el tiempo, el dolor se atenuó y la vida siguió.
Lucía empezó una relación seria que la llevaría a un nuevo matrimonio. Un día me invitó a su casa (el mismo piso donde vivíamos) a tomar un té. Cuando me despedí, ella me detuvo: «Espera, Nuria, quiero pedirte perdón. Siempre te envidié, pero ahora veo que amas a Joaquín de verdad. Me alegra que seáis felices. Eres la persona más importante en mi vida». Me quedé sin palabras, la miré y dije: «¡Qué guapa estás, Lucía!». Ella sonrió tristemente y me dio un beso en la mejilla antes de irse.
A la mañana siguiente recibí una llamada de Carlos, el hermano menor de Joaquín: «Nicolás, Lucía no se ha despertado, ha muerto en su sueño». Tenía treinta y siete años y una enfermedad cardíaca. La enterraron junto a su madre, bajo la misma verja del patio.
Un año después, su hijo Damián, ahora catorce años y huérfano, quedó bajo nuestra tutela. Buscamos a su padre biológico, pero su nueva familia no tenía sitio para él. Todos querían enviarlo a un internado, alegando que era un adolescente problemático. Joaquín, firme, dijo: «¡Nada de internados! ¿Cómo podemos abandonar a un sobrino en tiempos de necesidad? Si hay familia, hay líos, y no dejaremos a Damián solo». Así quedó bajo nuestra custodia.
Los parientes suspiraron aliviados: «Gracias a Dios que no lo dejaron al destino». Joaquín y yo, aunque a veces sufríamos robos, insultos o amenazas de Damián, logramos sobrellevarlo. Con los años, Damián creció, se casó y tuvo dos hijos: Lo llamamos Luis y Carlos, en honor a sus cuidadores. La gente comentaba: «¡Mira cómo ha cambiado Damián!».
Cada año, en la tumba de Lucía, coloco flores frescas. Su hijo, ahora adulto, también las lleva. La vida sigue, con sus penas y sus alegrías, y yo sigo anotando cada paso, recordando que, cuando hay familia, siempre habrá líos, pero también mucho amor.




