LA FAMILIA

13 de octubre de 2025

Hoy, mientras revisaba una vieja foto del pueblo de Villarejo, recordé cómo la frase de mi abuela siempre resonaba en mis oídos: «Cuando hay familia, hay líos». Esa sentencia, que antes me parecía una simple advertencia, se ha convertido en la crónica de mi vida.

Nací en el pequeño caserío de la sierra de Guadarrama. Desde niña soñaba con escapar de aquel entorno de campos y vacas, no me veía trabajando como lechera, ni como pastora, ni como recolectora de frutos silvestres. Cuando cumplí dieciséis años, tomé el tren hacia Madrid con un billete de ida y la determinación de no volver jamás a la soledad de mi aldea.

En la capital me matriculé en el Instituto Tecnológico de Obras Públicas. Me asignaron una cama en el dormitorio del campus y, tras dos años de estudio, conseguí empleo como operaria de grúa torre en la constructora «Alcántara». La vida empezaba a tomar forma, aunque el matrimonio aún parecía una sombra distante.

Tres meses después, los fines de semana, asistía a los bailes del parque del Retiro con mis amigas. Allí conocí a Antonio, un joven ingeniero que, al igual que yo, buscaba una compañera para compartir su camino. No tardamos en decidir casarnos; la oficina del Registro Civil nos recibió sin más preámbulos.

Escribí una carta a mis padres: «¡Me caso! ¡Vengan a celebrarlo!». No pudieron venir; la noche anterior habían arreglado la boda de mi hermana mayor, y sus compromisos les impedían desplazarse. Mi madre, siempre práctica, respondió: «Iremos después para ver a los nietos». Así, la boda se celebró en una pequeña capilla del barrio y comenzamos nuestra vida juntos.

Al mudarnos al piso de Antonio, la situación se volvió apretada: tres habitaciones para cinco adultos. Compartíamos el espacio con la madre de Antonio, su hermana Carmen y su sobrino, y con mi cuñado José y su esposa. Aun así, Antonio y yo éramos felices; nos concedieron una diminuta habitación que la suegra valoraba por lo sumisa y trabajadora que era. Ella, que ya tenía cinco hijos, había enviado a sus dos hijas mayores con sus maridos a vivir aparte; la más pequeña, Lola, traía más complicaciones de las que cualquier padre desearía.

Lola había dado a luz en la maternidad del hospital, pero su marido desapareció sin explicación, dejándola sola con su bebé. Antonio tuvo que rescatar a su hermana y al niño del hospital; la enfermera, entre risas, le advirtió: «Ahora serás tío de por vida». Nos reímos, pero la carga se hizo palpable.

Las cosas se tensaron cuando Lola regresó con su nueva pareja, un hombre de pueblo llamado Víctor. Lola, amargada y celosa, empezó a detestarme, lanzándome insultos sobre mi origen: «¡Vengo de una aldea remota, y tú te atreves a robarle al marido a mi hermana!». Yo, prefería no entrar en confrontaciones, y guardaba silencio, tal como me pedía la suegra: «Nuria, no te enfades con Lola; ella solo siente envidia y soledad». Así, mi voz quedó ahogada mientras ella, entre lágrimas, se apoyaba en la cocina intentando recomponerse.

En el plazo que la ley nos concedía, nació mi hija Lila. La maternidad me llenó de una alegría inesperada, pero también despertó la furia de Lola: cada día surgían discusiones por cualquier motivo. Finalmente, no pude seguir soportando los gritos y las bofetadas verbales; le conté a Antonio lo que sucedía. Sin pensarlo mucho, él tomó una plancha y, en un arrebato, la lanzó contra Lola. La plancha falló, pero el susto fue suficiente para que Lola se callara. Desde entonces, ella quedó más retraída, aunque seguía frecuentando a su hijo Damián, el cual consideraba una carga.

Damián, de apenas nueve años, se había convertido en un verdadero torbellino: robaba monedas a su abuela, jugaba a ser bandido y nunca mostraba respeto por la escuela. En un arranque de ira, le dije: «¡Ocúpate de tus estudios, no de tus fechorías!». Su comportamiento confirmaba mis sospechas; él era, sin duda, un niño problemático.

Cuando los padres de Antonio vinieron a visitar a Lila, quedaron horrorizados al ver la estrechez del piso y los constantes altercados. Mi padre, casi llorando, me dijo: «Nuria, vuelve a la casa de tu padre; aquí sólo te volverás una histérica». Mi madre, en un susurro, añadió: «Regresa, que Vane siempre te está esperando en el patio; te recibirá con los brazos abiertos». Respondí con amargura: «No vine a la ciudad para terminar como una campesina trabajando en el campo». Sin embargo, Antonio, como ingeniero, prometió que dentro de poco nos conseguiría un apartamento propio.

Tres años después, la empresa donde trabajaba Antonio nos asignó una vivienda en la zona de Vallecas. La felicidad rebosaba; la nueva casa, aunque todavía algo fría, era nuestro refugio. Con el tiempo, también nació nuestro hijo, Marco, y la familia se consolidó en aquel pequeño hogar.

Un año después, falleció la madre de Antonio. Lola, devastada, se quedó con el cabello canoso como la luna y se castigó a sí misma por los pequeños conflictos que había provocado. Día tras día, acudía al cementerio, cerraba la verja del sepulcro y se sentaba en la banca, mirando al horizonte, mientras murmuraba palabras que solo ella entendía. La gente del barrio le advertía: «No cierres la verja, te quedarás atrapada». Ella respondía: «Me da igual». Con el tiempo, el dolor se atenuó y la vida siguió.

Lola comenzó una relación seria y planeaba casarse de nuevo. Me invitó a su casa, la misma donde solíamos vivir, para tomar un té y conversar. Cuando me dispuse a marcharme, ella me detuvo: «Espera, Nuria. Quiero pedirte perdón. Te envidié por mucho tiempo, pero ahora veo que amas a Antonio de verdad. Me alegra. Además, eres la persona más importante en mi vida». Me quedé sin palabras, la miré y dije: «Qué hermosa te ves, Lola». Ella, con una sonrisa triste, me dio un beso en la mejilla y se despidió.

Esa misma mañana, el hermano menor de Antonio me llamó: «¡Antonio! Lola no se ha despertado; ha fallecido en su cama». Tenía treinta y siete años y una enfermedad cardíaca. La enterramos junto a su madre, bajo la misma verja. Un año después, su hijo Damián, ya de catorce años, quedó huérfano. Buscamos a su padre biológico, pero él vivía con una nueva familia y no quería al chico. Todos proponían enviarlo a un internado, pero yo, con la determinación que me había heredado mi abuela, dije: «¡No lo mandaremos a un internado! ¿Cómo pueden abandonar a un sobrino justo cuando la familia necesita apoyo?». Así, Antonio aceptó la tutela y Damián pasó a vivir con nosotros.

Al principio, la convivencia fue un caos: robos, insultos y amenazas. Con el tiempo, Damián maduró, se casó y nombró a sus hijos como Luis y Carlos, en honor a sus padrinos. Los familiares, sorprendidos, comentaban: «¡Mira cómo ha cambiado Damián!».

Hoy, paso por la tumba de Lola y siempre dejo una flor fresca. Cada primavera, Damián, ahora adulto, coloca un ramo de rosas artificiales; las flores reales se marchitan, pero el gesto perdura. La vida, con sus enredos y sus penas, sigue su curso. Yo sigo escribiendo, porque a través de estas páginas intento entender cómo, a pesar de los problemas familiares, el amor y la solidaridad pueden transformar el peor de los destinos.

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