Mi exmujer…
Esto sucedió hace dos años. El periodo de mi destino laboral estaba llegando a su fin, y debía regresar a casa, a Segovia. Tras comprar mi billete, decidí dar un paseo por la ciudad, pues aún tenía tres horas libres. En la calle se me acercó una mujer a la que reconocí de inmediato.
Era mi primera esposa, con quien me había divorciado hacía ya doce años. Lucía exactamente igual que antes, salvo por el rostro, que ahora parecía más pálido que de costumbre. Al parecer, nuestro encuentro le sorprendió tanto como a mí.
Marina fue mi gran amor, un amor dolorosamente intenso, y por eso todo acabó mal. La celaba sin razón, incluso con su propia madre. Si se retrasaba unos minutos, el corazón me latía con locura y sentía que se me escapaba la vida.
Al final, Marina se marchó, incapaz de soportar mis interrogatorios diarios: dónde había estado, con quién, por qué. Recuerdo aquel día que volví del trabajo con un cachorro bajo el abrigo, deseando sorprenderla con ese regalo. Pero el piso estaba vacío y, sobre la mesa, encontré una nota.
En ella, mi esposa explicaba que se iba, aunque aún me quería mucho. Mis sospechas la agotaron y decidió poner fin a nuestra historia. Me pedía perdón y que, por favor, no la buscara
Y así, tras doce años sin saber nada de ella, nos encontramos por azar en la ciudad donde yo cumplía con mis tareas laborales. Hablamos largo rato, hasta que miré el reloj y me di cuenta de que podía perder el autocar de vuelta a Segovia. Por fin reuní valor para decirle:
Perdona, Marina, pero debo irme ya, se me va el autocar.
Entonces Marina me pidió:
Javier, hazme un favor, por todo lo bueno que tuvimos, no me lo niegues. Ven conmigo a una oficina; para mí es muy importante y sola no me atrevo.
Naturalmente, accedí, aunque le advertí: Pero que sea rápido.. Caminamos hasta un edificio grande, un viejo edificio administrativo, y anduvimos de un ala a otra, subiendo y bajando escaleras. Yo sentía que todo esto no duró ni quince minutos. Nos cruzamos con personas de todas las edades, desde niños hasta ancianos. En aquel momento no me pregunté qué harían tantos niños y mayores en la oficina. Toda mi atención estaba en Marina.
En un momento, ella entró en una sala y cerró la puerta detrás de sí. Antes de cerrarla del todo, se giró hacia mí con una mirada de despedida, diciendo:
Es extraño. No pude estar ni contigo ni sin ti.
Me quedé esperando junto a la puerta, deseando preguntarle a qué se refería con esa última frase. Pero no regresaba. Fue entonces cuando desperté de golpe. ¡Tenía que marcharme ya! Al mirar alrededor me invadió el temor. El edificio estaba abandonado; de las ventanas colgaban cristales rotos, y en vez de escaleras, sólo había tablas sueltas por las que descendí como pude.
Llegué tarde: perdí el autocar por más de una hora y tuve que comprar otro billete, gastando unos cuantos euros más.
Cuando fui a por el nuevo billete, me informaron que el autocar que perdí volcó y cayó al río, sin que nadie sobreviviera.
Dos semanas después, me planté ante la puerta de la casa de mi exsuegra, a quien localicé a través de un registro municipal. Doña Matilde me recibió con gesto serio y, tras preguntarle por Marina, me confesó que su hija había fallecido once años atrás, un año después de nuestro divorcio. No podía creerlo y pensé que tal vez Matilde temía que volviera a obsesionarme con su hija.
Al rogarle visitar la tumba de Marina, contra toda expectativa aceptó. Unas horas después me hallaba de pie ante la lápida, viendo la sonrisa de la mujer a la que había amado toda mi vida y que, de un modo inexplicable, aún seguía cuidando de mí…
A veces, el amor verdadero no se desvanece ni con el paso de los años ni con la muerte. Aquel día comprendí que no debemos dejar que nuestros miedos dominen nuestro corazón, pues podríamos perder la mayor dicha de nuestras vidas.




