Pero, ¿de verdad te cuesta tanto? Si solo son tres días. A Lucía le ha salido un viaje de última hora a Mallorca, lleva siglos sin vacaciones, y yo ya sabes, tengo la tensión por las nubes, y en la casa de campo me he fastidiado la espalda, apenas me puedo mover. Además, Juan es su abuelo. Está en la obligación de ayudarles.
La voz al otro lado del teléfono era tan fuerte que Juan ni siquiera necesitó poner el manos libres. Carmen, que estaba en la cocina removiendo un pisto, oyó con claridad cada palabra. Ese tono elevado, con matices de exigencia caprichosa, lo habría reconocido entre mil. Rosa María. La primera y, para su pesar, inolvidable esposa de su marido.
Juan miró a Carmen con una mezcla de vergüenza y resignación, el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja mientras cortaba pan, aunque las rebanadas le quedaban torcidas.
Rosa, espera intentó interrumpir. ¿Qué tiene que ver el viaje de Lucía? Carmen y yo teníamos planes para el fin de semana
¡Bah! ¡Qué planes vais a tener! le atajó su ex sin miramientos. ¿Jardinería? ¿Ir a museos? Juan, hablamos de tus nietos. De Pablo y Dani. Los niños necesitan una referencia masculina, no tanto mimos de mujer. Hace un mes que ni los ves. ¿Ya no tienes conciencia? ¿O tu nueva conquista te ha atado en corto?
Carmen dejó la cuchara sobre el salvamanteles y apagó el fuego. Nueva conquista. Llevaba ocho años casada con Juan. Ocho años tranquilos y felices, quitando las periódicas irrupciones del huracán Rosa en su apacible vida. Primero fueron reclamaciones para subir la pensión de la ya adulta hija Lucía, luego las infinitas solicitudes para pagar arreglos, dentistas, hasta la compra de un coche. Juan, siempre amable y responsable, durante mucho tiempo pagó como si quisiera redimirse por irse de casa, aunque la separación llegó cuando Lucía cumplía veinte y con Rosa ya vivían como extraños bajo el mismo techo.
Rosa, no hables así de Carmen la voz de Juan se endureció, aunque aún se notaba la inseguridad. No es por ella. Pero estas cosas no se avisan el día antes. Los niños tienen seis años; requieren mucha atención, y nosotros ya no somos unos chavales
¡Precisamente! exclamó Rosa, satisfecha. La vejez no es excusa, moverse rejuvenece. ¡Unos días con los nietos y seguro que mejoras! Es así: Lucía te los deja mañana a las diez. Yo no puedo, de verdad, la espalda. No protestes, Juan. Son tu familia.
Colgó. Juan apoyó el teléfono en la mesa y suspiró, incapaz de mirar a Carmen.
Entre la lluvia que empezaba a caer sobre Madrid y el tic-tac del reloj, la tensión llenó la cocina. Carmen se acercó al fregadero y sacudió unas migas invisibles de la mano.
¿Entonces llegan mañana a las diez? preguntó con voz neutra.
Por fin, Juan la miró. Suplicaba clemencia.
Carmencita, lo siento. Ya la has escuchado Es un bulldozer. Lucía se va, Rosa dice que no puede ¿Qué otra opción hay? Son los niños
Juan Carmen se sentó frente a él, entrelazando las manos. Son tus nietos. No míos. Les tengo cariño, pero seamos sinceros: ni siquiera me llaman por mi nombre; soy la señora, como dice la abuela. Y cada visita suya acaba con la casa arrasada, porque Lucía les deja hacer lo que quieran.
¡Yo los vigilaré! aseguró Juan, animándose. No tendrás que moverte. Los llevo al Retiro, al cine, a donde sea. Tú solo prepara algo de comida, unas albóndigas o sopa. Aunque no lo digan, les encanta cómo cocinas.
Carmen sonrió con tristeza. Sabía bien cómo iría todo. Al par de horas, Juan acabaría agotado del ruido, la tensión le subiría y se echaría en el sofá cinco minutitos. Y dos gemelos incontrolables de seis años serían pura responsabilidad suya: saltarían por los sofás, exigirían dibujos animados, esparcirían comida e ignorarían cualquier corrección, ya que la abuela Rosa dice que aquí todo vale porque es la casa del abuelo.
Teníamos entradas para el teatro este sábado le recordó. Y queríamos ir al pueblo a podar los rosales.
Bueno, las entradas se pueden devolver… y los rosales Carmencita, ayúdame, por favor. Solo esta vez. Hablaré con Lucía para que se organicen mejor.
Solo esta vez. Carmen había escuchado eso cada vez, y siempre cedía, por no pelear. Pero esa tarde algo le cambió por dentro. Quizá fue el tono de Rosa, quien ni se molestó en pedir permiso, sino que directamente dispuso de su tiempo como si fuera suyo.
No, Juan respondió en voz baja.
Juan parpadeó, desconcertado.
¿Cómo que no?
No recogeremos a los niños. No esta vez. No voy a cancelar mis planes, ni devolver entradas, ni pasar tres días cocinando sopas y albóndigas para unos niños que la última vez dijeron que mi sopa olía raro y que su madre cocina mejor.
Carmen, pero son niños. ¿Dónde los va a dejar Lucía? Que le quema el viaje
Ese es su asunto. Es adulta, tiene marido, tiene suegra, y puede recurrir a una niñera si quiere. ¿Por qué siempre sus problemas son mi sacrificio?
Nuestro la corrigió Juan.
No. Mío. Porque la que recoge la casa después soy yo, la que cocina, la que lava Tú haces de abuelo dos horas y, luego, a tomar pastillas. Quiero mucho a tus nietos, pero no he firmado para ser niñera gratuita de los hijos de una mujer que me desprecia.
Juan frunció el ceño. Carmen no solía ser tan tajante.
¿Y qué, llamo ahora para decir no? ¡Rosa me matará! Montará un escándalo
No llames se levantó Carmen y fue a mirar por la ventana. Que los traigan.
O sea ¿los aceptas? Juan se animó.
No. Que los traigan y luego veremos.
El sábado amaneció soleado en Madrid, aunque la atmosfera en casa de Juan y Carmen podía cortarse. Juan iba nervioso de un lado a otro, tocando los cojines y echando un ojo al reloj. Carmen, en cambio, parecía tranquila. Desayunó sin prisas, se puso su vestido de lino, se maquilló ligeramente y comenzó a preparar una pequeña bolsa.
¿Vas a salir? preguntó Juan, alarmado al verla meter un libro y un paraguas en el bolso.
A las siete tenemos teatro, ¿recuerdas? Pero antes me paso por la peluquería y luego me daré un paseo por La Latina. Necesito despejarme.
¡Carmen! ¡Llegan en quince minutos! ¿Cómo voy a apañármelas solo? ¡No sé ni qué les gusta comer ni dónde está su ropa!
Te apañarás. Eres el abuelo. Ejemplo masculino, según Rosa.
Sonó el timbre insistentemente. Juan fue a abrir; Carmen se calzaba las sandalias.
Desde el recibidor llegaron los gritos.
¡Menos mal, no había tráfico! era Lucía. Papá, aquí tienes a los chicos. Las cosas en esta bolsa; el iPad está cargado, cualquier cosa me llamas. ¡Voy fatal de tiempo, el taxi espera!
¿Y la comida? ¿La rutina? murmuró Juan.
Nada, que es finde. Les haces pasta y listo. ¡Chicos, haced caso al abuelo!
Puerta. Ruido de dos pares de pies y un gritillo: ¡Al ataque!.
Carmen llegó al pasillo y se encontró la escena: los gemelos encaramados a la zapatera, estirando el brazo para robarle un sombrero a Juan, que sostenía una bolsa enorme, perdido. Pero lo más curioso era quién estaba en la puerta. La mismísima Rosa María en persona.
Pese a la supuesta espalda fastidiada, lucía perfecta: buen maquillaje, peinado, joyas de oro relucientes.
Ah, aquí estás soltó, examinando a Carmen de arriba abajo. Espero que estés preparada. Los niños no deben tomar fritos, Dani es alérgico a los cítricos, Pablo no soporta la cebolla. La sopa fresca del día. Y nada de más de una hora de pantallas, ¿queda claro?
Hablaba como la dueña que ordena a la servidumbre. Juan encogió los hombros, esperando lo peor.
Carmen, ecuánime, se miró en el espejo, se retocó el pelo, cogió el bolso.
Buenos días, Rosa María. Buenos días, chicos.
Los gemelos la miraron apenas y siguieron a lo suyo.
Qué útiles tus indicaciones dijo Carmen sonriendo. No te preocupes, díselo a Juan. Hoy él es el responsable.
¿Cómo? Rosa alzó las cejas. ¿A dónde crees que vas?
Hoy es mi día libre. Tengo recados, pelas con amigas, teatro. Vuelvo tarde, o quizá mañana.
Rosa se encendió y la cortó el paso.
¿Estás loca? Tienes dos niños aquí. ¡Son los nietos de tu marido! Tienes la obligación…
Solo tengo obligaciones con quienes he dado mi palabra interrumpió Carmen con una dulzura firme. Ni tuve esos hijos ni quiero trabajar de canguro gratis. Tienen madre, padre y dos abuelas. Usted está jubilada, así que tiempo seguro que sí tiene.
¡La espalda! chisporroteó Rosa.
Pues yo tengo vida, y no la voy a malgastar para cumplir caprichos de otros, menos aún cuando se me pide en ese tono.
¡Juan! Rosa miró a su ex. ¿Has oído? ¿Vas a permitir esto? ¿Eres un hombre o un pelele?
Juan miró de una a otra, en conflicto. Su hábito de someterse a Rosa peleaba con el respeto y cariño por Carmen.
Rosa empezó, titubeante. Carmen avisó que estaría ocupada. Yo pensaba apañarme, pero…
¿Tú? Si a la hora ya estarás con la pastilla de la tensión ¿Quién los cuida, les da de comer? ¡Mírala! ¡Arreglada para teatro! Y la familia aquí, pasando apuros.
¿Familia? Carmen dejó la sonrisa. Rosa María, pongamos las cosas claras. Juan y yo somos familia. Usted, Lucía y sus nietos son parientes de Juan, pero no míos. Aguanté llamadas nocturnas, exigencias y sus comentarios atrás. Pero no permitiré que mi casa sea almacén, ni yo sirvienta gratis.
¡No tienes vergüenza! Esta es la casa de mi exmarido. Él tiene derecho…
A invitar a quien quiera. Pero no a obligarme a atender a sus invitados. Juan se volvió a él, decides tú. Quédate si quieres con Rosa y los niños, que seguro que ella ayuda. Yo me voy.
Carmen abrió la puerta.
¡Espera! Rosa la sujetó del brazo. ¡No te vas sin hacer la sopa! ¡Lucía va camino al aeropuerto y yo no me los puedo llevar!
Carmen, sin perder la calma, se soltó.
No es mi problema, Rosa María. Llama a un taxi, a Lucía, o ponte a cocinar. Pero no vuelva a ponerme la mano encima. Si lo hace, llamo a la policía y denuncio allanamiento y violencia. Créame, lo haré.
Silencio. Hasta los niños se quedaron quietos. Juan la miró, asombrado: nunca había visto esa determinación en ella. No era la Carmen dulce y flexible. Aquella mujer defendía su dignidad con temple.
Rosa María boqueaba. Siempre la había tomado por sumisa. Ahora estaba sin palabras.
Eres eres inaguantable musitó, roja de furia. Egoísta. Lo contaré por todo el barrio.
Cuéntelo, me da igual Carmen encogió hombros.
Salió a la escalera.
Juan, tienes las llaves. Si resuelves el asunto, me llamas. Si no, ya volveré cuando se hayan ido los niños.
La puerta del ascensor se cerró, aislando a Carmen del escándalo. Salió a la calle y respiró hondo el aire fresco de la lluvia. Las manos le temblaban, pero una ligereza dulce le llenó el pecho. Lo había hecho: había dicho no.
Carmen tuvo un día estupendo. Fue a una exposición, tomó café en su pastelería favorita, paseó por el Retiro, disfrutó la soledad y la libertad. Apagó el móvil todo el día para no amargarse.
Por la noche, después del teatro, lo encendió. Diez llamadas perdidas de Juan. Un mensaje: Rosa se ha llevado a los niños. Estoy en casa. Perdóname.
Carmen volvió cerca de las once. En la casa reinaba el silencio. Juan tomaba té, casi frío, con cara de cansado pero sereno.
Hola susurró él.
Hola. ¿Y los niños?
Rosa se los ha llevado a su piso. Armó una de las suyas, gritó de todo, llamó a Lucía exigiendo que volviera y cancelara el viaje. Un infierno.
Y tú, ¿qué hiciste?
Juan la miró serio.
Por primera vez en mi vida, le pedí que se callara.
Carmen abrió los ojos.
¿En serio?
Sí. Cuando empezó a insultarte, a decir barbaridades Le dije que si seguía, no vería más que lo obligatorio de la pensión que ya terminé de pagar y no volvería a entrar aquí.
Carmen se le acercó y le abrazó por los hombros. Juan se recostó en su vientre como un niño.
Se llevó a los chicos, pegó tal portazo que saltó el yeso del marco. Nos desheredó. Pero sobreviviremos sonrió, con algo de alivio.
¿Y Lucía?
Llorando desde el aeropuerto. Le tuve que mandar algo de dinero por Bizum, para una niñera allá en Mallorca. Se llevará a los niños. Rosa se negó en redondo, que le dolía mucho la espalda de los nervios
¿Ves? Se resolvió. Lucía, como madre, debe afrontar también su parte.
Carmen la miró, gracias.
¿Por dejarte con el marrón?
Por hacerme sentir hombre, y no un chico de los recados de mi exmujer. He vivido años con miedo a ofenderla, sintiendo culpa Y hoy he entendido que solo te debo algo a ti. Tú eres mi familia, mi hogar. Lo otro era traicionarte.
Lo importante es que lo entiendes sonrió Carmen. ¿Tomamos té y tarta? He comprado de cereza, tu favorita.
Al día siguiente, el teléfono de Juan no sonó. Ni rastro de Rosa. Lucía mandó un whatsapp: todo bien, los niños genial. La vida empezó a retomar su curso, pero con un aire distinto. El ambiente se sentía más libre, y las cargas ajenas se disiparon.
Pasó una semana. Carmen cuidaba sus rosas en la casa de campo, Juan le ayudaba diligente.
¿Sabes? dijo él, apoyado en la azada. Ayer llamó Rosa.
Carmen se tensó.
¿Y qué quería?
Dinero. Que si la medicación está muy cara.
¿Y se lo diste?
No. Le dije que el presupuesto está cerrado, que tenemos la reforma y tu abrigo nuevo pendientes Así que lo siento, no sonrió con tranquilidad.
¿Un abrigo? ¡Qué imaginación! Pero me gusta tu actitud.
Colgó. Pero mira, el cielo no se ha caído.
No confirmó Carmen. Está más alto y azul que nunca.
Aquella historia de niñera forzosa fue un punto de inflexión. Carmen entendió que la dignidad no es gritar, sino saber decir no cuando invaden tus límites. Y Juan comprendió que el respeto de tu pareja pesa más que cualquier paz falsa con quien hace años dejó de ser familia.
Por supuesto, los nietos siguieron en sus vidas. Pero ahora venían cuando tocaba, acordado con tiempo, y Rosa no volvió a cruzar su puerta. Juan los llevaba al parque, al zoo, y después los devolvía felices. Descubrieron que así todos eran mucho más felices: los niños con su abuelo motivado, y Carmen con la tranquilidad de un hogar en paz y un marido que, al fin, la eligió de verdad.
A veces, al atardecer en el porche, Carmen recordaba aquel día en que solo cogió su bolso y fue al teatro. Había sido la mejor obra de su vida aunque ni siquiera recordara el argumento. La auténtica función se representó en la entrada, y el desenlace fue feliz.
En la vida, cuidar de otros está bien, pero nunca a costa de tu propio bienestar. Saber decir no con calma y dignidad es una forma de quererse y de enseñar a los demás a respetarte.







