La esposa prepara algo sencillo, pero su marido le exige empanadas y hojas de repollo rellenas: “¡Estás de baja por maternidad, tienes tiempo de sobra!”

6 de abril de 2024

A veces siento que mi vida es un pequeño universo aparte, con reglas propias y expectativas que parecen sacadas de otro tiempo. Al principio de nuestro matrimonio, todo era fácil, normal. Yo, Isabel, 28 años, y mi marido, Álvaro, íbamos a una en Sevilla los dos. Ambos trabajábamos mucho, ahorrando cada euro para el adelanto de la hipoteca del piso. No teníamos problemas con la comida; Álvaro comía lo que hubiese, sin poner pegas. Yo tampoco me complicaba: me compré una olla programable y cocinaba rápido y sencillo arroces, guisos, sopas, nunca hubo quejas. Es verdad que a veces Álvaro suspiraba, diciendo que le gustaría algo especial

¿Qué tipo de algo especial? me preguntaron una vez.
Pues, crepes rellenas de carne, o salmorejo, o empanadillas. Tiene una pasión casi obsesiva por esos platos más elaborados, de los que hay que preparar por etapas: cocer, enfriar, mezclar, poner masa, cortar por aquí y por allá Un día de diversión en la cocina, vamos, y encima nada de comprarlos ya hechos, ¡eso sería un sacrilegio! Todo debe ser casero

La verdad, esas ideas empezaron a rondarle hace unos dos años, justo cuando cogí la baja por maternidad. No disfruto cocinando, pero lo hago siempre. Él realmente se mata en la oficina, trayendo dinero a casa para los tres. Es impensable que llegue y no haya algo caliente sobre la mesa y no hablo de pasta y chorizo, siempre hay carne con patatas, pollo, sopa, pisto, ensalada Pero Álvaro se enfada. Me repite que, estando en casa todo el día, podría hacer masa, croquetas caseras, rollitos de carne Olvida que cuidar a una niña también me ocupa, aunque sea una niña regalo: nuestra hija, Clara, es calmada, dulce; la siento a mi lado en la cocina, le doy un poco de masa y es feliz. Cantamos canciones juntas, le recito poemas. Clara no es el problema Pero es que no me apetece perder mi tiempo en esas cosas. Además, ni siquiera como ese tipo de comida; estoy a dieta, intento evitar carnes y he dejado de lado la harina. ¿Preparar croquetas solo para Álvaro? ¿No es un poco excesivo?

Vivimos bien, eso sí. Álvaro corre a casa después del trabajo, nunca se queda por ahí, solo va a la cena de empresa una vez al año y siempre vuelve rápido. Me ayuda con Clara porque le nace, juega con ella, le da el baño, pasea.

Solo hay un problema: últimamente exige platos como encurtidos o una tortilla especial, y la semana pasada discutimos fuerte, pasamos días sin hablarnos.

Álvaro, sinceramente, no entiende lo difícil que es: preparar la masa, cocer la carne, hacer crepes y luego rellenarlas. Lo toma como un desprecio, piensa que cocino por obligación y por lo fácil. Cree que no hago por agradar, por sorprender

Me duele. Se queja Isabel. Primero carne, luego masa, luego crepes, luego rellenar Si yo no como estas cosas, y Clara tampoco, tengo que hacer otro menú para nosotras.

Pienso que hoy en día nadie prepara empanadas caseras, callos o pimientos rellenos, salvo quizá algún día especial, como la Nochevieja. La gente joven ni se molesta con el banquete familiar. Si de verdad quieres empanadas, puedes encargarlas, aunque no sea barato, y si tienes hipoteca y una esposa en baja maternal, menos aún.

Álvaro me pone de ejemplo a su abuela, que tenía siempre aroma de bollos y roscas, trabajó toda su vida, pero cocinaba platos caseros y tenía varios hijos.

¡Eso era antes! Mujeres del siglo pasado apenas tenían distracciones en casa; no había televisión, ni internet, ni móvil. Se inventaban quehaceres, lavaban ropa a mano, pasaban horas cocinando. Prefiero pasar esos ratos con Clara, salir a pasear, no bailar entre sartenes durante tres horas

Hace unos días llamé a mi suegra, y con tono paciente me dijo que el camino al corazón de un hombre es a través de la cocina y que no es tan difícil preparar lo que Álvaro quiere. Por lo visto, ya se había quejado a su madre.

Le dije que ni Clara ni yo comemos rollitos de carne, así que no quiero hacerlos. Y ahí vino el típico chirrido maternal, como si fuera una obligación femenina ineludible. Y, por supuesto, los hombres nunca cocinan…

Y ahora me pregunto: ¿es justo que Álvaro reclame cada día comidas elaboradas, cuando hay comida caliente y fresca en casa? ¿Debería conformarse y si quiere embutidos, que se los haga él? ¿O tengo que ceder y cocinarle lo que pide?

Me siento atrapada entre el deber y mis ganas de vivir de otra manera. ¿Será que la felicidad está en la mesa, o en el tiempo compartido fuera de la cocina?

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La esposa prepara algo sencillo, pero su marido le exige empanadas y hojas de repollo rellenas: “¡Estás de baja por maternidad, tienes tiempo de sobra!”